viernes, 5 de marzo de 2010

La Misteriosa Historia De Los Vasos De Té...



Rab Itzjak Kaana, contó una impresionante historia protagonizada por Reb Tzion Suiv, intendente de una casa de estudio de Torá.Rab Tzion tuvo el mérito de estar en contacto con el Jazon Ish, quien lo bendijo y lo incentivó a ayudar a quienes estudiaban Torá. Uno de los recuerdos más significativos de este Yehudi es su constancia, durante años, de repartir té a los estudiantes de una de las clases de Torá que se realizaban en Or Iehuda.

Rab Tzion pasaba entre los estudiantes, llevando una bandeja grande y sobre ella, decenas de vasos de té, pidiéndoles que tomaran para recobrar fuerzas y poder continuar con el estudio de Torá con plena concentración. El repartidor de té, hizo su trabajo fielmente, todos los días, durante muchos años.

Un gran enigma se escondía detrás de los vasos de té, motivo de no pocos comentarios y especulaciones, pero nadie se atrevía a indagar el por qué. Lo cierto es que los vasos nunca estaban llenos, el líquido humeante solo llegaba hasta la mitad. También quien estuviera muy sediento, debería conformarse con el ´medio vaso´. Algunos opinaban que ´el repartidor de té´ era un avaro y a pesar de estar haciendo un acto de favor al repartirlo, no podía desprenderse de la cualidad de la avaricia, que lo dominaba.

Hace un tiempo, me encontré con el hijo de Reb Tzion, cuenta Rab Kaana, quien me pidió que lo escuchara un momento, porque tenía para contarme una interesante historia en relación a su padre."Poco antes de fallecer mi padre, ocurrió que un día no llegó a tiempo a la clase, por lo que decidí repartir el té en su lugar. Por supuesto, esta vez llené todos los vasos hasta el borde, los acomodé sobre la bandeja y me dispuse a repartirlos entre los estudiantes.

En ese mismo instante llegó mi papá. Reb Tzion observó los vasos, y luego a mí con expresión de disgusto. Tomó la bandeja de mis manos, volcó la mitad del contenido de cada vaso en la pileta y se dispuso a repartir el té entre los estudiantes como de costumbre. También a mí me intrigaba desde hacía tiempo su hábito de repartir los vasos de té, completos solo hasta la mitad, pero como el resto, me contuve y no dije nada.

Pero esta vez, al ver que los vasos estaban llenos y él volcó la mitad, comprendí que se trataba claramente de una determinación y decidí preguntarle, de una vez por todas, el motivo de su actitud a pesar que esta le acarreaba desprecio por parte de los estudiantes". Su respuesta fue una aleccionadora clase de piedad hacia el semejante.

Así dijo Reb Tzion a su hijo: "Seguro tú conoces a ´este´ y ´este´, nombrándole a dos miembros de la clase, y una vez que el hijo le respondió positivamente, continuó explicándole: he notado que las manos de ambos tiemblan constantemente, yo sabía que si sirvo a todos un vaso lleno, cuando llegara a sus manos ellos se verían en un problema…

El té caliente se derramaría provocándoles quemaduras y hasta podría volcarse sobre sus ropas, siendo depreciados por esto. Por otra parte, si les sirviera al resto de los estudiantes un vaso completo y a ellos medio, los avergonzaría frente a todos. Por eso decidí que en vez de avergonzarlos a ellos, me avergonzaría yo y repartiría a todos solo medio vaso para librarlos a ellos del desprecio. Y Hashem hizo conmigo un milagro el día de hoy, al permitirme llegar a tiempo y evitar que sirvieras a todos los estudiantes un vaso completo…"

Publicación semanal "Maor Hashabat" Nº67

miércoles, 24 de febrero de 2010

Purim: Donde Todos Somos Ganadores

La celebridad de Purim es peculiar de por sí. Ya su designado nombre denota esta característica. ¿Qué significado posee, entonces, la palabra “Purim”?

El malvado Hamán quería deshacerse de Mordejai, el sabio, y junto con él, a todo su pueblo. Este erudito era la única persona que no se arrodillaba ni le rendía pleitesía, que no le brindaba honores. ¿Qué tanto le modificaba la vida a este sádico, que tan solo una persona no se arrodillara ante él? ¡Miles de personas (y aun del mismo pueblo que Mordejai) lo hacía diariamente! ¿Tan solo por uno?

Nuestros sabios nos enseñan que la búsqueda de honores no conoce límite ni frontera. Tal como sucede con la ambición y la lujuria, el individuo que posee cien, desea doscientos; y el que apetece doscientos, finalmente anhela cuatrocientos. Así se torna el humano en condición bruta. Es decir, no trabajar sobre las cualidades internas, no nos coloca en una posición “neutra”, imparcial o indiferente. Sino, todo lo contrario, siendo pasivos estamos restando, ya que por esencia, por naturaleza, las personas solemos poseer dichas tendencias negativas.

Justamente para ese fuimos enviados a este mundo: para esforzarnos y pulir el alma entregada, para, al finalizar su misión aquí, sea devuelta al Todopoderoso de la misma manera en la que bajó: pulcra y libre de faltas.

En realidad, Hamán podía planear su ataque solamente hacia Mordejai, ya que él era la única persona que se rebelaba. Pero, se tornaba un “desprecio” para su persona exterminar tan “solo” a un individuo. Mejor idea se volvía aplastarlo a él junto a todo su pueblo, Am Israel.

Un tanto asombroso el maniobrar de Mordejai, ¿no creen? La Torá misma nos enseña que ante peligro de vida podremos pasar prohibiciones de Hashem, con tal de no ser asesinados (Levítico 18:5). ¿Acaso Mordejai con su accionar no introdujo a todo el pueblo en riesgo de aniquilamiento? ¡La misma Torá se lo permitía! ¿Por qué su negativa y poner en riesgo a todo el pueblo?
Hacia todas las situaciones que se presenten a la persona, corriendo peligro su vida si no llegara a trasgredir alguna prohibición de Hashem, no debe acatar el precepto con tal de salvar su alma. Solamente hacia tres pecados debe dejarse asesinar y no trasgredir la mitzvá: adulterio, asesinato (“mata a Javier o sino te mato a ti”) y/o idolatría. Hamán poseía colgado en su cuerpo un amuleto de idolatría para que, al arrodillarse ante él, lo hicieran también hacia aquella adoración. Es por ello que Mordejai no acató sus órdenes, pues, estaba prohibido realizarlo.


Como Hamán creía en la superstición, a fin de establecer el día de aniquilamiento total hacia el pueblo de Israel, efectuó un sorteo (“pur”). En él se perpetraría el final de Mordejai y sus secuaces.

¿Por qué decimos, entonces, que la festividad de Purim es peculiar de por sí desde la denotación de su nombre?

Si analizamos bien, nos daremos cuenta que todas las conmemoraciones del calendario judío, todos sus nombres, tienen su raíz en el milagro ocurrido, en la liberación, en las maravillas salvadoras.

Januká fue la fecha en que los judíos descansaron (“janú”) de sus enemigos, el veinticinco de Kislev (“ká”, sumadas las letras “jaf” y “alef”).

En Pesaj conmemoramos –dentro de otros sucesos- que Hashem “pasaj” (salteó) las casas de los judíos en la plaga de los primogénitos, dejándolos a estos últimos con vida (no así a los egipcios).

La festividad de Sucot (cabañas) nos recuerda a las nubes de Gloria que protegían al pueblo de todo acecho en su travesía en el desierto, durante cuarenta años, luego del exilio egipcio.

Pero Purim no corrió la misma suerte. El nombre de esta festividad refleja el sorteo (“pur”) que efectuó Hamán para el aniquilamiento final del pueblo, y no en la salvación en sí.
También el hecho que no aparece ni una sola vez el nombre de Di-s en la Meguilá, da que hablar.

Es el único escrito sagrado del Tanaj en el que no se menciona en ninguna oportunidad la providencia Divina. ¿Y eso por qué?

En nuestros días también transitamos por unos cuantiosos y grandes “sorteos”. Puede que por la agitada rutina en un mundo tan acelerado no lo notemos de manera real y objetiva. O que algunas “máscaras” tapen la cruda realidad. Algunos quieren nuestro fin, otros lo disimulan, tantos otros poseen intereses creados y es por eso que nos defienden… No sabemos los motivos por los cuales Di-s conduce al mundo de esta manera, pero no debemos tener dudas que Él es quien permite que esta “suerte” nos apremie.

Quizá el judío necesite que le remarquen desde el exterior que no le corresponde el camino de otras naciones. Que no copie otras ideologías, pues, siguiéndolas se aparta de su misión Divina terrenal, y a la vez espiritual. Justamente cuando al judío le dicen “judío” en la vía pública (con tono despectivo, claro) es cuando más le hierve la sangre y se identifica con sus antepasados, por más alejado que se encuentre de la religión. Atentan contra su esencia, contra su raíz. Eso le molesta.

Un primo que ejerce funciones de Rabino en un importante país de Sudamérica, me comentó que los no-judíos de allí tratan tan bien a los judíos, que los matrimonios mixtos cada vez se incrementan. Cuando él se dirigía a una farmacia y observaban su manera de vestir y por ende, su condición de Rabino, ¡le cedían el turno! Allí, el judío no se siente discriminado por otras religiones, es por ello que tampoco le “molesta” contraer matrimonio con personas que no le corresponde. Si de todas maneras lo tratarán “como a uno más de la sociedad” (o mejor aun…)

Cuando sabemos diferenciarnos de nuestro entorno, no copiando costumbres ajenas y maneras de ser que no nos correspondan; cuando quitamos las ideologías de Hamán de nuestros pensamientos; entonces todos los “sorteos” que puedan organizar frente a nosotros, todas las atrocidades más espeluznantes que deseen planificar, se transformarán en nuestros días de festejo. En esa misma fecha, en ese mismo momento.

Esto nos enseña Purim: que la misma fecha que deseen “sortearnos”, que deseen deshacerse de nosotros, liberarse… ¡será justamente nuestro día de alegría!

Contestando la segunda pregunta, el Rab Avraham Eben HaEzra (en Meguilat Ester) explica que por cuanto que este texto se escribió en la época del reinado de Pras y Madai, si los judíos explicitaban el nombre de Di-s en la Meguilá, los reyes de aquel entonces los hubiesen traducido con las denominaciones de sus dioses, de sus idolatrías. Para evitar aquello, no fue explicitado el nombre Divino (existen otras explicaciones más profundas ya muy conocidas, pero como no es el tema central que deseamos tratar, no las mencionaremos).

A partir de aquel milagro, los sabios establecieron algunos preceptos para esta solemne celebración:

1) Lectura de Meguilat Ester (en donde se relata el suceso del milagro).

2) Banquete de Purim.

3) Envío de regalos comestibles hacia, al menos, un compañero.

4) Donativos a los pobres (mínimamente hacia dos, una cantidad considerable).

“Es mejor incrementar en regalos (y/o donativos) a los pobres más que aumentar en banquetes y envíos de comestibles a los compañeros, pues, no hay alegría mayor y bella sino alegrar los corazones de los pobres, huérfanos y viudas” (Maimónides).

El precepto de “donativos hacia los carenciados” podemos practicarlo cada día, a cada instante y sin necesidad de encontrarnos en una celebridad denominada Purim.

¿Qué entendemos, pues, por pobre/carenciado/necesitado?

En un capitalismo absoluto y en una sociedad de consumo (que también nos consume…) seguramente nos imaginamos a un necesitado con sus ropas rasgadas, sin nada lo qué comer ni ropa de marca y sin poseer un trabajo digno. Conozco personalmente personas que no carecen de nada de lo anteriormente mencionado, y aun así no son menos “necesitados” que los imaginarios.

En realidad, todos estamos “necesitados” de algo… No existe persona alguna que no sienta la necesidad de aquel “algo”… Un componente que es esencial para nuestra vida, para nuestro existir.
No me refiero al agua… tampoco al aire… mucho menos a la luz solar… Este elemento no es ni insípido, ni incoloro, ni inodoro… este condimento se llama: AFECTO. Al degustarlo podemos percibir un gusto muy agradable (por eso no es insípido); al observarlo palpamos los hermosos colores que quedan plasmados en nuestros corazones (por ello no es incoloro); y al olfatearlo nos quedamos con ganas de más (ahora entendemos el motivo del por qué no es inodoro). Somos verdaderos adictos al afecto, aunque no siempre optemos por demostrarlo…

Una sonrisa, una buena atención a un cliente, un saludo cordial al vecino, todos estos gestos producen que el “necesitado” se beneficie. Muchos individuos acaudalados que piensan que lo tienen todo (o así piensan de ellos), se sienten solos, vacíos y sin sentido de existencia. ¿O acaso no perciben que sus “amigos” son solo interesados? ¿Que su fortuna no los deja disfrutar de sus familias (si es que tienen…), pensando en los negocios?

En estos términos, ¡podemos cumplir con este precepto las veinticuatro horas del día, en el sitio que estemos, en cualquier idioma y con cualquier persona! No es necesario tener conocimiento de su nivel socio-económico, pues todos somos “carenciados” en este sentido.

Pero claro, es más simple entregar dinero, demostrar que otros necesitan de nosotros, que somos nosotros los que entregamos, los que merecemos aplausos, bombos y platillos…
Muchas veces me pongo a pensar lo bien que podemos hacerle a un cliente cuando hacemos negocios con él. En realidad, viene por motivos económicos, de subsistencia… pero si junto a ello podemos dejarle un buen trato, modales y atendiéndolo como a una verdadera persona… ¡cuánto mejor negocio haremos con su bienestar emocional!

No siempre nos levantamos con el pie derecho… gracias a Di-s somos dinámicos y con personalidades diferentes. Es la diversidad humana. Un buen gesto puede cambiar el día y hasta vidas completas.

Cuando uno se dirige a un profesional de la salud mental (como un psicólogo o un counselor), lo que busca –dentro de muchas otras cosas- es sentirse escuchado. Pero el consultante paga por aquello. Va dispuesto a ese encuentro, a esa finalidad (“después de todo, ¿para eso le pago, no?”). Quizá, al ser amables y cordiales en nuestros trabajos, hogares y cotidianeidad… ¡estaremos haciendo más que aquellos profesionales de la salud mental! Pues, no nos pagan por tan significante tarea, y por ende, ¡el receptor puede recibirlo con más veracidad, como un desinteresado gesto y con mayor predisposición!

Volviendo a la festividad de Purim en sí, los sabios nos ordenaron hacer un “stop” en nuestros festejos para no olvidarnos de las personas que más nos necesitan. Por ello impusieron un precepto exclusivo que consiste en otorgar sostén económico hacia aquellos que menos pueden. Es que, ¿cómo podremos festejar en nuestros cómodos y amplios hogares cuando existen “de los nuestros” que no están en las misma condiciones para realizarlo?

El libro “Manot Haleví” explica que el motivo del tercer precepto antes mencionado que establecieron nuestros sabios para esta solemne fecha (envío de regalos comestibles hacia, al menos, un compañero), se debe a que Hashem siempre busca que su pueblo estreche lazos de amistad y compañerismo entre sus partes. Tal como nos enseñó el Rey Salomón: “Sus caminos (de Di-s) son caminos agradables y todas sus sendas, paz” (Proverbios 3:17).

Aun así, existe otra opinión, la del “Terumat Hadeshen”, que revela que la atribución a este mismo precepto es porque existen algunas personas que carecen de medio económicos. Estos mismos se avergüenzan de recibir donativos en condiciones de pobres (como corresponde hacer en Purim) para hacer el banquete. No así sucede cuando, por una mitzvá totalmente distinta y que se realiza con cualquier judío, independientemente de su situación económica, envían regalos hacia aquellos, de buena gana los aceptan. Así los sabios lograron que aun los vergonzosos menos pudientes, tuvieran la posibilidad de festejar con su propio banquete festivo. Y observemos que, según esta idea, el motivo de este precepto (que se debería cumplir por todas las generaciones) es… ¡tan solo para no avergonzar a un grupo selecto de personas!

Es que el pueblo de Israel es uno. Mientras unos festejan, no pueden existir aquellos que, por su duro transitar, no estén en condiciones de celebrar. La festividad es de TODOS, no de algunos pocos. Al enemigo lo vencimos TODOS, no solamente ciertos individuos. Se torna imposible festejar cuando no somos TODOS los que estamos en aquellas condiciones. TODOS somos ganadores. No existen ganadores a medias. Tampoco ganadores por un lado y perdedores por el otro. Pues, como bien dijimos, somos un pueblo. Uno solo.



* Los invito a visitar también los artículos publicados el año pasado sobre esta festividad:

viernes, 19 de febrero de 2010

La Gran Preocupación Rabínica...


En una oportunidad, en los agobiantes días de verano, Rabí Itzjack Eljanán fue en busca de descanso y de un poco de aire fresco a una aldea cercana a su hogar, del otro lado del río.
A la mañana siguiente a su llegada, el Rab madrugó y salió apresuradamente de su hospedaje, asiendo una carta en su mano, preguntando a sus ocasionales vecinos dónde podría encontrar un mensajero que cruzara el río en bote y le entregara el sobre a la gente de su casa, en Kovno.

Un joven habitante de la aldea, intrigado por conocer el mensaje tan urgente que debía ser entregado, se ofreció a realizarlo él mismo, sin pérdida de tiempo alguno.
A lo largo del camino, este mensajero luchó contra sus instintos, resistiéndose a abrir la carta y leer su contenido, pero cuando llegó del otro lado del río, no aguantó más y lo abrió...

No poca fue su sorpresa al leer el escueto pero magistral mensaje que enviaba el gran Rabino a su gente: "Está escrito en el Salmos: "Y su piedad está en todas sus obras", he aquí, que en el patio de nuestra casa, hay un gato al que todas las mañanas le llevo leche y ahora, que estoy fuera, olvidé dejar a alguien encargado de esta tarea y esto me intranquiliza… por lo que pido por favor que se apiaden de mí y se ocupen para que alguno lo haga en mi lugar".

Rab Itzjak Eljanan, ¡el adalid de Israel! ¡La autoridad rabínica de la generación! Un Rab tan elevado espiritualmente y tan encumbrado comunitariamente, paralelamente podía ocupar su mente con el gato que está en el patio de su casa.

Publicación semanal "Maor Hashabat" Nº67

viernes, 12 de febrero de 2010

¿Cómo Hacer Que Los Niños Disfruten Shabat?

Pregunta:


Con respecto al tema religión-Shabat me resulta difícil saber cómo demostrarle a un nene de 2 años que Shabat es algo lindo cuando la mayoría de las cosas que quiere hacer o tocar no puede. Por ejemplo: escuchar música, o mirar algo en la computadora, pintar, usar juguetes que llevan pila, etc. Al ser chico como para disfrutar de una mesa de Shabat, aguanta un rato y luego se aburre. ¿Qué consejo me dan?



Respuesta:

Responder a esta pregunta, como a tantas otras, requiere una visión global de los vínculos, los espacios de cada uno, el modo de transmitir las consignas y los estados de ánimo que prevalecen en determinado hogar.

En otras palabras: lo que sigue será posible implementar, si las conductas de los adultos son sanas en los factores que acabamos de mencionar.

Entendamos que los pequeños no tienen obligación de estar sentados en la mesa de Shabat, y que su vida es mucho más movida que la de los adultos, en todos los sentidos. Atornillarlos a una silla por más tiempo que sea adecuado para su edad no lo beneficiará, ni incrementará su deseo por observar el Shabat.

Todos los mensajes que transmitimos a los niños, deben estar encuadrados en un marco de firmeza, tranquilidad y alegría (y, obviamente: afecto).
La firmeza no significa imposición, ni aun menos, agresividad, sino mensajes claros, coherentes y consecuentes. Las hipocresías nos juegan en contra. Si la mesa de Shabbat simboliza santidad y alegría, entonces debe estar manifiesta en nuestro semblante y actitud.

La tranquilidad aporta a la confianza y credibilidad que, a su vez, inspiran a la participación en lo que hace la familia. Se transmite por el tono de voz y por la ausencia de dramatismo en las comunicaciones.

A tal fin es importante pensar bien las cosas entre los padres antes de comunicarlas a los hijos, considerando las consecuencias (también a largo plazo) de consignas que el niño difícilmente pueda cumplir (ponerse en su lugar), no exigir ni prohibir, si no es imprescindible que se haga.

Una vez decidida una conducta que se cree viable, se debe mantener la decisión a pesar de los posibles berrinches – con tranquilidad, aun si eso quitara a la calma momentánea.
Si sentimos (objetivamente) que erramos, será menester dar marcha atrás y repensar la actitud que corresponde en forma consensuada entre los adultos.
Quizás calculamos mal, y no era el momento. Las mismas palabras que no encontraron eco en cierto momento, pueden servir en otra instancia más propicia.

Próximo, debemos concentrarnos en el punto clave: es posible llegar a exigir e imponer toda clase de demandas – pero jamás se podrá exigir que un niño quiera (por su cuenta) hacer algo. Esto solo se podrá lograr (con la ayuda del Creador) mediante la motivación.

¿De qué motivación hablamos?
En principio, la motivación auténtica para nuestras acciones debería ser simplemente el hecho que el Creador nos exige cierta tarea o nos la prohibe.
Pero – claro - un niño obviamente no entenderá este razonamiento, que está aún lejos de su comprensión

Por lo tanto, debemos recurrir a toda clase de métodos de motivación complementarios que – provisoriamente - apoyen esta gestión.
¿Qué elementos nos motivan – al margen de lo que el intelecto nos prescribe?
En primer lugar está la importancia de crear un clima agradable. El ambiente acogedor es fundamental.
Para lograr este fin, ayuda muchísimo que uno cumpla con lo que señala la Mishná y dar las consignas “beSever panim iafot” (un semblante apacible).

El hecho de permitir que los niños tengan un rol protagónico en la mesa (llevando y trayendo lo que se necesita, narrando lo que aprendieron en la escuela sobre la Parashá) los hace sentir que son parte de lo que está sucediendo (si narra algo que le enseñó la Morá prestar atención total a lo que dice, y ayudar si se traba…), y permitirá que sientan mayor apego a participar del momento.

Cuando el niño tiene algún protagonismo, no debe ser pasado por alto sin advertir, sino (p.ej. si trae algo a la mesa) agradecer, o (p.ej. si dice algo sobre la Parashá) felicitar con palmadita, un gesto con la mano o una caricia – siempre sin exagerar.

Un modo de aprobar es cuando uno sigue el tema que el niño comenzó a relatar.
Obviamente, el niño no debe sentir que está siendo puesto a prueba en aquel momento (“¡cómo no te acuerdas lo que enseñó la Morá!”) – y menos aun frente a huéspedes.

Los cantos aportan su cuota de alegría al momento, y – sin obligarlos a cantar – se los puede participar de una pequeña ronda al cantar las canciones clásicas, tenerlos sobre la falda para que disfruten de los himnos que se entonan, o preguntarles qué quieren que uno cante.

Las historias que el papá cuente en la mesa (bien preparados de antemano) se convierten en un punto de atracción para los niños. Hay muchas fuentes para extraer cuentos. Hay que tomar en cuenta la edad y maduración del niño para que el cuento sea adecuado a su edad. Si hay niños de distintas edades, se debe cuidar que los mayores no burlen a los pequeños por interesarse por el cuento.

Contó Rav Reuven Feinstein shlit”a acerca de la conducta de su renombrado padre Rav Moshé Feinstein zz”l, cuando él era pequeño:“En distintas oportunidades hubieron huéspedes en casa para las comidas de Shabbat. Mi lugar en la mesa era invariablemente al lado de mi papá, sin importar quién fuese el invitado. Mi lugar no se cambiaba salvo que se tratara muy esporádicamente de un Gadol HaDor" (líder religioso supremo de la generación).

Respecto a los juegos, es importante tener material infantil permitido para Shabbat. Afortunadamente, se consiguen estos juegos, y seguramente será necesario participar uno mismo – al menos inicialmente - del juego para interesarlos. En este sentido, surgirán algunas preguntas de Halajá (Ley Judía) que deberán ser consultadas respecto al material que los niños pueden manipular en Shabat (por Muktzé), pero no los adultos.

De ese modo, Shabat no se convertirá en un día aburrido para los niños.
Claramente no es un solo factor, el que determine que los pequeños quieran participar de la mesa de Shabbat y disfrutar del día. Sin embargo, está en nosotros facilitárselo.

Rab Daniel Oppenheimer (revista "Jinuj" Nº4)

viernes, 5 de febrero de 2010

Catástrofes, Desastres Y Fenómenos… ¿Naturales?


Que inundaciones, que terremotos, que tornados, que aludes, que sequías… ¿qué le está aconteciendo al mundo?, ¿cómo es posible que la naturaleza castigue tanto al hombre en los últimos tiempos? Hace considerables años que no se observaban catástrofes tan drásticas, consecutivas y devastadoras para la humanidad…

Seguramente los ecologistas y grupos protectores del medio ambiente nos explicarán que el hombre está recibiendo de vuelta todo lo negativo que arrojó y arroja al planeta, como un efecto “boomerang”: gases contaminantes, clorofluocarbonos, deforestación, tala indiscriminada de árboles…

Es cierto, todo individuo es libre y responsable en relación a sus actos. También Di-s nos prohíbe el exterminio de árboles frutales al conquistar una tierra (Deuteronomio 20:19), desprendiéndose de aquella restricción todo lo que refiere a despilfarrar bienes o recursos que pueden ser de utilidad para la especie humana (ya sean alimentos, vegetales, rasgar ropas, etc.)

En una oportunidad, una persona comentó que se encontraba recorriendo las calles de Londres y arrojó un papel al piso londinense. De repente, se le aparece una señora diciéndole: “Señor, se le ha caído este papel”. Asombrado, el hombre le contesta: “Gracias señora, pero ya no lo necesito…”. A lo que la mujer le replicó: “Londres tampoco…”

Como judíos creyentes somos concientes que nada es porque sí, al azar, de casualidad, sin motivo. Sabiendo que Un Poder Supremo maneja y gobierna el planeta y todo lo que este contiene, se torna imposible adjudicar todos los males a explicaciones científicas, lógicas y racionales. Claro está que podemos hacerlo (de hecho, eso es lo que los medios nos trasmiten…), pero de esta manera nos alejamos de nuestro compromiso como habitantes del mundo y nuestra función como humanos en una Tierra otorgada para nuestro bienestar y rol de funciones divinas.

Seguramente cuando ocurrió el diluvio en la época de Noaj, cuando se partió el Mar Rojo, cuando sucedieron todas las plagas en Egipto, cuando Bilham fue tragado por la tierra junto a sus seguidores, y muchos sucesos más que relata la Torá, los científicos, magos y hechiceros de aquel entonces, habrán presentado sus teorías racionales acerca de aquellos sucesos. Pero Hashem nos transmitió claramente a través de los versículos, que cada acontecimiento tenía un propósito en pos de enseñar cuál es el camino correcto a seguir. Tal como un padre amonesta a sus hijos para encarrilarlos, pero de todas maneras su amor hacia ellos no cambia en lo más mínimo, Hashem hizo y hace con nosotros lo mismo.

Es para destacar la extremada paciencia que tuvo Di-s respecto a la generación del Diluvio. A Noaj le llevó 120 años construir el Arca Sagrada y aquel fue el largo lapso que el Todopoderoso esperó para que se arrepientan y vuelvan a las fuentes. Es más, aun cuando el tiempo se había agotado y la Justicia Divina tomó posición (luego de 120 años de advertencia…), nuestros sabios nos enseñan que comenzó a garuar muy débilmente, con esperanzas que observen la lluvia y se arrepientan.

Todos los seres humanos poseemos funciones distintas. Los judíos tenemos 613 preceptos a cumplir y los no-judíos, los 7 preceptos universales. Nadie en absoluto está excluido de la misión Divina, es por eso que nadie queda exento en respetar mandatos Celestiales.

El Maimónides escribe: “Todo gentil que reciba para sí el cumplimiento de los siete mandamientos y sea cuidadoso con ellos, es uno de los justos de las naciones del mundo, y tiene su porción en el Mundo Venidero. Esto es así siempre y cuando los reciba y los cumpla pues tal ordenó el Eterno en la Torá y manifestó a través de Moshé, nuestro maestro, que desde antiguo los bené Noaj (noájidas) estaban obligados a ellos. Pero, si los hace a causa de que les parece razonables (y no las asume como obligaciones de origen divino), entonces no se le puede considerar como justo de las naciones del mundo, sino un seguidor de sus sabios” (Mishné Torá, Hiljot Melajim 8:11).

¿Y cuáles son aquellos preceptos universales, que competen tanto a judíos como a no-judíos?

1) No adorar a ídolos o falsas deidades
2) No blasfemar
3) No asesinar
4) No robar
5) No mantener relaciones sexuales ilícitas
6) No comer carne de animal con vida
7) Establecer cortes de justicia

Como podemos observar, estas leyes son mínimas de convivencia en cualquier sociedad actual. Es decir, medianamente todas las personas estamos de acuerdo que para poder convivir en sociedad, sanamente, son necesarios aquellos preceptos para regular las conductas. Aun así (y tal como mencionamos en el Maimónides), debemos actuar en función al mandato Divino y no a nuestra lógica. Caso contrario, el precepto pierde su valor.

Muchas personas nunca hubiesen creído que las “World Trade Center” terminarían de manera que terminaron. Supongo que nadie hubiese pensado hace un par de año atrás, que el terrorismo tendría en vilo a todo el mundo entero y que las “grandes potencias mundiales” no podrían frenarlo. Es que justamente cuando depositamos nuestra confianza y fe en poderes humanos, es cuando Di-s nos demuestra que si Él quiere, no podremos liberarnos de aquellos por más seguridad, tecnología y “potencia mundial” que seamos.

En un artículo que poseo hace un par de años, escrito por un rab luego del atentado a las “Torres Gemelas” se puede leer:

“… por ser que en los últimos años las catástrofes perpetradas provenían de kamikazez, siendo posible que los humanos pensemos que aquellos males provenían solamente del poder de otras personas, no poniendo consentimiento que todo proviene del Cielo, es factible que por ello Di-s mande al mundo los terremotos, pues allí no hay dudas que es una llamada de atención proveniente del Todopoderoso, no pudiendo adjudicar aquella a ningún individuo en particular. De esta manera, podrán retornar a las fuentes de mejor manera y sin ningún tipo de dudas” (para más información ver Talmud Ierushalmi capítulo 9, ley 2, en donde se despeja la pregunta “¿Por qué vienen terremotos al mundo?”. También ver Talmud Bablí, tratado de Berajot 59 a).

Todo lo antes dicho lo podemos encontrar en tan sólo un versículo de la Torá: “Y dijo (Di-s): “Si oyeres atentamente la voz de Hashem, tu Di-s, hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Hashem, tu sanador" (Números 15:26).

Las personas nos preocupamos por tener contactos importantes, médicos reconocidos, empresarios millonarios, pero quizá olvidamos que siendo el “amigo” del “Director” de todos aquellos, tenemos todo lo anterior asegurado. ¿Acaso quién es el mejor médico sino aquel que creó la enfermedad, y en efecto, la medicación? ¿Quién es el rico sino aquel que inventó el dinero y la otorgó a personas selectas? No me refiero a Bill Gates, tampoco a Einstein… ¡me refiero a Di-s!

Es cierto, el cambio climático es un hecho. Nuestro deber y responsabilidad como habitantes deber ser cumplida y respetada. No sólo por un bien personal, sino comunitario. Vivimos en sociedad y ello no es algo menor. Sería demasiado individualista pensar que “si total se inundan los pueblitos carenciados, ¿a mí que me interesa?”. Pero no debemos ser conformistas y quedarnos solo con aquello. Ni un respiro de más está en nuestras manos. Ni un dólar de menos depende de nosotros. Ni el trabajo en donde estamos, ni nuestra casa, nuestros bienes, nuestros hijos… ¡es que no son “nuestros", ¡ese es el tema!

“Uy, ¡mami! Mira, salió el arco iris. ¡Qué lindo!. Pero… ¿por qué se hace?”, le preguntó Ioni a su mamá. “Mira, cuando sale el Sol y hay humedad, sale el arco iris. Siempre que observes al Sol y a la lluvia juntas, podrás apreciarlo”, le contestó su mamá.

Muchos de nosotros alguna vez habremos preguntado lo mismo a nuestras madres. Y seguramente habremos recibido la misma respuesta… es cierto, la explicación racional es ampliamente valedera pero… ¿quién hizo que aquella “naturaleza” se efectúe de tal manera?, ¿quién le dijo al Sol que salga y a la lluvia que caiga en la superficie conjuntamente?, ¿quién creó las leyes de la física y la meteorología para explicar los fenómenos naturales? Quizá hubiese sido mejor responderle a Ioni: “mira, la verdad es que el arco iris sale porque Hashem así lo decidió en este momento. Si nos remontamos un poquito al pasado, Di-s le prometió a Noaj que no traería más un diluvio de tal magnitud al mundo, colocando de señal de pacto al arco iris (Génesis 9:11, 12, 13, 14, 15). De todas maneras, podrás observarlo cuando llueve y al mismo tiempo se encuentra el Sol”.

Es importante este punto porque de la manera que formemos a nuestros hijos, dependerá mucho su futuro. Y esos pequeños sucesos son los que debemos aprovechar para inculcar los valores de judaísmo y fe.

¿Y por qué Di-s no demuestra abiertamente su poderío?, ¿por qué no se nos presenta a toda la humanidad para que cumplamos sus preceptos?

Sería muy fácil respetar Su palabra si los milagros serían abiertamente. No podría existir ni pago ni recompensa por obrar el bien, ya que la persona que a esas alturas se rebele, sería un trastornado mental. En otras palabras, con el terreno llano, no habría prueba, desafío ni posible recompensa. No existiría el libre albedrío.

También cuando llueve solemos apreciar ese hecho como algo “natural”… tal vez los campesinos lo valoren más en años de sequía… ¿y qué hace que nos olvidemos de aquellos milagros?, ¿por qué nos quejamos cuando llueve (porque odiamos mojarnos y tener que llevar el paraguas a todos lados…), y no reconocemos que es una verdadera bendición de Hashem para la tierra?

Durante la travesía por el desierto los judíos fueron testigos de grandes milagros. Las nubes de gloria los protegían de los rayos fuertes del Sol, de las tormentas y los guiaban por el camino; una fuente de agua marchaba tras ellos conduciéndose a cada sitio que se trasladaban; sus ropas no necesitaban ser cambiabas ya que crecían con ellos y eran lavadas y planchadas por las nubes de gloria; diariamente caía el Man (pan celestial) el cual no tenía desperdicio fisiológico, pues era puramente Divino.

Aun así, encontramos que los judíos se quejaron del Man, alegando que deseaban comer carne (Números 11:4). La particularidad del Man era que el sabor del mismo dependía de la intención del degustador. Sólo faltaba pensar qué gusto deseaba que tenga antes de ingerirlo, para que este mismo contenga aquel sabor. De todas maneras, había algunos sabores que no estaban permitidos por ser que su ingesta era perjudicial para las mujeres que amamantaban (Números 11:5, Rashí, en nombre del Sifrí). También se quejaron que querían esos sabores.

El problema es que nos acostumbramos muy rápido a las bondades y no olvidamos para nada ligero las dolencias. Podríamos decir: “veían cómo caía el pan del Cielo, el gusto que ellos querían tenía (casi…), tenían a Moshé, a Aharón, a Miriam, ¡a todos los Ancianos de Israel! ¿Cómo pudieron caer tan bajo?”. Quizá de aquí a un par de años, las lluvias no caigan tan a menudo “por problemas climáticos” y nuestros nietos preguntarán: “¿cómo nuestros abuelos no veían la mano de Di-s? ¡Caía lluvia del cielo y constantemente!”.

Nadie tiene el derecho a juzgar a nadie, pues, el acostumbramiento es un factor muy difícil de sortear. Y no solamente en el cumplimiento de preceptos, sino en conservar amistades, en la pareja, en las conductas. Todo lo que requiera un “riego constante” es difícil de mantener.

El pobre burro había sido sentenciado por todo el reino animal. A simple vista no existía un motivo real para su condena. Pero todos lo habían decidido: deberían librarse de él.

Conjuntamente lo llevaron a una fosa muy profunda y poco a poco, cada uno le arrojaba un poco de tierra. Al parecer, el burro no era tan burro… cada vez que caía sobre él tierra, se sacudía rápidamente, y con sus patas pisaba lo arrojado. Así, escasamente y muy despacio, conseguía subir lentamente a la superficie parándose sobre la tierra lanzada.

Nosotros también debemos ser “burros”… de las situaciones apremiantes, de los momentos difíciles, debemos sacudirnos rápidamente para trepar a la superficie. Nunca debemos decaer. Lo pasado, bien analizado y sacando conclusiones, es pisado. Sólo nos queda recordarlo para no volver a repetirlo.

Resumiendo podríamos decir que cada catástrofe, desastre o fenómeno… ¡NO es natural! La naturaleza no existe, sino Di-s que creó las leyes naturales. Individualmente deberíamos sacar nuestras propias conclusiones respecto a nuestro sendero transitado. Si podemos ser mejores personas. Más humanos. Más solidarios con nuestro semejante. Más arraigados con nuestra esencia Divina. Nada es en vano. Nada es porque sí.

jueves, 28 de enero de 2010

TuBishvat: Hacia Un Individuo Botánico

Quizá no tan conocida por muchos de nosotros, la festividad de TuBishvat (15 de Shvat) consiste en el nuevo año de los árboles. ¿En qué se fundamenta esta celebración? A partir de esta fecha comienza una nueva estación para los frutos de la Tierra de Israel. La mayoría de las lluvias del año ya cayeron y la savia de los árboles comienza a subir. De allí los frutos comienzan con su efectiva formación.

De la misma manera que los humanos tenemos Rosh Hashaná, el “año nuevo”, que es en donde se determina la continuidad del hombre, sus éxitos, sus fracasos y todo lo que ocurrirá el año entrante, de igual manera sucede en esta fecha… pero con los árboles.

El libro “Bené Isajar” aconseja a orar especialmente en esta fecha para que al llegar la festividad de Sucot (en el mes de Tishré), cada uno tenga el mérito de obtener un lindo y precioso Etrog. Y claro, el crecimiento de aquel dependerá de este día en particular.

Si nos detenemos a pensar, podremos aprender muchos paralelos entre el humano y los árboles.
Antes que nada, la mismísima Torá expresa esta analogía: “…porque el hombre es un árbol del campo…” (Deuteronomio 20:19).

¿Qué nos pueden enseñar de los árboles?, ¿en qué se relacionan con los humanos?, ¿realmente “el hombre es un árbol del campo”?

Con todas estas preguntas en mente, contemplé los árboles y pude deducir todas estas comparaciones:

Antes de comenzar a sembrar, debemos saber bien qué es lo que desearemos como producto final. De tal decisión dependerá lo que obtendremos del trabajo. Todas nuestras actitudes, decisiones o determinaciones (ya sea respecto a nuestros hijos o no), influirán en el resultado de nuestras vidas. Debemos calcular bien qué semilla estamos sembrando y con qué propósito. Cuáles serán nuestros ideales para su formación. Pero siempre debemos reflexionar antes de la siembra, no sea cosa que sea demasiado tarde… ¿Cómo formaremos a nuestros hijos?, ¿con qué ideales?, ¿con qué valores?, ¿qué esperaremos de ellos?

Luego vendrá el cuidado y riesgo constante. Y tal como nos enseñan nuestros sabios: “no hay agua sino Torá”. La Torá es comparada al agua por muchos factores. Para “regar” nuestros proyectos, no debemos olvidar el requisito esencial para su crecimiento: la palabra Divina. Ya sea para el comercio, el crecimiento de los hijos, las vacaciones, las necesidades fisiológicas, para todo y absolutamente todo, poseemos leyes que nos indican cómo debemos conducirnos. No “como pensamos”, sino “cómo debemos”, no en base a nosotros, a nuestro intelecto, sino sujeto a lo que Hashem sabe que es bueno para nosotros (que es algo muy distinto…)

También debemos tener paciencia y esperar a que crezcan. Aunque los chicos siempre se impacientan e instantáneamente al colocar la semilla desean observar los resultados (¿qué tan niños seremos, no?), no podemos imitarlos a ellos (sí las ganas con las que plantan…) Y si reflexionamos bien, observaremos que Di-s nos otorgó preceptos que nos enseñan constantemente a internalizar estas cualidades.

En Shabat no debemos encender la luz y realizar todo tipo de trabajo relacionado con la semana. En caso de querer realizar una fiesta con música, debemos ser pacientes y esperar a que finalice Shabat.

Con respecto a la dieta del alma, no podemos consumir cualquier tipo de alimentos. Debemos contenernos. También tenemos que esperar 6 horas para ingerir lácteos luego de alimentos carneos.

Tampoco debemos desayunar antes de rezar (por la mañana).

Todos estos preceptos (y más también) nos enseñan aquello que nos dice: “¡alto!, debes esperar… no seas impulsivo. No quieras llevarte el mundo por delante…”

Hay épocas que se caen hojas más que en otras. Existen estaciones que son más “florecientes” que otras, más exitosas, con mejor pasar. Pero debemos saber que esa también es parte de la naturaleza y tiene un límite. Cuando lleguen las hojas caídas, el “otoño”, con paciencia, a fin de cuentas la “primavera” llega, todo florece y vuelve a renacer. No siempre florecen todos los proyectos. Al cabo de unas semanas la persona se renueva. Se fortifica. Se despliega. Pero hace falta “riego constante”, es decir, querer salir de allí, voluntad. Invertir en paciencia y espera para poder resurgir a la superficie. Nadie nos activará la fuerza de voluntad si no somos nosotros mismos. De nosotros depende.

Todas las plantas, árboles y vegetales pueden tener distintos colores y formas, pero su función principal de todas es la misma: tomar y transformar el dióxido de carbono en oxígeno. Las personas somos diferentes y poseemos distintas aptitudes que nuestro semejantes (Di-s es lo suficientemente sabio para no crear clones…). En algunas somos más capaces, y en otras nos superan. No es ni “positivo” ni “negativo” sino que cada uno tiene SU camino para servir a Di-s. Algunos se encargan más de los favores con el prójimo, otros estudiando Torá, otros visitando enfermos… Si bien todos debemos procurar realizar todo tipo de actos de bien antes enumerados, no todos poseemos la misma “vocación” en las distintas circunstancias. En algunas nos esmeramos más que otras en base a nuestras motivaciones (¿innatas?).

El Jafetz Jaim fue consultado acerca de las distintas costumbres que llevan a cabo los judíos de diferentes comunidades de distinto origen. Respondió: "Las diferencias entre los distintos modos de servir al Creador (dentro de quienes observan la ley acorde al Shulján Arruj), no son perjudiciales, sino -al contrario- responden a diferentes lugares por los cuales pasó nuestro exilio y los cuales reforzaron los aspectos internos de diversos grupos de Iehudim de diferentes orígenes. La suma de todas estas costumbres hace a la armonía del Am Israel. Intentar anular una costumbre a favor de otra, sería equivalente a anular una de las diferentes fuerzas dentro de un ejército (los tanques no reemplazan a los aviones, ni estos hacen la tarea de la infantería.) Ashkenazim y Sefaradim, Jasidim y Mitnagdim deben sumar sus bríos y energías -sin suprimirse unos a los otros- para crear la sinfonía que hace a la victoria espiritual esperada, al igual en que la tarea de los Cohanim, Leviim e Israelim, en su conjunto cumplían con la obra exigida por D"s" (VeSamajta BeJagueja", páginas 268/269).

En una oportunidad un judío que estaba alejado del camino de la Torá le preguntó al Rab Amnon Itzjak: “usted dice que hay que retornar a las fuentes de Di-s… supongamos que yo siga esos pasos… ¿qué línea debería seguir?, ¿a los ashkenazim?, ¿a los sefaradim?, ¿a los temanim?, o, acaso, ¿a los jasidim? ¡Son muchas costumbres distintas! ¿Cuál es la “verdadera”?.

A lo que el Rab muy sabiamente contestó: “en el ejército los marineros no interfieren en el trabajo de los aviadores, y tampoco los soldados en las labores de estos últimos, todos tiran para el mismo lado. Se comportan de distinta manera porque cada uno tiene su misión en las distintas partes del territorio, pero todos poseen un objetivo en común en la batalla: vencer al enemigo.

De la misma manera tanto los ashkenazim, como los sefaradim y las distintas líneas, aun teniendo costumbres distintas, se unen en sus raíces con un mismo propósito: servir a Di-s.

También los árboles toman dióxido de carbono y lo transforman en oxígeno. Las malas actitudes, negativas y estériles, las podemos transformar en algo sumamente positivo. Di-s puede proveer el sadismo para asesinar, pero estará en uno convertirse en un asesino serial, en un shojet (matarife ritual) o en un mohel (persona que circuncida de acuerdo a la Torá). Puede que la capacidad sea innata, o que hayamos nacido “con tendencia a…”, pero el uso que uno le da depende exclusivamente de la libertad propia, del libre albedrío, de la capacidad para tomar decisiones…

Aquel niño se notaba indiferente por el estudio. Cada vez que abría un libro, comenzaba a dibujar perdiéndose en los crayones y fibras de colores. Su mundo interno era el dibujo… ¡y sólo eso!

En la actualidad existen unos afamados compendios que constan de dibujos gráficos que permiten comprender pasajes del Talmud muy complejos. ¿Quién será el magnífico autor? Aquel niño que lo único que hacía en la escuela era dibujar… Muy sabiamente su maestro encaminó esa cualidad aparentemente “negativa”, enfocándola en la Torá.

Claro que cambiar no es nada simple. Existía un Rab que solía decir que cambiar una cualidad no buena, es más difícil que estudiar medio Shas (compendio total del Talmud). Pero eso no quiere decir que no debamos hacer nuestro máximo esfuerzo. No se debe morir en el intento.

Por otro lado, para cuidar las plantaciones también se deben utilizar fertilizantes, antiplagas y todo tipo de químicos que protejan la cosecha. También nosotros debemos ponernos “vallas” para no llegar a transgredir preceptos. Y esos “cercos” son los que los Sabios nos imponen para no llegar a equivocaciones en sí y no darle cabida al instinto del mal. Para que crezca algo hay que invertir mucho en ello. Se deberá tener mucho cuidado y una alerta constante. “A un árbol cuyas ramas son pocas y sus raíces abundantes, ningún viento podrá derribarlo” (Pirké Avot 3:21).

También se deben quitar todo tipo de yuyos estériles que perjudiquen el normal crecimiento de los vegetales. Así también la persona primeramente debe quitar todo tropiezo que le impida crecer y desplegarse personalmente, para recién luego hacer el bien. Tal como nos enseña el Rey David: “Apártate del mal (y luego) y has el bien, pide la paz y persíguela” (Salmos 34:15).

Cuando los “frutos” maduran (hijos), este mismo se desprende del árbol (sus padres) y comienza a independizarse. Utilizando su semilla, también podrá formar su “propio árbol”, su propio hogar. O también podemos verlo desde otro ángulo: cuando termina la función del humano en este mundo, él mismo (el fruto) vuelve a su lugar de origen: la tierra.

Pero algo es claro: puede suceder que hagamos nuestros máximos esfuerzos para que la plantación crezca de la mejor manera, que hayamos invertido mucho dinero y tiempo en ella con los mejores fertilizantes, mejores campesinos… pero de todas maneras, no creció como esperábamos, no cumplió nuestras expectativas. Los frutos pueden ser amargos, dulces, agrios o ni crecer.

¿Acaso todos tuvieron el mérito de que los hijos salgan como hubiesen querido que salieran?

El justo rey Jizkiahu no quiso traer hijos al mundo. Él había observado con profecía que tendría un hijo malvado, “¿entonces para qué tenerlo?”, afirmaba. Hasta que se le acercó el profeta Ieshaiahu diciéndole que los cálculos son de Di-s, que él debía hacer su parte y esmero. Tenía que procrear sí o sí, independientemente de cuál sería el futuro (que de hecho su hijo trajo muchos sufrimientos al pueblo de Israel. Aunque al final de sus días, se arrepintió de alguna manera…)

En otras palabras, debemos hacer lo que esté a nuestro alcance. Luego Di-s dirá que sucederá.
Pues, también es habitual escuchar a los padres decir: “a MIS hijos les doy la educación que YO quiero”. Y allí mismo erradica el problema: no son TUS hijos… son LOS hijos de Hashem. Sólo que el Todopoderoso los pone en nuestras manos para que los mantengamos y eduquemos por Sus Senderos. Los hijos no son “propiedad privada”, no son nuestros.

Obviamente que se nos juzgará por cuánto esmero realizamos e invertimos para que nuestros hijos lleguen a explotar su máximo potencial. Quizá no tanto en el resultado sino el qué hicimos desde nuestro lugar para llegar allí. Porque también existen hijos justos y eruditos que no recibieron educación judía de sus padres y llegaron a donde llegaron (habrá que analizar qué méritos tuvieron sus progenitores…)

Es muy sencillo para el niño observar que las frutas se encuentran en la heladera de su casa. Pero… ¿qué trabajo existe detrás de todo eso? ¿En dónde quedó el arado, la siembra, el riego, la lucha contra las plagas campestres, las sequías, los desastres naturales, la recolección, la logística, la distribución…? Así como nosotros le explicamos a los niños que las frutas y verduras no llegan solitas a casa sino que hay que dirigirse al super (¡y con dinero!) para adquirirlas, de la misma manera nosotros debemos ser concientes que comprar aquellas productos son legítimos milagros. Por ello se nos exige bendecir a todo alimento: para que seamos concientes que Hashem nos otorgó el mérito de poseer aquellos beneficios de la naturaleza que tanto cuestan crear. Cada fruto con su color, su aroma, su gusto particular… Si solamente cumplen la función de alimentarnos, ¿por qué no son todos iguales, del mismo color y con el mismo sabor? Justamente, Hashem nos otorga ese privilegio de disfrutar y degustar sus creaciones, que aparte de benefición obtengamos placer. Que el comer no se transforme en un acto monótono. Pero no debemos ser desagradecidos con Él… ¡verdaderos milagros!

Sucede que nos acostumbramos muy rápidamente a ello. Lo vemos como normal, casual, “natural”… pero… ¿quién hizo la naturaleza? ¡Di-s, claro!

Así como aquel que observa un lindo edificio sabe conscientemente que existieron arquitectos e ingenieros para construirlo, y difícilmente atine a decir que estaban colocados los materiales a un lado y apareció un viento fuerte del oeste y construyó todo, así también debemos ser concientes que toda creación fue creada por un Ser Supremo. ¿O acaso alguien podría contemplar un libro y afirmar que habían hojas blancas y un poco de tinta, volcándose esta misma sobre aquellas y escribiéndose “solo” todo lo que contiene el mismo? ¡Claro que no! (ejemplos explicados por el Rambán).

Cuando llega el final del árbol, o se cae o lo deben podar. Algunos dejan una marca profunda en la tierra y otros no tanto. Los que se ocuparon de crecer en lo personal, en el bienestar de sus frutos, incrementaron su tamaño y volumen y por ende su pérdida se notará mucho más. No sé a cuántas personas le interesará cuántos frutos dio, sino qué tipo de frutos otorgó: sabrosos, maduros, comestibles. Qué tipo de hijos formó. Qué educación les brindó. Qué valores les inculcó. A qué los motivó. Qué ejemplo les ofreció.

Sin dudas, existen muchas comparaciones viables entre el árbol y el humano. Seguro que a medida que leían el artículo se les ocurrían otras analogías. Es cierto, las hay. Pero no nos quedemos solamente con las ejemplificaciones. Pongamos la teoría en la práctica. Volquémoslo en la acción. “Los que siembran con lágrimas, con regocijo segarán” (Salmos 126:5).

jueves, 21 de enero de 2010

La Soledad Y El Habla



La tan temida y tenebrosa soledad… Esa por la cual somos capaces de sacrificar intereses personales a fin de gustar a otros y no quedarnos solos, esa por la cual dejamos de ser nosotros mismos, disfrazándonos por bastantes horas con caretas que no nos corresponden, esa que evitamos a toda costa… la tan temida soledad.

Ya de por sí la sociedad nos hace creer que está “mal visto” estar sin pareja, solos, sin otra mitad. ¿”Aun no tienes novia? ¡Hay que ponerse en campaña entonces!”. Si bien la Torá nos expresa claramente que debemos complementarnos con otra persona (Génesis 2:18), eso no quiere decir que “el fin no justifique los medios” hacia aquel objetivo. Los casamientos por presión familiar, temor a quedarse solos en el mundo, al qué dirán los amigos, entre otros, no son los matrimonios que se nos exige.

También tenemos preceptos que inevitablemente debemos socializarnos para poder efectuarlos. Dentro de las mitzvot positivas y negativas, disponemos de algunas que su accionar es para con Di-s y otras hacia nuestro semejante. Sin estos últimos se torna imposible cumplir los seiscientos trece preceptos. Aun así, al judío se le exige a diario introspección personal, reflexión en soledad y balance de sus actos para observar internamente si su comportamiento está adaptado a las sagradas escrituras (ver el texto que recitamos en el Shemá antes de ir a dormir).

En otras palabras: la soledad no es “mala” para la Torá… el asunto esencial es determinar para qué estarlo (motivo y función) y cuánto tiempo.

Esperando en los consultorios médicos, en el colectivo, en la calle, en reuniones familiares o de amigos aburridas… todo lugar siempre será el óptimo para sacar de nuestros bolsillos o carteras el tan preciado y “compañero” teléfono celular. Ese que nos acompaña a todos lados que vamos, que nos permite mandar “mensajitos”, navegar por Internet, sacar fotos, escuchar música, entretenernos con juegos, ver T.V., escuchar la radio… (no, aun no llegaron a volar…) ¡Ah! Y que también nos permiten comunicarnos por teléfono, por si lo habían olvidado…Ese aparato, que su uso medido trae muchos beneficios, no deja de reflejar lo solos que nos sentimos cuando simplemente no sabemos cómo ocupar el tiempo en soledad o no sentir aburrimiento. Quizá sea vergüenza a quedarnos sin hacer nada y esperando. Cuesta mostrar al exterior que “no estamos haciendo nada” (visible, claro, porque el pensamiento y las reflexiones son abstractas…) pero también deberíamos evaluar cuánto tiene que ver y qué papel juega la soledad en este tipo de situaciones cotidianas.

Siguiendo el mensaje que nos transmiten desde afuera, aquel que argumenta a cuatro vientos que: “está mal estar solo”, no nos debe asombrar el por qué en reuniones y casamientos buscamos con lupas y microscopios personas conocidas para conversar y no quedarnos como los “apartados de la fiesta”, los “excluidos”, los que “no hablan con nadie”…

El asunto de pertenecer y no quedar marginado, a veces hasta propulsa (cuando no conocemos a otras personas) a que nos conformemos en entablar un diálogo con aquel vecino al cual no soportamos y al cual no nos interesa mantener mucha amistad en la vida real… pero como es el único al que conocemos (al menos de vista…), optamos por “aguantarnos” un poquito la bronca y utilizarlo como “entretenimiento” o “salvador del ridículo”.

Quizá el temor a la soledad provenga de la incertidumbre real por saber si somos imprescindibles para otros, si aquellos pueden vivir sin nosotros, si podemos brindar algo productivo hacia el afuera… si logramos ser útiles. “¿Seré competente frente a mis amigos? ¿Por qué me quedo solo?, ¿será que no soy lo suficiente interesante para los demás? ¿Nadie me quiere? ¿Nadie me valora ni me admira? ¿Nadie busca estar conmigo?”

Es concreto: el hombre confirma su existencia a partir de los otros, del afuera. Ellos los reconfirman como sujeto.

Aunque cueste afirmarlo, el ser humano es vulnerable. SOMOS VULNERABLES. Y no solamente a la soledad… Es cierto, cuando estamos acompañados nos sentimos más seguros. Estamos confiados que si nos caeremos no nos encontraremos solos…

Cuando el maestro entrega las evaluaciones, es frecuente observar en los colegios cómo los alumnos van preguntando a cada uno y uno de sus compañeros las notas. “Ay, ¡te sacaste más que yo!”, “¡estamos igualitos!”, “¡tenemos el mismo promedio!”. Y claro, siempre buscando quién es el “mejor”, el “peor”, el más competente, y el menos...

Pero dentro de los desaprobados, los integrantes de este siempre se alivian al encontrar que otros compañeros están en su misma situación y no se encuentran “solos” en esto… Aun dentro de la mismísima desazón encuentran un motivo para estar contentos: saber que no son los únicos (ni que hablar de aquellos alumnos que se “vanaglorian” de ser las más bajas notas, queriéndose hacerse los vivos, rebeldes y traviesos…)

Pero… ¿qué somos capaces de hacer para no quedarnos solos?, ¿cuál es el límite de aquello?, ¿a qué nos arriesgaríamos para evitar la famosa soledad?

Personalmente pienso que la respuesta es: a muchas cosas. Ya de por sí sacando tan sólo dos letras de nuestra boca frente a una pregunta, tal como un “sí” o un “no”, podemos destruir hogares y familias enteras.

Lamentablemente la lengua y el interés por hablar de otros y no de nosotros mismos, es letal. A veces nos juntamos con amigos y para sacar temas de conversación nos introducimos en la vida privada de muchas personas. “¿Cómo se va al Caribe si aun debe la cuota de sus hijos en la escuela?”, ¡Le gusta derrochar el dinero comprándose frecuentemente un auto último modelo!”. Podrá sonar muy fuerte la pregunta, pero… ¿qué nos interesa lo que haga el otro? Si Di-s le proveyó ese dinero, ¡que lo disfrute! ¿Acaso si esa fortuna no nos correspondería a nosotros también, Hashem no nos lo otorgaría? A fin de cuentas, envidiar lo que uno no posee es una verdadera falta de Fe… Tal como dice Rabí Eliezer Hakapar: “La envidia, el deseo y los honores, sacan a la persona de este mundo” (Pirké Avot 4:27).

Sin contar las veces que podemos llegar a vanagloriarnos y ganar un “lugar” en el grupo simplemente a costa de nuestro compañero… rebajando a otros semejantes, contando sus defectos y fallas. Sus asuntos personales, íntimos.

Supongo que cuando alguna vez escuchamos que alguien no hablaba del todo bien de nuestra persona, nos sentimos muy afligidos y dolidos. ¿Y nosotros?, ¿no debemos hacer lo mismo a espaldas de la “víctima”, la otra persona? ¿Nos preocupamos por el valor y prestigio del otro como querríamos que se comporten con nosotros?

Una de las preguntas que nos harán en el Juicio Celestial, después de los 120 años, será: “¿coronaste a tu compañero como es debido?” (Igueret Agrá).

Y la prohibición surge para adultos como hacia chicos por igual. No quiere decir que “como es pequeño y no entiende, puedo hablar de él lo que se me antoje”. Claro que no. No existen diferencias humanas… tanto un adulto de 30 años como un niño de 5 siguen siendo personas. Por ende, el respeto que se debe tener frente a ellos es el mismo en calidad de sujeto. Tampoco está permitido recordar actitudes pasadas de adultos cuando eran pequeños: “¿recuerdas cuando David era chiquito?, ¡rompía todo lo que se le cruzaba en el camino!”.

Un día, un conocido se encontró con un gran sabio y le dijo: “¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?”. “Espera un minuto”, replicó el sabio, “antes que nada, quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo “el examen del triple filtro”.

“¿Examen del triple filtro?”, preguntó su conocido. “Correcto”, continuó el sabio. “Antes que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir. Es por eso que lo llamo de esa manera.

El primer filtro es la VERDAD. ¿Estás absolutamente seguro que lo que dirás será cierto?”. “No”, le dijo el hombre. “Realmente sólo escuché sobre eso y…”

“Bien”, dijo el sabio, “entonces realmente no sabe si aquello que dirás es cierto o no.
Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la BONDAD.


¿Será algo bueno lo que me contarás?”. “No, por el contrario…” “Entonces, deseas decirme algo no tan agradable de su persona, pero no estás seguro que sea cierto… Pero aun podría querer escucharlo porque queda un filtro, el filtro de la UTILIDAD.

¿Me servirá de algo saber lo que quieres contarme?”. “No, la verdad que no lo creo…”
“Bien”, concluyó el sabio, “si lo que deseas contarme no es cierto, ni bueno e incluso no me es útil, ¿para qué querría yo saberlo?”.


Pero gracias a Di-s, el Todopoderoso nos proveyó de libros que nos enseñan cómo debemos hablar y comportarnos para alcanzar el respeto óptimo hacia nuestro prójimo. Enciclopedias enteras y en distintos idiomas que pueden adquirirse en cualquier librería judía. Y eso no es todo…

Hashem nos otorgó un antídoto hasta en nuestro propio y mismísimo cuerpo…

¿Por qué creemos que disponemos de labios, si no es para cerrar nuestras bocas cuando no debemos?

¿Por qué pensamos que también nos dio los dientes, como otra barrera protectora para el chisme?

¿Por qué nos otorgó en la oreja el lóbulo, si no para que lo doblemos y tapemos nuestros oídos cuando corresponda? (también, al colocar el dedo índice en el oído observen como este entra justo en el agujero y tapa la audición en su totalidad…)

¿Por qué nos proveyó de los ojos y con ellos párpados (no así a los peces), si no para que los cerremos y no observemos gestos que puedan provocar conductas despectivas de nuestro compañero? (“Lashón Hará” también se realiza con señas…)

Sin dudas, Di-s nos concedió los elementos y herramientas necesarias para que nos cuidemos de todos estos males. Sepamos utilizarlos. Pero antes leamos el “manual de instrucciones”: nuestra querida Torá.

jueves, 14 de enero de 2010

El Medio Shekel



Un selecto y distinguido grupo de judíos que formaban parte del círculo íntimo de amistades del rabino “Ktab Sofer” (líder del judaísmo europeo del silgo XIX), se habían reunido para compartir un almuerzo y escuchar palabras de Torá de sus invitados.

Cuando el “Ktab Sofer” tomó la palabra, le dijo a su audiencia que quería compartir con ellos como primicia un bien muy precioso. El público atento y expectante observó como sacaba de su bolsillo una moneda. El Rab les dijo que era un medio shekel, moneda de uso corriente en los tiempos del Bet Hamikdash. Quiere decir que tenía más de dos mil años de antigüedad.

Mientras los presentes se pasaban de mano en mano la moneda, la conversación general giraba en torno a las antiguas leyes relacionadas con ella. Cada persona tomaba en sus manos la preciosa pieza, la observaba, la acariciaba, dándola vuelta lentamente como prolongando un instante más ese vínculo tangible con el pasado glorioso de la historia judía.

La velada seguía su curso y pasado un tiempo prudencial, el “Ktab Sofer” solicitó por favor le devuelvan la misma. Se miraban unos a los otros pero nadie la tenía.
Comenzaron a buscarla a diestra y siniestra pero no se encontraba. Un silencio sepulcral cayó sobre los presentes.

Uno de los participantes tomó la palabra y dijo: “honorable audiencia, nadie puede retirarse de aquí en tanto la moneda no aparezca. ¿Que tal si todos vaciamos el contenido de nuestros bolsillos? Puede que el medio shekel se mezcló con otras monedas y sin querer alguien lo guardó.

Entre los distinguidos invitados estaba el Rab Iehudá Asad, de Hungría, que les aventajaba en edad. Lo vieron tornarse pálido y en medio del silencio se levantó y dijo: “honorables presentes, por cierto es una buena idea que revisemos nuestros bolsillos, pero les quiero pedir que por favor esperemos veinte minutos más antes de comenzar con la búsqueda. No puedo explicarles ahora la razón de mi pedido, pero les pido sean pacientes y esperemos juntos…”

Habida cuenta del respeto que le debían por ser el mayor, el público decidió aceptar su petición a pesar de no entender sus razones.
Los minutos transcurrían y cuando se estaba por cumplir el tiempo pactado, el Rab Asad tomó nuevamente la palabra y rogó una nueva y última prórroga de diez minutos antes de comenzar a buscar.

Ya todos estaban desconcertados y ansiosos, pero por respeto al Rab presente acataron su pedido.
Pasaron uno minutos, cuando de pronto se abrió bruscamente la puerta de la cocina y entró un mozo gritando que finalmente había encontrado entre la vajilla el medio shekel que evidentemente, había quedado sobre la mesa y se mezcló cuando levantó los platos para llevarlos a la cocina.

El alivio general hizo que todos comenzaran a conversar simultáneamente. El jolgorio de todos era evidente y el “Ktab Sofer” respiró profundamente aliviado ante el feliz desenlace del episodio.
Una persona se le acercó al Rab Iehudá y de pronto los rodearon un grupo de personas preguntándole: “¿por qué nos pidió que esperáramos?, ¿cuál fue el fundamento de su proceder?”. El Rab sonrió y en tono de disculpa les dijo: “amigos, no era mi intención revelarles lo que les voy a contar ahora, pero debido a las circunstancias ustedes entenderán…” Y mientras hablaba, sacó de su bolsillo un medio shekel auténtico.
El público quedó sin aliento. El Rab siguió diciendo: “como ven, también soy dueño de un medio shekel verdadero, pero cuando observé la alegría y el entusiasmo del “Ktab Sofer” al exhibir ante ustedes la moneda, no quise de ninguna manera quitarle el protagonismo mostrando que yo también tenía una, ya que su placer y alegría no hubieran sido los mismos. Sin embargo… cuando desapareció la misma y sugirieron que vaciemos nuestros bolsillos, era inevitable que aparezca mi propio medio shekel. Hubiera sido muy difícil explicarles en ese momento que yo traía en mi bolsillo uno idéntico al dirigirme a la reunión.

Cuando les pedí una prórroga para iniciar la búsqueda, elevé mis plegarias a Hashem para que me ahorre la agonía y el sufrimiento que hubiera significado explicarles algo tan difícil de creer.

Este relato nos marca un concepto muy importante: no debemos precipitarnos a llegar a conclusiones aunque a veces sea muy claro y lógico, pensar mal de una persona por el contexto en cual sucedieron los hechos.


Extraído de "Hamaor" Nº16, Organización "Kol Simjá"

viernes, 8 de enero de 2010

Educándonos A Educar



Cientos de libros ya se encargaron en el pasado y se encargan más intensamente en la actualidad de este amplio y a la vez difícil proceso. Muchos pedagogos, educadores y psicólogos, aportan sus conocimientos al respecto.

De todas maneras, no es requisito indispensable ser profesional para saber conducir a niños o hasta los propios hijos de una manera acertada. El conocimiento sin la acción no tiene sentido; queda sólo en lo cognitivo, no en lo práctico. Es como aquella persona que dispone de un manual de instrucciones pero le faltan los elementos para construir.

Así que esencialmente debemos saber que más allá de los consejos y/o técnicas que nos puedan brindar los profesionales especializados, educar no pasa solamente por una cuestión de “saber”, sino más que nada por “saber hacer” y, primordialmente, “saber ser”.

Obviamente que cada chico es un mundo aparte. No podemos generalizar. Nadie nos dirá qué hacer cuando David le tire del pelo a su hermana, o cuando Leandro no quiera comer su almuerzo. Dependerá de la circunstancia, del momento, del temperamento de cada uno y la actitud de sus padres. Dar una respuesta hacia aquella pregunta se torna imposible. Y arriesgarse y hacerlo, no me consta cuánto puede servir.

Aun así, en lo que respecta a lo educacional dentro del colegio, creo que si bien cada institución tiene alumnos distintos, existen algunos factores y actitudes que facilitan un mejor aprendizaje en parámetros generales. No se trata en absoluto de “refugiarse” en la técnica, de ser una guía al estilo: “si se comporta de manera `a`, aplicar el modo `c`”, porque tal como detallamos anteriormente, aquello no es tan solo una ecuación matemática.

Sí escribiré desde mi experiencia, desde mi aprendizaje personal en las instituciones que hasta el momento trabajé y desde las conclusiones que también pude extraer del contacto con alumnos particulares. No se deben tomar como verdades absolutas o indiscutibles. Puede que a ciertas personas no les beneficie en lo más mínimo lo que detallaré a continuación, o, en el peor de los casos, hasta les sea contraproducente. Ni todos los casos ni todas las situaciones son iguales. Que a mí personalmente me hayan sido de utilidad los siguientes tips, no significa que a todos les ocurra de igual manera. Y hasta yo mí mismo, en un futuro no muy lejano, puedo cambiar de opinión. Los humanos somos dinámicos y cambiantes. Por ende, las posturas que pasaré a detallar son las que siento aquí y ahora como efectivas.

Observé que la mejor manera de realizar este trabajo era con subtítulos de cada argumento. Comencemos.

El respeto ante todo

Cualquier relación para que sea fructífera implica un respeto mutuo. En la pareja, entre los amigos, entre los compañeros. No se puede pretender que el alumno respete al maestro si primeramente el maestro no es quien respeta a su alumno. Para educar a otros primeramente hay que educarse a uno mismo. No cualquiera puede ser docente. Ya dijimos anteriormente que educar no pasa por una cuestión de “saber”, sino que esencialmente necesitamos “saber ser” con las otras personas. Tener capacidad de autoanálisis, ser flexibles, pacientes. Sin diferenciar si aquellos son grandes, medianos o pequeños. Personas al fin. Algunos individuos creen que con los niños no se aplican las prohibiciones de mentir, golpear o comentar “Lashón Hará” sobre ellos, cuando realmente todo esto no es más que un mito. La prohibición rige tanto para con adultos como para con pequeños (ver “Semirat Halashón” del Jafetz Jaim ZZ”L).

El respeto también implica pedir perdón, agradecer y preguntar si se puede tomar un útil prestado, estando atenido a que puedan contestar “no, no quiero prestarlo” o “mi mamá no me deja”. Tratándolos con respeto, como con cualquier persona. Apreciando así, su manera de decidir por ellos mismos. Su valoración como sujetos. El cumplimiento de sus decisiones. Es cierto, son tan solo unos niños… pero TAN SOLO siguen siendo humanos también…

Un ser digno de confianza

Todo maestro exitoso deberá confiar en las capacidades latentes de sus alumnos. Rotular a cada niño afirmando: “este es el mejor alumno”, “aquel otro le cuesta mucho y nunca comprenderá este tema”, “ese niño es muy inquieto; ¡nunca logrará quedarse en la silla un minuto!”, no nos dejará sorprendernos cuando aquello no suceda. Porque en ese caso, nuestra “estructura” cognitiva se desplomará y trataremos de buscar justificativos: “en el día de la fecha no pudo resolver el ejercicio porque se acostó tarde y estaba muy cansado, pero sin dudas es el mejor alumno”, “hoy comprendió porque su padre le prometió un regalo si entendía”, “hoy estuvo tranquilo porque su mamá lo acompañó a la escuela”. Todo en pos de querer determinar hasta dónde puede llegar cada persona. Los diagnósticos y los preconceptos son muy anhelados y necesarios para las personas que no desean dejarse sorprender por las circunstancias atípicas o poco frecuentes. Que necesitan una estructura predecible en donde basar sus creencias. “Ah, no, Juan es esquizofrénico, ¿cómo creerle si afirmó algo medianamente coherente?, ¡seguro que su enfermedad lo hace delirar!”.

Cuando el Rab Iehudá Ades (Shlita) era pequeño una persona de su familia lo acusó con su padre, el Rab Iaacov Ades (ZZ”L), que no había pronunciado la bendición posterior a la comida (“Birkat Hamazón”). El pequeño Iehudá saltó gritando: “¡sí que dije!”. Entonces el padre le preguntó: “a ver, muéstrame de qué libro”. “De este, papi”, le dijo Iehudá, mostrándole un Majzor de ”Iom Kipur” (que obviamente no tenía esa bendición ya que en Kipur está prohibida la ingesta de alimentos).

El Rab Iehudá Ades (Shlita) cuenta hasta el día de hoy como su padre no le dijo palabra por su accionar, aun sabiendo que en el libro no figuraba la bendición que su hijo decía haber leído.

Confiar no significa exagerar. Confiar es sinónimo de escuchar y estar atento a los posibles cambios. Dejarse sorprender… No quiere decir que si siempre Leandro dijo disparates para interrumpir la clase y distraer a sus compañeros, nunca dirá comentarios o aportes acertados contestando a las preguntas del docente. De ninguna manera. Leandro seguramente en algún momento se interesará por un comentario o pregunta del maestro y le agradará demostrar a sus compañeros y a las autoridades presentes que él conoce la respuesta. El enigma es detectar cuándo será el momento en el que se conduzca de esta manera.

“Uy, no sabes, ¡el abuelo de aquel niño fue un sabio muy grande!. ¿Aquel otro?, su padre era el rabino de la ciudad. El que se encuentra en aquella esquina es hijo de un juez rabínico muy importante”, le afirmaba un director de una prestigiosa institución a un colega amigo. “¿Pero todos son importantes aquí?”, preguntó asombrado su compañero. “¡Claro!, ¿acaso todos los judíos no provenimos de Abraham, Itzjack, Iaacov, Iosef, Moshé y David? ¡Todos sus padres, abuelos y bisabuelos son importantes! Por ende, ¡ellos también lo son! ¿Acaso sabemos el potencial que tiene cada alumno y alumno? ¡Pueden llegar a niveles que nunca jamás imaginaríamos!”.

Cumplir con la palabra

Si existe algo que los niños no olvidan fácil son las promesas incumplidas. “¡Pero tú nos prometiste que si nos comportábamos bien nos obsequiabas un chocolate a cada uno!”. Claro, en el impulso y el deseo de controlar la clase abruptamente, cuando los castigos y las amenazas ya no surten efecto, el maestro puede llegar a prometer beneficios o premios inalcanzables de satisfacer. “Igual los niños se olvidan…” ¡No! ¡De ninguna manera! Primeramente tenemos una prohibición de mentir sea a quien sea. NOSOTROS no podemos mentir, ¿qué importa hacia quién y con qué fin?, ¡la prohibición es nuestra! (salvo en extremas cuestiones de “shalom”, ver en profundidad el caso de la “Sotá”). Tal como dice el versículo: “De palabra de mentira te alejarás” (Éxodo 23:7).

Acerca de la importancia del cumplir las promesas, el Rey David nos enseñó: “Juré y ratifiqué el guardar los juicios de tu justicia” (Salmos 119:106).

En segundo término, no cumplir con nuestros compromisos nos jugará en contra en todo el trayecto de enseñanza, más allá de la prohibición de la Torá.

Los chicos no olvidan fácilmente y dificultosamente puedan confiar nuevamente en nosotros. Existen oportunidades en las que deben existir premios para estimular a los alumnos y estos últimos difícilmente nos crean. Tal vez los que son más memoriosos animen a sus compañeros que no lo son tanto, a no confiar. Debemos saber que con ellos perdemos muy fácilmente la credibilidad. Habrá que tener mucho cuidado. Contrariamente, si procuramos esforzarnos por cumplir nuestra palabra, si los niños se aseguran que no hablamos en vano ni “porque el aire es gratis”, es asombroso lo que podemos lograr. Ellos aprenderán también que el habla es un don especial que tenemos los humanos y debemos cuidarla y hacerla respetar.

Reconocer errores

Admitir que uno es falible quizá sea una de las afirmaciones más embarazosas de reconocer. La dificultad se potencia aun más cuando la persona tiene un “cargo” de “sumo poder” o autoridad: docente, director, coordinador, ministro y ni que hablar de un presidente. “¿Cómo yo admitiré que me equivoqué?, ¿yo?, ¡¿el presidente de los Estados Unidos?!

Pero a veces tendemos a olvidar que no corregir un error es cometer otro más grave. Todos sabemos internamente que no somos perfectos y que podemos fallar. Trasmitir el mensaje que “la autoridad” nunca se equivoca es un grave error. De esta manera no enseñamos a nuestros alumnos a conocerse a sí mismos. Si siempre se quedan con esa personalidad narcisista que “soy el mejor”, “nunca me equivoco”, entonces difícilmente puedan reconocer y autoexplorar errores.

Quizá uno pueda llegar a pensar: “pero… ¡un maestro enseña el contenido y punto!, ¿acaso los valores no deben transmitirlos sus padres?”. En realidad, la escuela de hoy en día es mucho más que un lugar en donde se enseñan contenidos. Muchas veces, en los casos que el hambre apremia, a la escuela se va a comer el desayuno y la merienda; en otras oportunidades se los “manda” para que se entretengan y no estén sin hacer nada en casa; otras tantas para que hagan amigos y socialicen. En verdad, nada de lo anteriormente dicho está mal. La escuela es un TODO. Los chicos no concurren SOLAMENTE para algo en especial. La educación es un factor holístico que encierra primeramente el ser persona, el ser humano. Obviamente que en la micro comunidad deberá aprender a socializar para luego afrontar el mundo, la vida.
Los contenidos quizá el alumno los olvide quedándole en la memoria a largo plazo un 5% de todo lo que estudió, pero los valores, la sensibilidad, el cómo ser una mejor persona, eso no lo olvidará tan fácilmente.

Como requisito excluyente para que la atmósfera de enseñanza sea cálida y el aprender sea un placer (y no un castigo), el maestro debe “condimentar” la clase demostrando que también es persona. Que también puede equivocarse.

No creamos que reconociendo errores nuestra reputación disminuirá a los ojos de nuestros alumnos… ¡al contrario! ¡Qué gran aprendizaje realizarán ellos! “Si el maestro puede reconocer que es falible, que es humano, que puede equivocarse… nosotros, que somos sus alumnos, ¡cuánto más y más que podemos llegar a errar!”. Quizá conscientemente no se den cuenta de este aprendizaje, pero actitudinalmente queda implícita esta lección.

Siempre y cuando el alumno sepa que su maestro lo aceptará incondicionalmente y no lo avergonzará, reconocerá su error y estará abierto a corregirse.

Cuentan que una vez, un padre se sentó en la mesa de su comedor a terminar un trabajo, mientras, su hijo pequeño corría en círculos alrededor de él. En una de sus tantas vueltas, tiró un jarrón que había sido puesto junto al borde de la mesa. Llamó el progenitor a su hijo y con un aire decente le dijo: “sabe, hijo mío, que no debes pasar cerca de un jarrón cuando éste se encuentre al borde de la mesa”.

Pasaron una semanas y la situación se invirtió: el niño estaba sentado en la mesa, un nuevo jarrón en el borde y el padre fue quien pasó por su cercanía y tiró accidentalmente el jarrón, haciéndolo añicos. Nuevamente el padre llamó a su hijo y le dijo: “hijo mío, debes saber que nunca se deja un jarrón en el borde de una mesa…”

Escucharlos atentamente

En muchas oportunidades he observados a padres o maestros que cuando sus hijos o alumnos le comentan sucesos en los recreos, los “escuchan” mirando hacia otro lado, diciendo todo que “sí, sí”, con la mente en otro lugar, o todo a la vez. Una indiferencia absoluta que daña, y mucho (no hace falta hablar para lastimar…) Si bien es cierto que muchas veces los chicos estiran mucho sus relatos (y más cuando saben que un adulto los está “escuchando”), ese no debe ser un factor para que “hagamos de cuenta” que estamos atentos a lo que nos dicen. Para que los engañemos pasivamente.

Una técnica efectiva para que los niños comprendan que los estamos siguiendo, es realizarles preguntas de lo que nos contaron para ver si realmente entendimos lo que quisieron transmitirnos. Una escucha de seguimiento empático.

Aparte de engañarlos, los niños captan muy bien cuando esto sucede y quizá ya no se interesen por contar algunos acontecimientos (que dicho sea de paso, pueden ser muy importantes para los adultos para con ese niño.) “Si total las paredes escuchan de la misma manera… ¿con qué fin se lo contaré al maestro?”. Hay que escuchar con todos los sentidos y el cuerpo. Y en caso de no ser factible en aquel momento, es preferible aclarar: “mira, en este instante no puedo escucharte, hablemos en otro momento, ¿te parece?”, antes que jugar al “como si…”

Valorar la pregunta

Las preguntas son un factor casi esencial para aprender. Un alumno que no pregunta (ya sea por falta de motivación, de interés, vergüenza o timidez), no aprende de la misma manera que aquel que sí lo hace y se interesa. Por ello, cuando los chicos preguntan debemos valorar que lo hacen. Quizá el levantar la mano o comentar haya sido un trabajo interno muy profundo que debemos valorar. “¿Lo digo o no lo digo?, ¿y si mis compañeros me avergüenzan?, ¿y si lo que afirmo es un disparate?”. Nunca sabremos si antes de cuestionar pasó por un proceso interno o simplemente se lanzó impulsivamente. Pero sea de la manera que sea, estimular la participación del niño es una motivación increíble y lo propulsará a realizarlo más a menudo.

Claro que avergonzando al que preguntó “aquel disparate” filtrará más las intervenciones en clase… pero no se trata de actuar como un totalitarismo ni filtrar nada, pues, ¡estamos para aprender! Además, de esta manera el niño puede quebrarse y no preguntar más.
Ocurre a veces que los niños tienen ideas o argumentos que para ellos son muy creíbles, y a veces los docentes pensamos que lo hacen para desconcentrar al grupo. Por ello debemos tener mucho tacto con aquellos comentarios. No debemos juzgar por adelantado. En todo caso se podrá charlar con él fuera de clase para corroborar aquello. Cuando los chicos mienten, se nota…

La fuerza del elogio

Cuando los hermanos de Iosef dictaminaron que había que asesinar a este último por sus “sueños irreales” y su “altanería”, la Torá relata que Reubén salió a defenderlo: “Cuando Rubén oyó esto, lo libró de sus manos, y dijo: No lo matemos” (Génesis 37:21). Los versículos posteriores comentan que él propuso, en cambio, arrojarlo a un pozo, con la intención de luego ir a buscarlo y sacarlo de allí. Y así finalmente hicieron…

Justamente por eso mismo cuando regresó a él y vio que no se encontraba en aquel sitio (sus hermanos lo habían vendido a los Árabes), rasgó sus ropas en señal de duelo (Génesis 37:29).

El “Ialkut Shimoní” (Vaikrá) nos enseña: “si Reubén se hubiese enterado que la Torá en un futuro mencionaría y estimularía su accionar salvador (“… lo libró de sus manos”), hubiese cargado a Iosef en sus hombros llevándolo a su padre Iaakov y oponiéndose totalmente a sus hermanos”.

No tenemos noción del efecto que surte elogiar a los chicos, de estimularlos hacia adelante. Observemos nosotros que aun tratándose de una de las tribus como Reubén, con un nivel y categoría increíble, también esta manera de estímulo hubiese sido totalmente positiva para el bien de Iosef y de toda la historia del pueblo judío.


Llamarlos por el nombre

Una validación eficaz del sujeto y su unicidad, es llamarlo como sus padres lo hacen y lo hacían cuando tenía apenas unos días de vida. Ya mucho antes que eso, cuando se encontraba en la panza de su madre, los progenitores ya se imaginaban cómo sería y qué nombre le pondrían al futuro bebé.

Llamarlo como “pibe”, “nene”, “bebé”, “niñito” o por el apellido, no lo valida como sujeto. Todos los integrantes tienen el mismo apellido, ¿qué hará de particular llamarlo como un TODO?

En una oportunidad, un compañero de escuela llamó a casa. “Hola, sí, ¿está Owsiany?” (Aludiendo a mi apellido, como muchos en el colegio me llamaban). En eso mi papá le pregunta: “¿con cuál de todos los Owsiany`s quieres hablar?”.

Fíjense ustedes cuando por la calle gritan el nombre de uno, nos damos vuelta en un acto reflejo. Aun sin darnos cuenta. Puede servir mucho para llamar la atención. Los “¡¡ey!!”, los “nene, ¿qué hacés?” o los “¿qué te pasa pibe?”, no enfatizan a la persona con la cual queremos acentuar algo. Está dicho “al aire”, a otra persona…

Intentar explicar el motivo de las consignas

Cuando y cuanto sea posible, sería bueno que se expliquen el accionar de las consignas o las prohibiciones de realizar conductas antisociales. Muchas veces lo que a los ojos de los adultos es obvio y lógico, para los chicos no lo es o tienen conceptos equivocados. Y cuando podemos lograr que comprendan nuestras consignas, cuando se den cuenta que es por su bien y no un simple “capricho”, la motivación para realizar las órdenes aumentará.

Ioni es un chico con problemas familiares graves. Muchas veces se veían conductas muy agresivas y violentas para con sus compañeros y maestros. En el impulso, creánme, era imposible de frenar. Probamos de todo.

Ese día, cuando bajaba del almuerzo, Ioni había arrojado una silla por la escalera, vaya a saber uno por qué... Como observó que yo había visto su comportamiento, corrió rápidamente hacia su aula y se escondió detrás de un armario. Fue muy fuerte ver esa escena… tranquilamente podía haber lastimado seriamente a otros alumnos, ya que en el horario que lanzó la butaca de madera, todos los estudiantes bajaban hacia el patio. Milagrosamente y gracias a Di-s, no ocurrió nada.

Realmente no sabía muy bien cómo actuar. Primeramente porque él no era mi alumno, pero nos unía una amistad y un diálogo constante. En aquel momento sentí que era mi obligación hablar con él.

Cuando llegué al aula le dije que saliera de allí atrás, que no lo castigaría ni nada de eso. “Pero no me quiero quedar sin recreo”, creo que me dijo. Claro que no iba a hacer una cosa así, pero traté de que se diera cuenta qué había hecho. “Ioni, quédate tranquilo, no te retaré ni nada es eso, pero… ¿vos sabés lo que podía pasar si esa silla golpeaba a algún amiguito?”, le pregunté. “Sí, el director me hubiese retado y podía expulsarme de la escuela”, me contestó. “Pero olvídate del director y de la expulsión, ¡podías haber lastimado a un compañero que nada tuvo que ver contigo!”. No puedo olvidar la cara que puso en aquel momento y cómo se quedó pensando…

A la hora de reprochar

Si bien debemos respetar a nuestros alumnos ello no implica que estemos exentos de reprocharlos y que todo lo que hagan estará siempre bien. Claro que no. Eso sería esconder nuestra cabeza y esquivar responsabilidades. Como compañeros y maestros tenemos un precepto bien marcado que nos dice: “… reprender reprenderás a tu compañero y no se elevará sobre ti pecado” (Levítico 19:17). Debemos reprochar pero no olvidarnos que no se debe elevar sobre nosotros pecado, es decir, el hecho de tener un precepto de reprender no nos otorga derecho a no tomar recaudos al hacerlo… ¡se deberá procurar no avergonzarlo! Y, más que nada, no reprochar desde el odio o rencor, sino, tal como nos enseña el Rambam, “externamente furioso pero internamente tranquilo” (en caso que sea necesario). Desquitarse o lanzar bronca interna junto al reto, no tiene efecto valedero. Es preferible calmarse un rato antes, recapacitar y luego reprender. No perdamos el control. El reproche debe ser un aprendizaje para el alumno, no una agresión.

Debemos enfatizar que no estamos de acuerdo con las actitudes negativas, no con la persona, con el alumno. Y no son todas sus actitudes, sino una puntual que se desacomodó de lugar. No debemos transmitir que por aquello todo su ser es “malo” o digno de desconfianza.

Lamentablemente muchos padres amenazan a sus hijos afirmando:”si no te portas bien te dejamos abandonado aquí mismo” o similares. ¡Cuánto mal y destrucción provocan con sus palabras! ¡Daños irreparables!

Luego del reproche…

Es importante no quedarse con broncas personales ni nada por el estilo. Ok, el niño se equivocó, se lo reprendió de la forma adecuada y punto. No debe quedar aquel recuerdo “fresco” en la memoria ni recordárselo constantemente al alumno. ¡Por el contrario! Para estimularlo se le debe decir: “¿recuerdas cuando aquella vez escuchaste lo que te dije y te felicité?”.

Es interesante realizar un chiste, dar la mano, un beso u otro mensaje de afecto posteriormente a la llamada de atención. Una demostración no solamente con palabras, sino con actos, con actitudes. Demostrar que lo llamamos al orden por su bien. Por una actitud en particular y no por toda se persona. Luego tratarlos como si nada pasó.

No juzgar por adelantado

La Torá nos enseña: “… con justicia juzgarás a tu compañero” (Levítico 19:15). De aquí nuestros sabios aprenden que siempre debemos juzgar las actitudes de nuestro semejante para bien.

Muchas veces ocurre que los niños hacen algo y ya corremos a gritarles o retarlos sin observar profundamente lo que quisieron hacer. No siempre son actos negativos. Pasa que el preconcepto nos juega en contra. Por eso debemos ser pacientes y esperar. Se deberá calmar el “grito interno”. Si así actuamos, créanme, nos sorprenderemos…

Otras actitudes que suman…

Saludar primero los maestros a los alumnos que estos últimos a los maestros, acomodarles la ropa cuando notemos un desarreglo, actuar con humor o contando chistes, escucharlos cuando nos comentan relatos o miedos, narrarles nosotros mismos hechos personales y cotidianos, aumenta mucho la confianza entre las partes. Ya sea para el psicoanálisis, para el humanismo o para el cognitivismo, la relación en la terapia lo es TODO. Si el consultante no confía en su terapeuta, entonces el proceso no tendrá sentido. La relación es un condimento elemental y fundamental para el éxito terapéutico.

A veces realizar chistes en la clase (de manera prudente y no excesiva) genera un clima cálido y permite que los contenidos queden más. El Talmud cuenta que existía un sabio que antes de comenzar a estudiar, narraba una historia cómica para que a sus alumnos les sea más fácil el estudio.

Los chistes quedan porque son divertidos, porque a uno le alegra. Si las clases se tornan divertidas, lo más probable es que a los niños le queden los contenidos.

Comentario final

Sin dudas que educar no es nada fácil.
Cierto es que el conductismo ha dado resultados mucho más simples e instantáneos, pero debemos analizar el futuro de los niños… no solamente la inmediatez, sino qué se llevarán consigno cuando terminen el colegio. La mayoría de los contenidos seguramente los olvidarán…

Se educa no solamente para el momento, para “quitarse el problema de encima”, para cumplir con el “libreto” y el rol, sino para que durante sus travesías en la futura y rocosa vida, llena de metas y desafíos, puedan asumir responsabilidades y actuar con cualidades exuberantes. No lo olvidemos: gran parte de nosotros depende.