viernes, 30 de octubre de 2009

El Triple Filtro

Un día, un conocido se encontró con un gran sabio y le dijo: “¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?”. “Espera un minuto”, replicó el sabio, “antes que nada, quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo “el examen del triple filtro”.
“¿Examen del triple filtro?”, preguntó su conocido. “Correcto”, continuó el sabio. “Antes que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir. Es por eso que lo llamo de esa manera.

El primer filtro es la VERDAD. ¿Estás absolutamente seguro que lo que dirás será cierto?”. “No”, le dijo el hombre. “Realmente sólo escuché sobre eso y…”
“Bien”, dijo el sabio, “entonces realmente no sabe si aquello que dirás es cierto o no.

Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la BONDAD.
¿Será algo bueno lo que me contarás?”. “No, por el contrario…” “Entonces, deseas decirme algo no tan agradable de su persona, pero no estás seguro que sea cierto… Pero aun podría querer escucharlo porque queda un filtro, el filtro de la UTILIDAD.

¿Me servirá de algo saber lo que quieres contarme?”. “No, la verdad que no lo creo…”
“Bien”, concluyó el sabio, “si lo que deseas contarme no es cierto, ni bueno e incluso no me es útil, ¿para qué querría yo saberlo?”.


Publicación semanal "Or Mizrah" Nº394

jueves, 22 de octubre de 2009

Camino A Un Mundo Mejor

Muchas veces uno se pregunta: "¿vendrán tiempos mejores?, ¿las generaciones futuras vivirán en un mundo mejor?, ¿la humanidad podrá alcanzar la meta de la felicidad?". En teoría, vamos en camino a un mundo mejor. Los adelantos científicos y tecnológicos nos brindan cada vez mayor confort y una mejorada calidad de vida. Tan sólo pensar que desde un teléfono móvil podemos realizar una infinidad de tareas, nos da la sensación que tenemos el mundo en nuestras manos. Sin embargo, esa impresión que tenemos que la sociedad se dirige hacia una vida más alegre y feliz, dista mucho de la realidad. Parece ser que en la era en donde todo se hace cada vez más sencillo y fácil, al humano, por el contrario, todo le resulta cada vez más difícil.

Uno de los factores de este fenómeno es el asedio mediático que ejerce sobre la persona la obligación constante de alcanzar el éxito. Indudablemente, vivimos en una sociedad exitista en donde no se valora el esfuerzo sino el resultado. Y sólo puede haber un ganador a costa de un perdedor. De acuerdo a estos parámetros que nos impone la sociedad, el éxito es un privilegio para unos pocos. Empero, el concepto de "éxito" según la filosofía de la Torá es totalmente opuesta al del mundo secular y mucho más factible de lograr. La Torá en el libro "Bamidbar" (capítulo sexto), relata acerca de los preceptos que se refieren a aquella persona que quería consagrar su vida a Di-s por intermedio de proclamarse nazareno (básicamente tenía prohibido tomar vino y cortarse el cabello). El versículo agrega: "no podrá acercarse a un cadáver, ni siquiera si fuesen sus parientes cercanos, ya que lleva sobre sí la corona de Di-s".

¿A qué se debe esta corona? ¿Acaso las coronas no son para los reyes? La explicación es que la corona se transforma a la vez en el premio y en la recompensa por haber logrado superarse y haber podido abstenerse del beber vino, siendo este último uno de los posibles causantes de caer en pecados. Aprendemos de aquí que puede existir un ganador sin necesidad que haya un perdedor.

El refinamiento de la conducta del ser humano y el perfeccionamiento de sus cualidades, son logros propios que no dependen de nadie. Es por eso que la concepción de "rico", "fuerte" y "sabio" de nuestros sabios, es totalmente diferente a lo que estamos acostumbrados a escuchar. Como dijo Ben Zomá en el Pirké Avot (4:1): “¿"Quién es el sabio? Aquel que aprende de todas las personas. ¿Quién es el rico? Aquel que está contento con su parte. ¿Quién es el fuerte? Aquel que domina su instinto". De acuerdo a nuestra Torá, la riqueza, la fortaleza y la sabiduría son valores absolutos e intrínsecos que dependen de nosotros mismos y no en comparación de algo o de alguien.

Por otra parte, del texto que recomendaron recitar los sabios luego de concluir una jornada de estudio o al culminar un tomo del Talmud, podemos comprender que cuando se trata de buenas acciones, el Todopoderoso no se fija en el resultado sino en el esfuerzo. Como decimos en el mismo: "nosotros nos esforzamos y recibimos pago; ellos se esfuerzan y no son recompensados". ¿Acaso existe alguien que trabaje y no reciba renumeración? La intención es la siguiente: toda persona que trabaja recibe un sueldo por los resultados obtenidos. Por ejemplo, un carpintero recibirá su pago contra entrega del producto encargado por el cliente. Pero nadie estaría dispuesto a pagarle por todo el esfuerzo y tiempo que invirtió si no recibiera nada a cambio. En lo que respecta a las buenas acciones, aun cuando no logremos nuestro cometido, Di-s recompensará nuestro esmero y empeño.

Por consiguiente, la clave del éxito es focalizar nuestros objetivos en mejorar como personas, pulir nuestros modales, perfeccionar nuestras cualidades y buscar el bien común.

Rab Isaac Chehebar

miércoles, 14 de octubre de 2009

El Ojo Que Todo Lo Observa...


"Rabí dice: ¿Cuál es el camino recto que debe elegir el hombre para sí mismo? Todo [camino] que es bello para quien lo hace y lo embellece ante su prójimo. Sé cuidadoso tanto con las mitzvot menos importantes como con las de mayor importancia, ya que tú no sabes la recompensa de las mitzvot. Calcula la pérdida que conlleva una mitzvá en contraposición con su recompensa, y la ganancia de una transgresión en contraposición con su pérdida. Observa tres cosas y no vendrás a pecar: Sabe qué es lo que hay por sobre ti: un ojo que ve, un oído que escucha, y todas tus acciones en el libro son registradas" (Pirké Avot 2:1).

Cuando se inventó la cámara fotográfica y el tocadiscos primitivo, le comentaron al Jafetz Jaim ZZ"L del nuevo descubrimiento, recalcándole que el mundo estaba avanzando a pasos agigantados con estas geniales innovaciones. A lo que el Rab contestó: "el mundo no está avanzando, está retrocediendo. Antes, la gente tenía una fe sincera y una plena seguridad en el "ojo que ve" y en el "oído que oye" celestiales. Sin embargo, en estos tiempos las personas se enfriaron y aquella fe se puso en tela de juicio: "¡¿un ojo que lo ve todo?!, ¡¿un oído que todo lo oye?!, ¡¿un libro en el que se escribe todo lo que sucede?!, ¡¿cómo es posible concebir algo así?!

Por ello fue necesario que Di-s haga bajar al mundo la cámara fotográfica para que las personas tengamos una idea de las imágenes que nos "toman" desde allí arriba. El tocadiscos para que estemos al tanto de las grabaciones que nos harán escuchar el día de mañana..."

En esta era moderna, esta reflexión de aquel maestro cobra otra dimensión. Los modelos con los cuales Di-s nos otorga una demostración de su Omnipresencia son más impactantes. Satélites espaciales navegando alrededor del planeta, filmando cada movimiento, diminutos aparatos inalámbricos grabando todo sonido aun a larga distancia, computadoras con capacidad para registrar y almacenar miles de millones de datos. Todo ello nos ayuda a captar lo ya expresado en el tratado de Avot: el hombre está bajo control y supervisión constante en cada uno de sus pasos.

Rab Yejezquel Levy

miércoles, 7 de octubre de 2009

La Respuesta De Un Sabio

Dos niños patinaban en un lago congelado de Alemania. Era una tarde nublada y fría. Los niños jugaban despreocupados.
De repente, el hielo se quebró y uno de los niños se cayó, quedando preso en la grieta del hielo. El otro, viendo a su amigo preso y congelándose, arrojó un patín y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas hasta, por fin, conseguir quebrarlo y liberar al compañero.

Cuando los bomberos llegaron y observaron lo ocurrido, preguntaron al héroe niño: “¿Cómo conseguiste hacer eso? ¡Es imposible que consiguieras partir el hielo, siendo tú tan pequeño y con tan pocas fuerzas!”. En ese momento, un sabio que merodeaba el lugar comentó: “Yo sí conozco la respuesta a su interrogante”. “¿Cuál es?”, le preguntaron. “Es sencillo", respondió, "no había nadie para decirle que no era capaz”.

Di-s nos hizo perfectos y no elige a los capacitados, sino que capacita a los elegidos. Hacer o no algo, sólo depende de nuestra voluntad y perseverancia.

Publicación semanal "Or Mizrah" Nº392

viernes, 2 de octubre de 2009

Sucot: Eterna Convivencia



Los días estremecedores culminaron. El shofar, el mes de Elul, Rosh Hashaná, Iom Kipur, todo llegó a su fin. Un trabajo arduo de cuarenta días de duración.

Ahora se nos pide poner énfasis en la alegría. Acentuar que en la vida no todo es temor. Se nos exige estar alegres pues seguramente Di-s escuchó nuestras súplicas, sellándonos en el Libro de la Vida y de las buenas bendiciones. Tan es así la exigencia del júbilo y regocijo en estas fechas, que uno de los nombres propios de la festividad de Sucot es: “Jag Simjatenu” (la festividad de la alegría).

Bien sabemos que existen dos caminos posibles para servir al Todopoderoso:

1) Por temor al castigo y/o a Di-s, se busca cumplir con todos los preceptos lo mejor que se pueda.

2) Por un amor incondicional a Un Ser Supremo que Nos Creó y Nos brinda incontables beneficios a cada segundo de nuestra existencia, la persona siente que es un deber escuchar los dictámenes Divinos que Él Encomienda. Confía que Deseará lo mejor para su persona.

Sin dudas que un padre preferirá que su hijo lo respete más por amor que por temor. No hay margen a pensar que el sendero del miedo sembrará mejor el vínculo afectivo, que lo hará más consistente, más fuerte. De todas maneras, en el camino de las mitzvot (preceptos), el temor es uno de los posibles medios para el servicio Divino. Pero el camino del amor, se lleva la mejor parte… y la mejor paga también.

Venimos transcurriendo días y semanas de temor al juicio, a la Justicia Divina, a nuestro futuro en general. No sabemos qué dictaminarán desde los cielos para el año entrante, si tenemos los méritos suficientes. Por eso rezamos con fervor y de todo corazón. Todo ese trabajo es inducido hasta la festividad de Sucot. Al llegar esta misma Di-s nos dice: “ahora podemos comenzar el año con mayor optimismo. Estén alegres pues su `teshuvá` (retorno a las fuentes) fue aceptada. Ya no Me Sirvan por temor, ahora quiero que el amor nos una y sea nuestro nexo de comunicación, nuestro lenguaje”.

Y si prestamos bien atención, observaremos que existe un ascenso gradual del nivel solicitado: primeramente comenzamos el retorno con el temor como pilar (en los días del mes de Elul y a posteriori), pero finalizamos los días festivos en el crepúsculo de la relación: con amor y fraternidad como norma.

Hashem nos invita a su casa y pide convivir con nosotros. “Ahora que nos una la alegría”. Y así realmente sucede… el que tiene el mérito de realizar una Sucá en su propiedad, construye una pequeña cabaña para que repose la Divinidad. Di-s se acerca a nosotros pues busca que nos alegremos en Su festividad.

Pero… la convivencia no es fácil...
Si existe algo que hoy en día todos tenemos amplio conocimiento sobre ello, son los tan afamados conflictos conyugales entre parejas y matrimonios. Un buen día se amaban profundamente, se fueron a convivir juntos; y a la semana, casi como por arte de magia, ya siquiera podían verse el rostro.

¿Qué sucedió?, ¿qué fue lo que hizo cambiar tanto de parecer a estos “enamorados”?, ¿no era que se amaban?, ¿no se juraban “amor eterno” hace unos días? La convivencia… hay muchas situaciones que se descubren únicamente conviviendo con la otra persona.

En realidad, Hashem siempre quiere convivir con nosotros, todo el año. Sólo que en estos días poseemos un medio material el cual podemos aprovechar como objeto motivador para cumplir este mandato. Si no podemos efectuarlo durante todo el año, al menos aprovechemos esta oportunidad única más objetivizada.

A tal punto nos desea como “compañeros de hogar” que Rabí Janiná nos enseñó que (Makot 23 b): “Quiso Di-s ameritar al Pueblo de Israel por ende les aumentó a ellos en Torá y preceptos…” ¿Y esto por qué?, ¿para qué son necesarios 613 mitzvot? Nos contesta el sabio: para que tengamos presente a Di-s a cada segundo de nuestra cotidianeidad, a cada paso a efectuar, siendo así más sencillo seguir Sus caminos. Para ameritarnos. Descomprimirnos la labor. Recordatorios a cada momento que se representan con conductas diarias. En la vida de los preceptos, ¡tenemos leyes hasta para ir al lavabo!

Pero… ¿podremos convivir con otro Ser sin antes conseguir convivir con nosotros mismos? Bien sabemos que el individuo nace, vive y muere (Di-s no permita) en sociedad. También en lo que refiere a los preceptos, existen cantidades de estos que pueden efectuarse exclusivamente con la presencia de un compañero, de un prójimo. Claro que es más que suficiente para darnos cuenta que no podemos apartarnos de todos y vivir en soledad. Cada uno es indispensable para el sistema social (¿se imaginan si cada uno de nosotros debería ser a la vez doctor, escribano, vendedor, zapatero, tapicero, cerrajero, verdulero y ascensorista?). Todos necesitamos de todos para cubrir la mayoría de nuestras necesidades. Pero… ¿puedo convivir con un otro si antes no logro convivir conmigo mismo?, ¿si previamente no alcanzo aceptar mis defectos, mis falencias, mis errores, como así también, a reconocer mis virtudes?
Convivamos con Hashem, claro. Pero también intentemos analizar nuestro estado interno e interpersonal cotidiano.

¿En dónde se nos ordena convivir con Di-s?, ¿en qué sitio? En una simple cabaña. Sin bien las leyes de la construcción de la misma no son tan simples como construir cualquiera de ellas en la práctica, bien sabemos que las paredes puede ser de cualquier tipo de material, mientras cumplan el requisitos de ser firmes y que ningún viento predecible las balancee.

La medida mínima del ancho de una Sucá debe ser de siete puños por siete puños (7x7). La altura, mínimamente de diez puños (10). Si multiplicamos la medida del largo por la del ancho, nos dará como resultado 70 (7x10). ¿Casualidad? Para nada…

La Sucá representa la vida de la persona. Tal como nos enseña el Rey David en Tehilim: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor…” (90:10). Por más lujos, poder o bienes que poseyemos, nuestra vida es pasajera. El Zohar (volumen 3) nos dice que: “el ser humano transita por este mundo considerándolo como si fuese propio de él, que se quedará viviendo en él eternamente.” Es una realidad. Pensamos que todo lo tenemos. Justamente Sucot nos viene a enseñar que todo tiene carácter transitorio. Todo es un “medio para…” y no un fin en sí mismo.

El Rab Amnon Itzjack explicó en una oportunidad que la criatura, ni bien sale al mundo, lo hace con las manos cerradas, simbolizando el afán del humano por llevarse muchas cosas como pertenencia. Lamentablemente, todos conocemos muy bien cómo se retira la persona del universo: con las manos abiertas. Demostrando finalmente que todo lo que se quiso apropiar, nada (excepto su alma y sus buenas acciones) pudo llevarse consigo.

Siguiendo con las leyes concernientes al armado de la Sucá, nuestros sabios nos enseñan que el techo debe estar compuesto solamente por ramas, plantas o yuyos que crezcan de la tierra y que estén arrancadas de la misma (un árbol arraigado a la tierra no serviría).

Claro que lo material debemos utilizarlo. Debemos darle un provecho. Pero… siempre y cuando esté “cortado” de la “tierra”. Si las “ramas” se encuentran “podadas”, entonces adelante… tu misión va encaminada; tratas de combinar lo material con lo espiritual. Pero si lo “terrenal” pasa a ser el fin y no el medio de la vida, si no “cortas” aquellas “raíces”, entonces tu Sucá no es apta. Tu vida no está encarrilada de manera óptima.
A fin de cuenta deberíamos repreguntarnos: ¿somos esclavos de los bienes que tenemos?, ¿o estos nos ayudan a elevarnos?

En una oportunidad un gran hombre de negocios se acercó al Rab Aharon Kotler ZZ”L para realizarle una pregunta: “mire Rab, soy una persona sumamente ocupada con mi sustento. ¡Realmente no poseo tiempo para nada! Tal es mi pena que no sé cómo organizarme para estudiar Torá. Entiendo la vital importancia de la misma. Es más, en la actualidad mantengo casas de estudios de este tipo. Puedo aumentar aún más este estilo de actos, ¿pero yo estudiar? ¡Imposible! No me dan los tiempos…en realidad yo quería saber si tendré “Mundo Venidero” por así comportarme…” El Rab lo miró unos segundos y le dijo: “Mundo Venidero seguro que tendrás, tus acciones son filantrópicas, que de eso no te queden dudas. Pero, ¿qué pasará con tu “Este Mundo”?, ¿acaso no lo deseas tener también?”.

Por otra parte, tenemos el precepto de las cuatro especies. Bien todos sabemos que cada una representa a un grupo determinado de personas:

a) Etrog (cidro): posee gusto y aroma. Apunta a los individuos que estudian Torá y se comportan con buenas cualidades.

b) Lulav (palma de palmera): tiene gusto pero no aroma. Representa las personas que tienen sabiduría pero no actos de bien.

c) Adás (mirto): tiene una buena fragancia, pero no es comestible. Representa una persona que tiene buenos actos, pero no tiene sabiduría.

d) Aravá (sauce): no tiene ni sabor ni olor. Se trata de una persona que no tiene ni buenas obras ni tampoco la sabiduría de la Torá.

Con estas cuatro especies, cuando las juntamos pronunciamos una bendición. Cabe recalcar que, para poder pronunciarla, es necesaria la presencia de TODOS los ejemplares. Habiendo dos etrogim pero sin encontrarse un lulav o una aravá, está prohibido recitar la bendición.
Si queremos que la bendición Divina repose sobre nosotros, debemos unirnos. Sin unión, no hay bendición ni nuestra ni de Hashem. Todas las especies deben estar juntas para recitarla. Aprender uno del otro. Atraer a otras personas alejadas del camino. Pero, antes que nada, saber aceptar incondicionalmente el nivel de otros individuos. Reconocer la diversidad. Entender que no todos corrieron (y corren) la misma suerte.

Esta unión característica podemos observarla durante todos los rezos. Si puntualizamos bien nos daremos cuenta que las súplicas son siempre en plural: “cúranos”, “perdónanos”, “remídenos” (ver “Amidá”). No pedimos por nosotros mismos sin antes recordar que pertenecemos a un todo. Que somos un verdadero rizoma existencial.

El Jafetz Jaim ZZ"L fue consultado acerca de las distintas costumbres que llevan a cabo los judíos de diferentes comunidades de distinto origen. Respondió: "Las diferencias entre los distintos modos de servir al Creador (dentro de quienes observan la ley acorde al Shulján Arruj), no son perjudiciales, sino -al contrario- responden a diferentes lugares por los cuales pasó nuestro exilio y los cuales reforzaron los aspectos internos de diversos grupos de Iehudim de diferentes orígenes. La suma de todas estas costumbres hace a la armonía del Am Israel. Intentar anular una costumbre a favor de otra, sería equivalente a anular una de las diferentes fuerzas dentro de un ejército (los tanques no reemplazan a los aviones, ni estos hacen la tarea de la infantería.) Ashkenazim y Sefaradim, Jasidim y Mitnagdim deben sumar sus bríos y energías -sin suprimirse unos a los otros- para crear la sinfonía que hace a la victoria espiritual esperada, al igual en que la tarea de los Cohanim, Levihim e Israelim, en su conjunto cumplían con la obra exigida por Di-s" (“VeSamajta BeJagueja", páginas 268/269).

“Y te alegrarás en tus fiestas solemnes, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita, y el extranjero, y el huérfano y la viuda que viven en tus portones” (Devarim 16:14).

“Siete días celebrarás fiesta solemne a Hashem, tu Di-s, en el lugar que el Eterno escogiere; porque Te habrá bendecido en todos tus frutos, y en toda la obra de tus manos, y estarás verdaderamente alegre” (Devarim 16:15).

Tal como antes mencionamos previamente, en la festividad de Sucot se puntualiza enfocarnos en la “simjá”, en la alegría. También repasamos algunas leyes concernientes a la construcción de la Sucá: todo debe ser muy rudimentario y pasajero.

Pero… ¿cómo podremos estar felices habitando en pequeñas chozas apenas amuebladas?, ¿no estaríamos más alegres en nuestros verdaderos hogares?, ¿acaso no se contradice aquello de “vivir pasajeramente en Sucot” con estar alegres siceramente?

Generalmente todo lo que entristece a la persona es la envidia, los celos el “no poder llegar a…”, el anhelar más, la ambición, el deseo. Practicando e internalizado que en este mundo todo tiene categoría de inmortal, de pasajero, llegaremos a no mirar tanto lo que no poseemos y enfocarnos en lo que sí tenemos. Y allí radica la verdadera felicidad: cuando podemos valorar lo que Di-s nos manda. Así nos enseña Ben Zomá en el Pirké Avot (4:1): “¿Quién es el rico? Aquel que está contento con su parte…”

Por ello no se contradicen los conceptos. Por más cómodos y felices que podamos estar en nuestros hogares estables, por más lujo y confort que allí exista, no es hacia aquello lo que nosotros anhelamos. Lo material no es lo que nos produce verdadera felicidad y paz interior.
De esta manera seremos más felices, no estaremos alertas al auto último modelo que se compró nuestro vecino y pondremos más énfasis y energía para convivir de la mejor manera posible con Di-s y con nuestros semejantes. Pero antes… ¿y por casa cómo andamos?

jueves, 24 de septiembre de 2009

Iom Kipur: El Quitamanchas Espiritual


“¿Cuándo se pide perdón, antes de Rosh Hashaná o antes de Iom Kipur?”. De esta manera comenzaba recientemente a recibir la víspera del año nuevo. Con una pregunta.

“Las faltas entre una persona y su semejante, el Día de Iom Kipur no expía sobre ellas hasta que se dirija hacia su compañero, le pida perdón y esté último lo disculpe” (Shulján Aruj –Código de Leyes Judías- Capítulo 606).

Sin dudas que aquel individuo que me consultó tenía bien claro este concepto. De sus palabras deduje que en ningún momento titubeó de lo que nuestros sabios indican. Pareciera querer cumplir con lo que Di-s manda en totalidad sin pérdida de detalle alguno.

Si bien es cierto que no hay mejor manera que comenzar un año nuevo liberándose de todos los accionares negativos pasados (y así es como los eruditos nos ordenan que hagamos), no quedan dudas que no debemos esperar a estas solemnes fechas para efectuarlo. Todo el año (“Open 25 Hs.”) es propicio para solicitar un perdón profundo y sincero (siempre y cuando corresponda, claro).

Tengo mis sospechas qué tan fructífero se torna dirigirse a todo nuestro entorno social y exclamarle individualmente a cada uno: “¿me perdonas por todo lo que te hice en el año?”. Habría que analizar cómo toma el receptor aquellas “disculpas”. En oportunidades existen situaciones puntuales que se tratan de esquivar con estos “perdones generalizados”, que terminan encubriendo las heridas más que sanándolas.

En nuestros días en donde el auge del “se” es el verdadero protagonista de la historia, nadie quiere quedarse fuera del círculo. Todos queremos estar “dentro”, ser parte, pertenecer. “¿Cuándo se pide perdón?”. Todo tiene que tener una fecha y un momento específico, no sea cosa que se pida perdón cuando no corresponda y cuando nadie lo hiciera…Y así ocurre en innumerables situaciones de la vida diaria: ¿qué se usa?, ¿qué se hace?, ¿qué se dice?, ¿qué se practica?

Generalmente tendemos a pedir disculpas por sucesos intrascendentes. Si accidentalmente pisamos el pié de algún compañero, corremos a excusarnos con un angustiado: “lo siento, no fue mi intención”. Debemos saber que este tipo de heridas no afectan los sentimientos. Además, el perdón sale automáticamente sin prestarle demasiada atención y en equivalencia a un ataque suave (adaptado de un escrito del Rab Simja Cohen).

El paso del tiempo es un factor que nada ayuda para acercarnos y reconocer nuestros errores. Ya sea por vergüenza, bronca o pensamientos que cada uno va imaginando en el profundo mar que genera su mente, se torna sumamente difícil conciliar una disputa cuando la misma tuvo lugar hace varios meses o años. Nadie quiere ceder. Todos esperan a que el otro se acerque. La situación se encajona. El disgusto también.

En muchas oportunidades el agresor no se acerca a pedir disculpas porque realmente no tiene conocimiento de su falta. No pocas veces sucede que algún accionar nuestro termina siendo una ofensa para un tercero, aún sin quererlo.

En el trayecto del Bet Hakneset a mi casa, diariamente me cruzo con otras personas que se dirigen a rezar a otros “Minianim”.
Hace unos cuantos meses me sorprendía cuando saludaba a personas del Templo y estas no me contestaban el saludo. ” ¿Qué pasa aquí?, ¿por qué la gente es tan maleducada y no me responde?”, pensaba internamente.
Mi sorpresa fue aun mayor cuando descubrí que en otros ámbitos en los que me manejaba también mi saludo no obtenía respuesta alguna. Algo no andaba bien. “¿Acaso todos tienen problemas conmigo?”, me preguntaba.
Tristeza al enterarme que era yo quien saludaba con un tono bajo, casi imperceptible. Paradójica situación: en un mismo momento, quizá las otras personas pensaban de mí, lo mismo que yo de ellas...


Todos los individuos poseemos percepciones diferentes de la vida. De las cosas. De todo nuestro alrededor. Lo que para uno es un halago, para otro puede ser una ofensa. Para lo que uno puede ser beneficioso, para otro puede ser perjudicial.

Nadie percibe todo lo que es físicamente perceptible. Nuestro aparato mental no es una máquina registradora indiferente y dispuesta a otorgar igual importancia a todos los estímulos que impresionan los órganos sensoriales. La percepción es una función selectiva. Esta selectividad cumple una función.

Los objetos que juegan el rol principal en la percepción organizada, los objetos acentuados, son generalmente aquellos que responden a algún propósito actual del sujeto percipiente. Será también necesario develar la significación que toman los objetos cuando son percibidos.

Nada es más conocido que la influencia de las necesidades, de las disposiciones mentales, del humor, sobre la elección de los objetos destinados a jugar el rol principal en la percepción.

Las necesidades ejercen influencia sobre la significación de los aspectos perceptivos seleccionados por la atención. Ya hemos visto por las experiencias de Bruner y Goodman que la percepción inmediata de los objetos ambiguos es “informada” (shaped) por el hambre que experimentan los sujetos y que el tamaño aparente de una moneda es apreciado de diferente manera según la intensidad del deseo del dinero -más fuerte en los niños pobres que en los niños ricos- (“Theory and problems in social psychology”, KRECH, D. y CRUTCHFIELD, R.S.)


Gracias a Di-s la diversidad humana existe y es infinita. Cada uno tiene sus potenciales particulares y por ende, difiere la misión específica de cada individuo en este mundo. También existen diversidades respecto al cumplimiento de las mitzvot (preceptos): existen aquellos a los que les cuesta madrugar para rezar, a otros no les es difícil levantarse pero sí recitar todas las bendiciones anteriores y posteriores a la ingesta de alimentos… y los ejemplos se pueden extender. Y mucho….

Esto hace que el pueblo de Israel sea “Ejad”, es decir, “Uno”. Todos nos complementamos en una unidad y es por eso que nos indican repetidamente y con tanto énfasis que: “kol Israel harebím ze la zé” (todos Israel es garante el uno por el otro). Si bien cada uno es físicamente individual y separado de su compañero, hay un objetivo en común que nos une: servir a Hashem.

En una oportunidad un judío que estaba alejado del camino de la Torá le preguntó al Rab Amnon Itzjak: “usted dice que hay que retornar a las fuentes… supongamos que yo siga esos pasos… ¿qué línea debería seguir?, ¿a los ashkenazim?, ¿a los sefaradim?, ¿a los temanim?, o, acaso, ¿a los jasidim? ¡Son muchas costumbres distintas! ¿Cuál es la “verdadera”?

A lo que el Rab muy sabiamente contestó: “en el ejército los marineros no interfieren en el trabajo de los aviadores, y tampoco los soldados en las labores de estos últimos, todos tiran para el mismo lado. Se comportan de distinta manera porque cada uno tiene su misión en las distintas partes del territorio, pero todos tienen un objetivo en común en la batalla: vencer al enemigo.
De la misma manera tanto los ashkenazim, como los sefaradim y las distintas líneas, aun teniendo costumbres distintas, se unen en sus raíces con un mismo propósito: servir a Di-s.


Nada mejor que anticiparnos y evitar que estos enredos sucedan. Intentar de solucionar las cosas lo antes posible. Aclarar los malos entendidos desde un principio para que la minúscula chispa no culmine en una incesante y destructiva hoguera. Los grandes problemas suelen comenzar por pequeños e insignificantes actos.

Facilitar una comunicación sana y fluida es esencial para resolver este tipo de inconvenientes. Estar abiertos a que nos exclamen las dificultades de frente, motiva a que terceros nos transmitan lo que verdaderamente sientan. Muchas veces evitamos decir lo que sentimos o pensamos por temor a que el otro se enoje o reaccione de mala manera para con nosotros. Si nuestro entorno conoce (¡y comprueba en la práctica!) que no pertenecemos a ese tipo de personas, probablemente el canal del diálogo se resquebraje y podremos evitar dificultades invitando a los demás al coloquio formal.

Sería bueno aproximarse hacia aquellos que nos ofenden u ofendieron en algún momento dado, tratando de comentarles lo que sentimos. Dirigiéndose con respeto y cordialidad, no hay motivos “lógicos” que indiquen que el agresor se deba enfadar…
Recordemos que para que tenga lugar una pelea o discusión es necesario que existan dos personas predispuestas a hacerlo…

Quizá responda: “disculpa, no sabía que te molestaría mi comentario”… o no... Pero si no probamos no podremos saberlo tampoco.

Entiendo que no es fácil así conducirse, pero en más de una oportunidad este accionar me posibilitó aclarar diversos temas. Y me he llevado sorpresas… No solamente se aclararon los malos entendidos, sino que la relación salió fortificada luego de aquel suceso. Se profundizó.

Habiendo realmente un motivo y una conducta explícita de agresión hacia nosotros, esto no nos exime del mandamiento: “con justicia juzgarás a tu compañero” (Vaikrá 19:15) , es decir, siempre debemos pensar para bien, independientemente de lo que nuestros ojos observen.

¿Cuántas veces nos levantamos con el pié izquierdo? ¿Discutimos con nuestros hijos? ¿En cuántas oportunidades nos peleamos con alguno de nuestros familiares cercanos? ¿Cuántas veces tuvimos disputas con nuestras parejas? ¿Problemas laborales? ¿Dificultades económicas que nos acechan? ¿Inconvenientes sociales o problemas de salud?

Todas estas situaciones (y similares) que se puedan dar, en más de una oportunidad nos tornan y nos tornaron sensibles y/o agresivos. Contemplar que somos humanos y que hasta en nuestros propios pellejos convivimos con estos sucesos. En ocasiones pasamos a estar del otro lado, siendo los agresores, “motivados” por estos factores bio-psico-sociales. Nadie está las 24 hs. del día con todos los individuos con los que se relaciona para percibir qué anda pasando en cada mundo interno. Pero, más allá de todo, no debemos ser muy sabios para comprender que estos trances pueden suceder a diario y es normal que ocurran…

Habiéndose acercado finalmente hacia nosotros para pedirnos disculpas, no debemos ser crueles con aquel. Si tuvo el “coraje” de perdonar su “honor” y la valentía para aproximarse, algo nos está queriendo decir. Su actitud refleja que está dispuesto a efectuar un cambio, que está predispuesto a escucharnos. ¿Qué mejor momento, entonces, para aclarar las cosas que en este mismo momento? Porque, a fin de cuentas, un perdón “falso” y superficial no tiene valor ni para quien lo pide ni para quien lo otorga.

Siempre y cuando utilicemos un tono suave, comprensivo y empático, logrando una transparencia y sinceridad ideal, nada tenemos en contra para alcanzar una posible resolución. “No creo que haya sido tu intención, pero me molestó cuando dijiste…”, “no me gustó el trato que me diste el otro día, ¿tal vez tus problemas con el jefe influyeron en tu conducta?”.

Además, valorando su accionar estaríamos “enseñándole” a no temer ante una posible próxima disputa social y aclarar los asuntos en su debido momento. Un aprendizaje eterno que se torna un gran precepto a lo largo de toda su vida (se evitaría muchos dolores de cabeza… y más cosas también…)

Y si de todas maneras estamos dolidos porque aquel otro que no se nos acercó a pedirnos disculpas antes de “Iom Kipur”, y tampoco sentimos que podemos acercarnos a él, debemos perdonarlos internamente.
“¿Qué cosa?, ¿¡perdonarlo?! ¡De qué me hablas! Por lo visto no sabes lo tanto que dañó a mi familia…”. ¡Qué trabajo tenemos!

Pero tan solo siendo conscientes que todas las conductas habidas y por haber pasan antes por la aprobación de un Todopoderoso que Nos ama y Quiere nuestro bien, no quedan dudas que los agresores físicos son simplemente enviados de Él. Si quien sea deseó dañarnos y del Cielo no le otorgaron el poder para hacerlo, ¿acaso podría lograrlo?, ¿acaso hay algo que escape a Di-s?

En Rosh Hashaná se acostumbra a decir cada uno a su compañero: “¡Shaná Tová HuMetuká!”, es decir, “¡(que tengas un) año bueno y dulce!”. Si se desea que el año sea “bueno”, ¿es necesario agregar que aparte sea "dulce"?, ¿acaso lo bueno no es dulce también?
Realmente todo lo que manda Di-s es para bien. A nuestros ojos es probable que no todo sea palpable como “bueno”, pero desde la perspectiva Divina sí lo es. Hashem siempre quiere el bien para sus criaturas. Sucede que no siempre podemos comprender cómo circunstancias tan dolorosas son a la vez beneficiosas para nosotros. Por ello mismo pedimos un año “bueno y dulce”, deseando no sólo recibir todo lo bueno, ya que eso siempre sucede, sino que, además, podamos percibir el bien de manera abierta y observable a nuestros ojos (dulce).


Si Di-s perdonó al pueblo de Israel en el desierto, luego de adorar a un Becerro de Oro y a poco tiempo de haber observado milagros Divinos, y diariamente nos perdona a nosotros mismos, ¿cómo nosotros no podríamos perdonar a nuestro semejante?, ¿acaso nuestro honor es más que el de Di-s?

“No me sale perdonar. No puedo hacerlo. Hay algo que me impide y no puedo luchar contra aquello”. Descuida, comienza por querer perdonar. Teniendo disposición ya es otro el panorama. A veces un perdón sincero lleva meses y años de trabajo interno, pero hasta que no exista una predisposición para comenzar, muy difícil será perdonar repentinamente.

En una oportunidad escuché en nombre del Jafetz Jaim ZZ”L que aquella persona que quiera apaciguar el odio interno que lleva en su corazón, que salude a su agresor. Un apretón de manos, una movida de cabeza o un beso (según las costumbres de cada uno…), mágicamente borran mucho rencor y odio.

No me pregunten cuál es la explicación técnica de este accionar, pero realmente es asombroso observar como se cumplen las palabras de este gran sabio siguiendo sus consejos.

No caben dudas que tenemos que trabajar mucho para solicitar y otorgar un perdón sincero, veraz, que no sea de la boca para afuera. Ni que hablar del trabajo para acercarnos a pedir sinceras disculpas. Queriendo llegar ya vamos por el buen camino. Reconozcamos que somos humanos, que podemos fallar. Y que otros también pueden hacerlo. Perdonémoslos también. Salvo a uno: al ietzer hará (instinto del mal).

martes, 15 de septiembre de 2009

Mensaje De Rosh HaShaná





Como todos sabemos, el “fin” de año se aproxima… mejor dicho, el principio de un nuevo año se acerca.
Cada uno sabrá hacer sus cálculos y estimar qué tan positivo pudo llegar a ser y qué cuántas otras cosas deberá corregir. También existirán personas las cuales piensen que no deben cambiar nada, que todo está “bien” así, que no hay nada mejor que se pueda hacer. No me voy a meter en eso. Esa es una elección íntima y personal.

Más allá de los errores, éxitos y faltas, desde lo personal, este año me enseñó fundamentalmente que se debe ser más tolerante con los demás. Dejar pasar…
Si bien a nadie le gusta que lo ofendan ni lo “pasen por arriba”, eso no otorga ni derecho ni valor para “hacernos valer” de la manera que pensamos que corresponde. Existen otras personas más allá de nosotros que también sienten y sufren nuestras contestaciones. Que a pesar de su “crueldad”, “maldad” o “arrogancia” también tienen sentimientos.

Estimo que nunca jamás se podrá saber a ciencia exacta a cuántas personas dañamos en nuestras vidas. Muchas veces todo queda en el “olvido”, pero guardado en las entrañas del agredido. Y no comunicarlo puede generar problemas para un posible agresor y obviamente para la víctima misma.

No olvidemos lo que nos enseña el Talmud en el tratado de Rosh Hashaná (17 a): “quien deja pasar su cualidad (no es vengativo ni rencoroso), le dejan pasar sus pecados" (el juicio no será estricto con él).
Porque a fin de cuentas Hashem se comporta con nosotros “midá kenegud midá”, es decir, de la misma manera que nosotros nos comportamos con el otro (“la misma moneda”).

Y no solamente por el "temor" a cómo se comporten "de arriba" con nosotros, sino por nosotros mismos, por nuestra salud mental y física debemos ser más tolerantes. Después de todo, combatir los nervios y el stress hoy en día, no es tarea sencilla...

En segundo punto quería agradecerles a los lectores por estos meses en línea. Sé que no son muchos, pero también tengo entendido que valoran lo que escribo y eso me enriquece enormemente. Sabiendo lo que implica que aun una persona, tan sólo una, se beneficie con los artículos, entonces mi tarea ya está cumplida. Un insight individual puede cambiar mundos enteros. Y más siendo concientes de la influencia de tan sólo una persona en los grupos sociales que ella integra: familiar, laboral, con amistades. Y el valor del estudio de la Torá, es invaluable independientemente de cuántas personas la estudien.

Tal como escribía en la “Introducción al Blog”, allá, por el mes de marzo, lo que postulo desde aquí es que: “Las corridas con las que nos topamos en este ya avanzado siglo XXI, a veces no nos dan lugar a la reflexión e introspección personal para la auto-superación y desarrollo personal.
Momentos libres a los que le dediquemos un espacio para aquello, se tornan imposibles de encontrar. Ya no se piensa en contemplar el cielo unos minutos, o -para los que pueden- observar las olas del mar golpeándose contra la escollera, pensando en el existir cotidiano, en las cosas de todos los días.
Tenemos toda la agenda ocupada y muy llena; parece ser que ya no hay tiempo ni para los propios hijos...

Desde aquí, este pequeño espacio que me da la Web, trataré de transmitir las reflexiones y mensajes que la vida me enseña a cada minuto de este existir.
Todas las ópticas, expresiones y deducciones no se basan ni en las ciencias ni en la filosofía socrática o platónica... una mirada desde mi propia experiencia, desde mi propio vivir, anexada a esta misma la opinión de nuestros Sabios y las escrituras Sagradas, ya sea la Torá escrita como la Torá oral”.

Creo que más que nada se apuntó a darle significado y valor a las relaciones interpersonales del día a día. A detenerse y pensar acerca del cómo tratamos a un otro eterno que siempre estará cerca nuestro, queramos o no. Porque a fin de cuentas Hashem quiso que convivamos en comunidad y en contacto interpersonal continúo (y se ve reflejado en los múltiples preceptos que Di-s nos encomendó los cuales, algunos, se pueden llegar a cumplir únicamente mediante el trato con el compañero).

En un mundo competitivo en donde aquel que logra hundir o ahogar primero al otro es el que prevalece y el “afortunado”, en estos tiempos que la ley del más fuerte gana, no queda más remedio para nosotros que intensificar la búsqueda de lo humano por sobre la arrogancia del poder.
El hombre en búsqueda intensa de su pleno “bienestar” y observándose solamente a él, desemboca directamente en individuos aprovechadores de pobres indefensos. Tales son los casos de falsificadores de medicamentos oncológicos, médicos realizando intervenciones quirúrgicas innecesarias (cesáreas), aprovechadores de pobres desesperanzados que ofrecen reconciliarse con sus parejas anteriores por “módicos precios” y en “simples rápidos pasos”, entre otros.

No existen dudas que el modo de vincularnos actual es preocupante. El panorama es abruptamente desalentador. Pero... eso no quita que no debamos hacer méritos y luchar para no caer en aquellos abismos espirituales. El ventajismo y la “elite” podrán dominar el mundo. Es nuestro deber darles pelea y que no les sea tan sencillo ganar la batalla.

En una oportunidad una persona le preguntó al Rab Israel Salanter ZZ”L: “querido Rabino, me gustaría que me aconsejara qué `kavaná` (intención, pensamiento) efectuar al vestirme el `talet`. ¿Qué me recomienda?”. A lo que el erudito respondió: “trata de pensar en que, cuando te envuelvas en él, no golpees con los flecos (tzitzit) a tu compañero que se encuentra detrás de ti. Esa es la mejor `kavaná` que puedes pensar…”

Para aquellas personas que lo desconocían, les cuento que hace un tiempo el creador del sitio “Judaísmo Virtual” (Daniel Deshe) me ha otorgado el honor de poseer una columna personal en su magnífica página.
En más de una oportunidad incorporó artículos propios en la portada principal del site y envió masivamente estos mismos mediante sus newsletters semanales, llegando estos a cientos de personas dispersas por todo el mundo.
Mis múltiples agradecimientos hacia él también y hacia aquellas personas que me leen desde allí y hacen sus comentarios respectivos.

Por último, les pido disculpas por no poder escribir artículos personales más frecuentemente. Como muchas veces observarán, en oportunidades selecciono extracciones de otras fuentes.
En un principio, la idea del Blog era solamente publicar elaboraciones propias, pero soy tan meticuloso y detallista con las correcciones, modificaciones e incrementaciones , que el sólo hecho de escribir ya me lleva mucho tiempo. Más del que imaginan…

Por ello, para leer acerca de “Rosh Hashaná” y “Iamim Noraim” remito a los primeros posts creados del Blog: “El invitado principal” y “En piloto automático”. ¡Que los disfruten!


¡Gmar Jatimá Tová! ¡Tizkú LeShanim Rabot Nehimot Be Tovot!
Alan J. Owsiany

jueves, 10 de septiembre de 2009

Boca Cerrada No Entran Moscas


Sin dudas, si existe alguna facultad la cual no cueste “nada” activarla es la cualidad del habla. “¡Hablas porque el aire es gratis!”, se oye reprochar en situaciones cotidianas no pocas.

Ya sea en reuniones con amigos, en congresos de trabajo, asambleas de consorcio o simplemente descargándose contra el personal en la fila de un banco, todo momento parece ser propicio para que la lengua tenga su “guión teatral”.

A veces, ante la incertidumbre de cómo comenzar la conversación, de cómo “romper el hielo”, se atina a blasfemar a otras personas o contar “novedades” acerca de quién o cuál se peleó con quién, o bien, quién produjo el papelón del siglo al vestirse de manera extravagante en la fiesta del domingo anterior. Quién dice y tal vez, se logre el título del “novedoso”, que tiene las noticias como “pan caliente”, que por fin será escuchado y se lo validará como sujeto, como “persona importante”.

Finalmente todas son excusas de un único mal: las malas lenguas.

No solamente existe una prohibición explícita de la Torá la cual condena a aquella persona que difama a otra, sino que también existen otros “detalles” no menores, los cuales nos ligan estrechamente con el honor y respeto de nuestro semejante.

Sólo por citar alguno de ellos:

Si un amigo se aproximó hacia mí y me contó que en unos días tendrá una entrevista laboral, aún sin especificación por parte de él advirtiendo que no lo puedo contar a “nadie” y sin que aquel relato tenga algo de “malo”, está prohibido narrarlo a terceros. Solamente si él me explicitó en forma precisa que “esto sí lo puedes contar”, me está permitido hacerlo. Es decir, si no afirmó claramente que se puede contar, no puedo divulgarlo.

Nuestros sabios nos enseñan que el hablar defectuosamente de otra persona no sólo daña espiritualmente al que lo comenta y al que lo escucha, sino que hasta la misma víctima es perjudicada.

Es más que comprobable que aunque el agresor desmienta fehacientemente delante de sus oyentes que su relato pasado era totalmente mentira y que buscó simplemente difamar a su contrincante (“motzí shem rah”), esas personas ya no miran con los mismos ojos a la pasada víctima. Es sumamente difícil que la reputación interna que poseían de aquel sujeto antes de la difamación, retorne al estado pulcro anterior. Siempre algo queda (¿o acaso es lo mismo una prenda nueva, recién salida de la tienda, que otra también nueva pero con una pequeña mancha y blanqueada por la mejor tintorería?).

Me asombro en demasía cuando alguien me comenta: “te cuento esto pero por favor no lo hagas público. Me advirtieron que no lo divulgue”. Y la pregunta inevitable que les formulo es:”si te prohibieron que lo cuentes, ¿por qué lo cuentas?”.

Quizá piensen que el saberlo solamente una persona más no hará nada, quedará ahí, nadie más lo sabrá. Viene el rey Salmón y nos enseña en el final del capítulo 10 de Kohelet (10:20): “Ni aun en tu pensamiento digas mal del rey, ni en lo secreto de tu cámara digas mal del rico; porque las aves del cielo llevarán la voz, y las que tienen alas harán saber la palabra” (para más detalles ver la historia de Herodes en Talmud Bablí, tratado de “Babá Batrá” 4 A).

¿Piensan que aquella persona obtuvo mi absoluta confianza? Para nada... ¿Quién me asegura que así como quiso atreverse a contar lo de otros, no contará lo mío también? A estas situaciones personales las traduzco como si me hubieran dicho: “no creas que puedes confiar en mí, pues me cuesta mucho guardar un secreto”. Es que al fin y al cabo somos puras relaciones. Somos como nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

Como estas hay cientos de halajot (leyes) que incumben al cuidado de la palabra. Claro que a través de un artículo no es posible explicitar los innumerables detalles que allí se encuentran. Remito a la magnífica obra del Jafetz Jaim ZZ"L denominada “Shemirat HaLashón” (que también existen traducciones a muchos idiomas).

Como apreciamos, hablar no es gratis. Tiene un precio y que a veces puede ser bastante caro. Pero… ¿por qué existe tanta gravedad en asuntos que respectan al prójimo?, ¿qué tan rigurosa puede ser la ley de la Torá?

Para comprender un poco más, debemos aproximarnos a la composición esencial del individuo.
En hebreo, la traducción literal de “persona” es “adam”. La raíz de esta palabra se puede explicar de dos maneras diferentes:

a) Proviene de la palabra “adamá” (tierra).
b) De la palabra “domé”, que significa “parecido” (a su Creador, Di-s).

De la primera explicación podemos trazar un paralelo entre la tierra y el hombre, ya que la primera puede ser un terreno fértil para que se reproduzca cualquier especie cítrica o vegetal. Todo depende de cómo fue preparada la tierra.

La persona es igual. El terreno está, es decir, la persona existe, vive, respira, pero para que las virtudes y cualidades “crezcan” de manera “fértil”, deberá conocerse la manera adecuada y apropiada para “arar”, “sembrar” y luego “cosechar” los potenciales latentes. Dependiendo de este proceso, dará frutos (o no) nuestra cosecha.

Un sinfín de posibilidades pueden florecer, pero todo basado en la semilla que sembramos.

La segunda explicación nos deriva hacia un versículo inevitable de esquivar cuando abordamos este tema: “Y creó Di-s al hombre a su imagen, a imagen de Di-s lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).

Cada ser humano posee una Chispa Divina que lo caracteriza. Somos parte de un todo que es Di-s. Cada uno es único e irremplazable y por ende, cada misión difiere totalmente a la de nuestro compañero (tal vez ahora podamos estar más tranquilos con nosotros mismos y no mirar tanto a los demás…)

Una persona que ofende a otra, está atentando directamente contra Di-s (jb”sh). Todos tenemos parte en el Todopoderoso. Cada cual que desprecie a su prójimo, su actuar es traducido como una falta sumamente grave, ya que atenta contra la Chispa Divina que cada uno posee en su interior. Un componente esencial y sumamente espiritual.

Volviendo a nuestro tema…

Quizá la dificultad provenga en que el habla no es algo que cueste accionarla (aun teniendo “barreras antifiltros” como los dientes y los labios…) Tampoco se palpa y a simple vista no hay que pagar mucho por ella. No existe una concientización social que objete que su mala manipulación se considera “algo” o que sea “perjudicial para la salud” -¿y para el alma?- (¿o acaso se ve con los mismos ojos a un individuo que ingirió alimentos no Kasher con otro que blasfemó a su prójimo?).

Pero no todo lo que no se palpa no existe. En el mundo no vive sólo lo palpable. Hashem no es visible (“físicamente”), pero de todas maneras sabemos que está junto a nosotros en cada paso que efectuamos.

A muchas personas que se preguntan “¿en dónde está Di-s? ¡No se ve!”, podemos interrogarlos a modo comparativo y salvando obviamente las grandes distancias: “¿en dónde están las ondas sonoras de la radio o la T.V.? Y si es que no existen, ¿cómo es que escuchas tu programa favorito todos los jueves por la noche? No las ves, pero existen, se encuentran en el ambiente… sólo aquel que tiene predisposición a captarlo puede saber que existe.

El tan afamado rabino Amnon Itzjak responde en sus conferencias a esta pregunta de manera similar: ustedes quieren saber en dónde está Hashem y que se los demuestre, ya que alegan creer solamente en lo visible a los ojos. Con ese concepto ustedes no tienen inteligencia, pues tampoco la pueden ni ver ni palpar. ¡Demuéstramela!

Resulta paradójico observar cómo existen tantas personas que cuidan los preceptos del Kashrut de manera excepcional. Cada alimento que entre a sus bocas deberá ser supervisado por el máximo de los rabinos del continente. ¿Pero qué sucede con lo que sale de la boca? ¿También lleva la misma “supervisión”?

Tal vez nos falta un poco más de empatía. Un poco más de ponernos en el lugar del otro para ver qué se siente cuando terceros cuentan nuestra vida íntima, nuestra privacidad. Sin dudas, hoy día no existe un límite claro entre lo privado y lo público. Nada puede dejarse de saber. Ya todos sabemos todo y antes que todo suceda. Pareciera que existiera una obligación de saberlo todo (¿influencias de los medios de comunicación?).

Darse el lujo de “bajar” a otros individuos comentando sus falencias, puede que apacigüe el hecho del tan difícil anhelo de llegar a una categoría privilegiada, sublime. Como diciendo: “¿no observas que nadie es perfecto? Aquel que pensabas que era tan bueno y recto, ¡mira lo que me acabo de enterar! No soy yo solo en este inmenso océano. Todo no es como parece…”, desanimándose y desanimando con picos y palas una meta privilegiada (aunque costosa).

Y con sermones e invitaciones reflexivas filosóficas se descentra lo esencial: uno mismo. Si existe algo allí afuera que me produce molestias, ¿no será que tengo que investigar detalladamente qué anda pasando aquí dentro? ¿”Y por casa cómo andamos”?, dirían muchos (¿mecanismo de defensa propuesto por Freud llamado “Proyección”? Que dicho sea de paso, miles de años antes los Emoraitas nos lo enseñaron en el Talmud en el tratado de “Kidushin” 70 b diciendo que: “Kol haPosel – beMumó posel”, es decir, todo el que descalifica, lo hace desde su propio defecto.)

Había una rab que cuando comenzaba el recitado de la Amidá (fragmento del rezo) lloraba. “En el principio de la Amidá suplicamos: “Di-s, Abre mis labios y mi boca pronunciará Tus alabanzas”, ¿y a quién le pedimos permiso para abrir nuestros labios pronunciando injurias hacia nuestro compañero? Por eso es que lloro”, argumentaba el erudito.

La importancia de lo que hablamos es tan fundamental que los sabios se vieron obligados a incluir un rezo especial (“Elokai, netzor leshoní merah…”) antes de culminar la “Amidá” (fragmento más sublime del rezo). En él rogamos a Di-s que nos cuide de hablar cualquier tipo de mal, ya sea engaños, blasfemias, etc. Para que tengamos noción de la trascendencia de esta plegaria (“Amidá”), cuando los eruditos en el Talmud quieren referirse al rezo en sí, no lo llaman “rezo”, sino “Amidá”.

Cuando el brujo Bilham se encontraba montado en su burra marchando en camino para maldecir al Pueblo de Israel (pese a las advertencias de Hashem de que no lo hiciera), Di-s le envió un ángel que bloqueó el paso del animal. Sin poder contener su frustración e ira y sin entender el proceder de su fiera, Bilham le pegaba a la burra cada vez que se paraba.

Milagrosamente, la burra comenzó a hablarle, preguntándole por qué le estaba pegando. En este momento Di-s dejó que Bilham se diera cuenta que había un ángel que le impedía el paso.

Finalmente Hashem decidió dejar sin vida a la burra, con la que había ocurrido tan significante milagro. El famoso exégeta Rashí nos enseña que el motivo de tal fin fue para que no llegara la oportunidad en la que el animal circule por el mercado (“shuk”) y los pasantes aclamen: “¡miren, allí va la burra que reprochó al brujo Bilham!” (Bamidbar 22:33), y éste último resulte avergonzado.

Una actitud Divina que da mucho para pensar. Analicemos…

Si el animal hubiese quedado en vida, sería una magnífica prueba de “Kidush Hashem” (santificación del nombre de Di-s). Los transeúntes al verla pasar, exclamarían: “¡qué enormes son tus obras, Di-s!”, alabando la cualidad del habla que otorgó Hashem a un animal. ¡Hecho único en la historia! ¡Tal vez habría más retornantes al judaísmo luego de observar una pieza tan valiosa para el monoteísmo! Pero no…

Di-s prefirió arriesgar Su Propio Honor, en aras de que la honra de otra persona, aún tratándose de un malvado, no sea deteriorada.

Más nos asombraremos al investigar el grado de perversidad de Bilham. Hasta tal punto que el Talmud en el tratado de Sanedrín (90A) nos enseña que él es una de las cuatro personas “simples” (“ediotot”) en toda la historia que no tienen Mundo Venidero.

Aprendemos de aquí cuán grande es la honra de cualquier ser humano. Aun tratándose de un malvado entre los malvados, no por ello pierde la calidad de persona que merece como sujeto (Rab Jaim Smulevich ZZ”L, en el libro “Sijot Musar”, capítulo 79).

¡Cuánto más y más debemos preocuparnos por la dignidad de nuestro semejante! Seguramente las personas con las cuales nos relacionamos cotidianamente no llegan a los abismos lastimosos a los que sí llegó este personaje. ¿Y por qué no cuidar su nobleza también? ¿Por qué entonces no “sacrificar” (tal como Hashem lo hizo con la burra) muchas “broncas”, “celos” o la categoría de “saberlas todas”, que podrían resultar ampliamente dañinas para nuestro compañero?

Tal como nos enseña el rey Salomón en Proverbios (18:21): “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.” Siempre existen las dos caras de la moneda. Las dos maneras de ver las cosas. Las dos formas de comportarse. Y si el tema del habla es el propuesto, bien sabemos las interminables Mitzvot (preceptos) que con ella podemos realizar: bendiciones de tipo diverso, saludar al prójimo, estudio de Torá, rezar, respetar a los padres, dar ánimo al pobre, reprochar (de manera delicada) al compañero… y la lista puede continuar…

Y claro, contrariamente y con la misma facultad, el habla también puede destruir hogares, parejas, amistades y hasta distanciar familias enteras por muchos años (si no es por la eternidad…)

Toda persona que desee modificar algo en su conducta y no sabe con qué comenzar, nada mejor que entrenarse en este asunto. Sabiendo que el individuo habla aproximadamente doscientas palabras por minuto (así lo estimó el Jafetz Jaim ZZ”L), no es nada estimulante calcular el número de prohibiciones por las cuales se pasaría tan sólo con cinco minutos de café, un puñado de amigos y unas pocas masas.

Recordemos los que una vez mencionamos en nombre del Rab Shlomo Wolbe Z”L: de las pequeñas cosas podemos tener beneficios múltiples y asombrosos.
Un medicamento puede tener un tamaño muy pequeño, pero puede bastar para curar enfermedades terminales. Así también, una simple pastilla venenosa de no más de 5 gramos puede terminar con una vida (“Alé Shur”, tomo 2).

Simples, pequeños y diminutos accionares pueden terminar con muchos males. Sean sociales, psicológicos o comunitarios. Tan sólo valorando a quién se encuentre a nuestro lado, podremos respetarlo en tiempo y forma. Aprendamos a observar nuestro entorno. A otorgarle valor a lo que realmente vale. Y, por sobre todo, aprendamos a no dejar cabida para que entren las moscas…

viernes, 4 de septiembre de 2009

Reglas Para Criar Niños Delincuentes

Los padres queremos que nuestros hijos crezcan como hombres y mujeres de bien. Anhelamos y presumimos poder crear obras maestras de moralidad y honestidad de nuestros hijos, pero la realidad nos revela que a veces se produce lo contrario. Tomando la ironía como regla de escritura, años atrás un organismo gubernamental publicó la siguiente lista titulada: “Doce reglas para criar un niño delincuente”:

1. Comienza en la infancia, dándole al niño todo lo que él quiera. De esa forma crecerá pensando que el mundo le debe su existencia.

2. Cuando diga algunas palabrotas, ríe. Eso le hará pensar que es gracioso e inteligente. También le dará coraje para crear frases "graciosas e inteligentes".

3. No le des ningún tipo de "entrenamiento espiritual". Espera hasta los 21 años y déjalo decidir por sí solo.

4. Evita usar la palabra "equivocado". Esto puede causar un complejo de culpa. Después, cuando vaya preso, podrá sacar en conclusión que la sociedad está en contra de él y que está siendo perseguido.

5. Recoge todo lo que el niño deje desparramado por la casa: libros, zapatos, ropas. Haz todo por él, así tendrá experiencia en arrojar toda la responsabilidad sobre los hombros de los demás.

6. Déjale leer cualquier tema en que pueda colocar sus manos. Cuida siempre que los vasos y platos estén bien esterilizados, pero deja su mente deleitarse sobre la basura.

7. Discute siempre delante de tus hijos. De esta forma no quedarán tan impresionados cuando en sus hogares se destruyan en el futuro.

8. Dale al niño todo el dinero que quiera gastar. Nunca lo dejes ganar el suyo propio. ¿Por qué habría de pasar por las dificultades que tú has pasado?

9. Satisface todos sus deseos por la comida, bebida y confort. Cuida que cada pedido sea realizado. Negar podría llevar a una frustración muy perjudicial.

10. Toma su lado contra los vecinos, profesores y policías. Todos tienen preconceptos contra tu niño.

11. Cuando él se meta en un verdadero enredo, justifícate diciendo: "Yo nunca logré controlarlo".

12. Prepárate para una vida de pesar y disgustos. Haz hecho todo para merecerla.

jueves, 27 de agosto de 2009

Los Dos Hermanos

Una antigua leyenda relata que hace mucho tiempo vivía en Ierushalaim un anciano y sus dos hijos. El mayor era soltero y vivía solo, el menor estaba casado y tenía tres hijos. Ellos eran agricultores y cultivaban la tierra.
Los hermanos se amaban tanto que no querían dividir el campo entre ellos. Araban, sembraban y cosechaban juntos. Y el producto del trabajo era dividido en partes iguales.

Una noche, el hermano mayor estaba preocupado y no podía dormir pensando: “Yo vivo solo, sin mujer ni hijos. No tengo que alimentar ni vestir a nadie. En cambio, mi hermano tiene la responsabilidad de mantener una familia. ¿Es justo, entonces, que los dos recibamos lo mismo por nuestro trabajo? Sus necesidades son mayores a las mías”.
A medianoche se levantó, tomó parte de su trigo y las llevó al campo de su hermano. Regresó a su cama y se durmió tranquilo.

Esa misma noche, tampoco su hermano podía dormir, pues pensaba: “yo tengo hijos que se preocuparán por mí cuando en la vejez, pero mi hermano… está solo, ¿quién cuidará de él? No es justo que compartamos la cosecha del mismo modo”.
Así que se levantó, tomó parte de su trigo y lo colocó en el campo de su hermano. Regresó a su casa y se durmió profundamente.

Por la mañana, los dos hermanos se asombraron al ver la misma cantidad de trigo cosechado que habían dejado la noche anterior, pero ninguno dijo una sola palabra.
Lo mismo sucedió durante las siguientes dos noches…

La tercera noche, cuando cada uno de los hermanos estaba llevando parte de su trigo al campo de su hermano, se encontraron en la cima de una colina. Inmediatamente comprendieron lo que había sucedido. En el lugar donde estaban y sin decir nada se abrazaron y lloraron de felicidad.

Di-s, que fue testigo del profundo amor entre estos dos hermanos, bendijo el lugar donde se encontraron y lo eligió para construir allí el Beit Hamikdash.
Y cuando el rey Shelomó construyó el Templo, lo hizo precisamente en ese sitio donde fluye la paz y el amor.

¡Gracias a D.T. por su colaboración!

martes, 18 de agosto de 2009

El Reflejo De Las Redes Sociales

Todo individuo comunica. Verbalmente o no, pero nunca deja de hacerlo. Paul Watzlawick en sus axiomas de la comunicación nos diría más precisamente que “no es posible no comunicarse”.

También mediante la comunicación podemos detectar cuáles son las necesidades o maneras de pensar del otro. Si cuando bostezo no tapo mi boca y noto en el rostro de mi compañero un disgusto, aun sin él emitir palabra, comprenderé que esa conducta no es aprobada –al menos- por su persona. Por lo tanto, ahora dependerá de mí y sólo de mí, ajustarme a su realidad o ignorar su postura.

Sin dudas que el auge del momento en el mundo cibernético son las redes sociales. Facebook, Twitter, Sonico, Linkedin, de todos los gustos, tallas y colores. Claro que no todos los usuarios lo utilizan con el mismo fin, las motivaciones son variadas: contactos profesionales, reencuentro con compañeros de la infancia, amigos virtuales. Pero… ¿qué necesidades tendemos a comunicar mediante sus aplicaciones?, ¿a qué se debe el éxito rotundo y oportuno?, ¿no estaremos buscando algunos vacíos existenciales que el afuera no puede brindarnos?

En una sociedad sorda que ni las trompetas ni el ruido de las guerras se suelen oír, cualquier medio es válido para hacerse valer y escuchar. No hace falta irse muy lejos para observar la gran demanda de ayuda psicológica que existe en nuestros días. Psiquiatras, psicólogos, psicopedagogos, counselors, todo es válido para ser escuchado. El individuo hasta es capaz de pagar una consulta solamente para que otro lo escuche, sin emitir ni juicio ni opinión, simplemente “alquilarle” sus oídos por unos minutos. Tal vez el egocentrismo tenga la palabra, y ya no disponemos ni del tiempo para un otro que se encuentra al lado nuestro diariamente. A un otro que le juramos “amor eterno”.

La tecnología avanza, aparatos cada vez más pequeños y con más botones y funciones que tal vez nos hacen olvidar su verdadera función: comunicar. Más comunicados que nunca, más descomunicados que siempre…

“¿Qué estás pensando?”, nos anima a escribir un cuadro de texto. Un cuadro mágico que se transforma en un lugar en donde podemos expresarnos y a la vez esperar una respuesta del exterior, un reflejo o aporte sobre un estado de ánimo. Ya sea un “que te mejores”, “te quiero mucho”, “¿qué sucedió en tu trabajo”? Pero con la misma finalidad: que las palabras no se las lleve el viento. Dejar una marca que tal vez muchas veces es ignorada cuando es escuchada en la realidad. Que quede un registro del sentimiento o del pensar. Un aval.

El texto escrito en muchas oportunidades se piensa no sólo por el fin mismo de expresarlo sino para observar qué opinarán los conocidos o “amigos”. “¿Seré gracioso?”, “¿me apreciarán más si se enteran que soy voluntario en un geriátrico?”, “¿si me hago fan de Freud dirán que soy el mejor psicólogo del continente?”.

Se le otorga un “poder especial” al usuario de catalogar si aquel artículo o vínculo es interesante o “le gusta”. Un medio que, al fin, le otorga valor a su opinión. Sólo él mismo podrá decidir si le ha dejado de “gustarle” aquella información.

Se torna sumamente doloroso no ser escuchado. Ser ignorado, indiferenciado. William James es más preciso al exclamar que: “No podría idearse un castigo más monstruoso, aun cuando ello fuera físicamente posible, que soltar a un individuo en una sociedad y hacer que pasara totalmente desapercibido para sus miembros”.

Ni que hablar de las aplicaciones como una tan famosa y popular que dice: "¿Que piensan tus amigos de ti?". Estamos condicionados a actuar en base a las perseguidoras y persecutas miradas de nuestros seres queridos. Existe una necesidad de que los demás reafirmen la existencia propia. Que me acepten a todo precio. Tanto, que a veces se llegan a realizar accionares impensados. Y todo para ser parte, para pertenecer…

Suelen observarse decenas y centenas de "amigos" agregados. Solicitudes de “amistad” a borbotones. “Amigos”, una palabra que hoy día se dice casi sin pensar lo que ello implica. Ya todos “ganan” esa relación por tan sólo una vez en la que le preguntamos a nuestro vecino la hora o el pronóstico del tiempo (y se ve reflejado en el día del amigo donde el primero que se nos cruza, lo saludamos como si lo conociéramos de toda la vida).

En algunos casos es tanta la necesidad de los "amigos" que se hacen competencias para observar quién reúne más. ¿Más de qué?, me pregunto. Poco de mucho, mucho de nada...

Sin dudas que nuestra forma de comunicarnos en la actualidad preocupa. Preocupa porque las necesidades no se satisfacen y cada vez hay más personas que se sienten solas… No que están solas, sino que se sienten solas… Podemos estar en una fiesta llena de invitados pero no conocer a nadie. No estamos solos, pero nos sentimos solos, que es peor…

Todo individuo tiene la necesidad de ser respetado y valorado. De saber que no está solo, que hay personas que lo aprecian, que desean su bien.

Abraham Maslow escribe en el capítulo 5 de su libro “Motivación y personalidad”: “En nuestra sociedad, la frustración de estas necesidades (de amor, afecto o posesión), es la causa más corriente de los casos de mal ajuste y psicopatologías más graves.”

El médico psiquiatra, psicodramatista y psicoterapeuta Claudio Adrián Rud nos diría en términos similares y ampliando un poco más la idea: "Todo aquel que consulta ha sido o es víctima de alguna forma de desamor. Ya sea de la forma más brutal, como el desinterés, la violencia; o bien bajo una apariencia más leve como la manipulación, el amor condicionado, el abuso del poder de quienes están ejerciéndolo por la investidura que los sustenta" (Psicoterapias en Argentina, página 231).

Tal vez por algo no resulte raro escuchar a una enamorada decir: “muero por él” o bien “muero por ella”. El amor incondicional de un otro que me respetará siendo lo que sea, con mis virtudes y mis defectos, es lo que a veces provoca esas mariposas en el estómago difíciles de detallar.

Si Di-s no hubiese creado a los bebés y niños con esa facultad de belleza estética y esa apariencia de “muñequitos” que enternecen a cualquier persona que aparezca en sus caminos, tal vez morirían de amor por individuos irresponsables (que aun dándose estas cualidades, en la realidad ocurre también…)

Y sí, quizá deberíamos replantearnos si no buscamos en la red otras necesidades que en la realidad no podemos concretar por los motivos que sean: timidez, temor al qué dirán, no “encajar” en un grupo, sentirnos desvalorados. Bajo ningún aspecto se podría afirmar que todas las personas que utilizan redes sociales padecen de estos “desamores”, pero es un posible disparador que puede servir para aquellos que deseen reflexionar sobre sí mismos…

¿En qué estamos fallando? ¿Qué podemos hacer para mejorar? ¿Cómo ayudar para beneficiar a los demás?

Sepamos que con el hecho de plantearnos este tipo de preguntas ya estamos haciendo mucho. Reflexionar y aceptar nuestras fallas y debilidades es la mejor manera para que la acción tenga lugar.

El que busque una fórmula secreta se frustrará al leer estas líneas. Se frustrará porque no la encontrará. Cada uno tiene su camino y cada persona tiene sus gustos. No se puede universalizar. Todo sujeto es único e individual. Estará en uno detectar la fórmula más apropiada para cada caso.

Los “quebrachos” (así los llamaban en el colegio) se reencontraron en un restaurante luego de 30 años. Las emociones de ese día eran especiales. A pesar de ser tan iguales e integrar la misma “barra”, al solicitar la orden al mozo, cada uno pidió un plato distinto. “No, a mí no me agradan las papas fritas”. “La tarta de ajo con cebolla hierve en mi lengua”. “La berenjenas me producen aftas…”

Así como en lo gastronómico cada uno tiene sus “gustos” para satisfacer la necesidad básica del hambre, de igual manera y con más razón sucede en cualquier esfera de la vida y en las más variadas necesidades, ya sean fisiológicas o psicológicas.

Con los valores ya tan desgastados, siendo tan solamente personas, simplemente de esa manera y brindando esa calidad, estamos haciendo mucho…

Debo reconocer que me estremece en demasía cuando luego de un robo se escucha a las víctimas afirmar: "los ladrones nos trataron muy bien. No nos pegaron ni nada…” Estas personas han sido objeto de hechos delictivos, perdieron tal vez toda su fortuna, pero los tranquiliza no haberse llevado una brutal golpiza. ¿Y por qué? Porque últimamente no es “normal” que roben y que a su vez el efecto de la droga no los impulse a agredir salvajemente. Pareciera como si las verdaderas víctimas hayan sido los delincuentes. Como si éstos últimos les hayan hecho un “favor” al no golpearlos. Porque se vuelto anormal ser normal…

“Diezmar diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año” (Deuteronomio 14:22).

La Torá nos obliga a diezmar toda ganancia que acceda a nuestros depósitos. Tal vez nos quiera enseñar que no podemos tener provecho de este mundo sabiendo que otro sufre o no dispone de los medios suficientes. Que si tenemos la posibilidad de gozar, que lo hagamos, pero no sin antes olvidarnos que hay otros individuos que por su situación no pueden hacerlo como nosotros, solidarizándonos con aquellos en una mínima medida.

Pero no solamente a la cosecha se refiere. Ni tampoco a todo lo material y monetario. Cualquier bien, sea monetario y/o espiritual se debe diezmar. Eso significa que si Di-s te otorgó alegría, debes compartirla con los demás. Si posees seguridad emocional, debes ayudar a otros a que la adquieran. Si tu vida psíquica está ajustada, trata de socorrer a aquellas personas que no lo están.

Porque es más simple entregar dinero. Menos comprometedor. Es un instante y se acabó. Se puede entregar y aun tener el lujo de posar una mala cara, y el fin se cometió (lamentablemente así algunos piensan… mejor que no hubiesen otorgado…) Y también, por qué no, sentirse “todo poderoso”, fuerte, sólido, que otros lo necesitan para subsistir…

Cuando la Torá enumera las aves que no están permitidas ingerir, nos dice en uno de sus pasajes: “(Y estas son de las que no podréis comer:) la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago (Deuteronomio 14:18). Al referirse a la cigüeña, la Torá la denomina “Jasidá”. El Talmud explica que la raíz de su nombre proviene del vocablo “Jesed”, es decir, “bondad”. Si esto es así, ¿por qué ella está entre los pájaros impuros, que normalmente son aves de rapiña? El libro “Meotrezenu Ha Iashan” nos explica: porque la cigüeña es amable sólo con sus pares. Sólo se preocupa por aquellos de su propia bandada o grupo.

Hay mucho para hacer y con pequeños actos mucho podemos lograr. Un saludo, un “¿cómo estás?”, una mínima preocupación por el otro, cambian vidas enteras. Otorgan valor a las personas, las hacen sentir que son importantes, que valen, que merecen respeto. Que son realmente personas…

Efectivamente podemos derribar muros de angustias con taladros o con algo mucho más efectivo: palabras.

viernes, 14 de agosto de 2009

"¡Bienvenido!" - ¿Realmente Bienvenido?



Esta historia, cuenta Lucio, sucedió cuando era niño.
Un día papá llegó a casa acompañado por un señor muy elegante. No lo conocíamos.
Papá hizo pasar al huésped al comedor principal, y le invitó a que se siente en el propio sitio de papá allí, en el comedor. A nosotros nos pareció todo muy extraño.

Cuando nos sentamos a la mesa, el visitante comenzó a hablar. Hablaba y hablaba...
En realidad, no se le entendía todo lo que decía, pero, - claro – éramos niños – y los niños no comprendíamos todo lo que hablaban los grandes.
Evidentemente, este señor explicaba cosas muy importantes, porque se le prestaba mucha atención, y ¡no se le debía interrumpir!

Luego de un rato que el invitado charló, pasó algo insólito. De repente se puso a reír y papá se enojó por lo que estaba diciendo. Entonces, rápidamente buscó una especie de mordaza y la colocó sobre la boca del extraño para que quede en silencio.
Como vimos que papá se puso mal, creíamos que lo echaría de casa. Igualmente no entendíamos nada.
Pero no. Dejó así no más al hombre sentado…

Al día siguiente papá le dio otra oportunidad para que el huésped hable. Y se repitió la misma escena.
El visitante nuevamente comenzó a disertar sin parar...
Al igual que en la vez anterior, no comprendíamos lo que hablaba y siempre dominaba el interés de papá, tan así que no se le podía molestar.
¡Otra vez lo mismo!
Imprevistamente estalló con carcajadas y papá le tapó la cara.
Así sucedía día tras día.

La intriga se apoderó de nosotros: no entendíamos nada. ¿Qué era aquello que papá no quería que se escuchara cada vez que el señor se reía?
No preguntábamos, porque a nosotros se nos decía que cuando fuésemos grandes, íbamos a entender las cosas. ¡¿Para qué, pues, preguntar?!

Un día, el visitante – bueno, ya no era más un visitante, pues parecía el dueño de la casa – hablaba como de costumbre. Mamá se acercó a la mesa y susurró algo al oído de papá. Papá se levantó, dejó a su amigo conversando y salió corriendo. Algo habría pasado.
Puesto que nadie lo interrumpía, el señor hablaba – y se puso a reír como de costumbre…
Se rió, burló, y dijo cosas feas que en casa no decíamos…


La vida, tal como la conocemos en la actualidad y en la sociedad en la que hemos nacido, tiene sus normas.
No son todas leyes escritas en libros sagrados, ni tampoco son disposiciones legisladas por las instituciones nacionales que tienen la autoridad para hacerlo, sino que son aquellas que dirigen la vida del hombre moderno, pues más allá que no estuvieran “escritas”, poseen incluso (mucho) más fuerza y rigor que las que están en los textos.

¿Cuáles, pues, son esas leyes?
Nos referimos a los temas que la gente hace “porque es así”, y porque nadie los cuestiona.
Somos parte de la “manada”, y copiamos las cosas que todos hacen. Cuando todos lo hacen, es porque es “normal” que así sea, y no se discute.

Cuando yo iba a la escuela primaria había un escenario que se repetía casi todas las mañanas en el patio, mientras esperábamos que suene el timbre para la formación y el izado de la bandera. Se formaban “rondas” de compañeros que compartían lo que habían visto la noche anterior en la pantalla de televisión.
Claro, estamos hablando de los programas infantiles de los años sesenta, en blanco y negro, antes que se sumen los resonantes videos, y la cantidad enorme de programas que aturde hasta a los más avezados. Era la época en la que había que levantarse y acercarse al aparato para cambiar de canal, pues aún no se había inventado el control remoto…
¡Era todo tanto más simple e inocente!

El motivo con el que mi padre sz”l respondía a la pregunta por qué nosotros no teníamos un televisor en casa – cuando todos los demás lo tenían – era una breve cita de la Torá en Parashat Ekev (Dvarim 7:26): “y no traerás la abominación a tu casa”.
El Pasuk sigue: “y volverás a ser proscrito como ella”.

El pasaje que citamos obviamente no se reduce al significado aludido – pantalla grande o chica (los Sabios mencionan muchas situaciones que se desprenden de estas palabras) - pero comprende también esta situación.

Claro, nosotros nos (mis hermanos y yo) sentíamos excluidos de esas conversaciones y no podíamos más que conjeturar qué era lo que narraban los compañeros de clase con tanta avidez y entusiasmo.
(En realidad, puesto que no se trataba de una escuela judía, estábamos auto-excluidos de la comida, de las fiestas de cumpleaños, de los campamentos y básicamente de todo lo que no fuera parte del currículo académico específico de la escuela. Entendamos también, que la vida social de hace cuarenta y cincuenta años, era mucho más reducida que la actual, y que la estructura de familia era más tradicional, compartiéndose por ello mucho más en casa y tanto menos afuera…).

Habiendo transcurrido tantos años desde aquellas etapas infantiles, cuando intuimos qué es lo que pensaban nuestros progenitores al respecto, inferimos que muy posiblemente nuestros padres querían precisamente que nos sintamos “ajenos” dentro del círculo escolar al que asistíamos, fortaleciendo por otro lado desde nuestro hogar, la convicción que debería regir las decisiones de nuestra vida.

Recuerdo que aun en aquella época ya existían las famosas “villas miseria”, en las que las “casas” ya lucían las orgullosas antenas sobre sus techos, aun cuando dentro de esas mismas casas podían carecer de elementos que nosotros entendemos como básicos para el funcionamiento de una casa: agua corriente, cloaca, gas, etc.

Casi solamente nosotros éramos los “distintos” respecto a lo que todos tenían….

Antes de entrar en el tema de la T.V. (¿“Traga Vidas”, “Todo Vale”?), pido que se entienda que esta nota no quiere ser una nota estereotipada en la que “se habla en contra”.
Muchos han nacido y crecido dentro de este sistema y difícilmente se lo puedan imaginar diferente. ¿Acaso sería fácil despedir al lavarropas o a la heladera de casa? ¡Forman parte de nuestra vida!

Para muchas mamás que deben llevar adelante una vida en la que cumplen numerosos (y simultáneos) roles - especialmente aquellas que no poseen ayuda doméstica – este aparato y sus programas aparentemente le ayudan a mantener la tranquilidad en casa entreteniendo a los niños mientras ellas tratan de bañar al bebé, preparar la cena, atender llamados telefónicos, etc.

Para muchas otras personas - de todas las edades - este aparato las distrae durante prolongadas horas al día, permitiéndoles relegar sus penas y los pesares de su vida que no saben (o no pueden) resolver. Una vez que están “enganchados” mirando algo que les trae placer, se olvidan - por un tiempo - de todo lo que los aqueja. Obviamente sus problemas no se resuelven, pero la distracción o el pasatiempo funcionan como anestésico que los seda por un tiempo.

No entraré en muchos aspectos que no entiendo: la concentración que se le da a la T.V. (dicen) afecta al sistema inmune y es una de las causas del aumento exagerado de peso.

Vayamos, sin embargo, a aquellos puntos que sí están más cercanos a nosotros desde el ángulo moral.
Al carecer de criterio, la T.V. (tal como tantos chiches modernos) se ha convertido para muchos en una adicción. Aquel que no domina su acción, permanece dominado y reitera instintivamente la acción sin poder detenerse, aun cuando se está provocando (incluso concientemente) daño (en este caso: no duerme, no cumple con sus obligaciones y compromisos, no responde a su familia, modifica destructivamente su conducta), se llama que es adicto a esa actividad.

Ciertamente el ser humano posee un enorme potencial de creatividad cerebral. Si bien nuestra época, más que cualquier otra anterior, le brinda al individuo acceso casi ilimitado a información con muy poco esfuerzo, inversamente va decreciendo la predisposición y voluntad de aprovechar y utilizar la ciclópea capacidad con la que hemos sido agraciados.
La cantidad de horas que la persona permanece atónita frente a la pantalla, se traducen automáticamente en un incrementado entorpecimiento, por perder la facultad de creación y pensamiento propio. Esto no es poca cosa.

¿Cómo fue la anécdota con la que comenzamos estas líneas?
Un invitado que se instala en la casa y ocupa el espacio de autoridad del hogar…

Bien. No es secreto que en muchas familias los padres han perdido la potestad natural que deberían tener, y están agradecidos cuando pueden tener esporádicamente un diálogo tranquilo con sus hijos.
¿Por qué los padres dejan de tener esa atribución – si no porque se la han otorgado gratuitamente a este extraño a quien invitaron y ante quien mantienen un respeto reverencial?
¡Cuánto se pierde en términos de confianza y de transmisión de enseñanzas, cuando los padres renuncian de este modo a la autoridad natural investida a ellos por Di-s!
A esto se le agrega el hecho - no raro - que el cuantioso tiempo dedicado a la pantalla (habitualmente en el preciso momento en que la mayoría de la familia está en casa) impida, en la práctica, un diálogo entre los propios miembros de la familia.

¿Y los noticieros?
¡Son “solamente noticias” – hay que estar informado!
Pensemos por un momento en la naturaleza de las noticias que se emiten a diario.
Algunas – no muchas – son realmente útiles, y necesitamos saberlas.
¿Pero – cómo hacen los noticieros para llenar los espacios?
“Religiosamente” – cada media hora debe suceder “algo importante” que le dé a la gente la sensación de que no se puede perder escuchar las emisoras.
¿Y si no sucedió nada?
Pues hay que tomar alguna “noticia” aunque haya sucedido en algún sitio remoto del mundo del que no se ha escuchado jamás, y transformar esa “noticia” en algo que llame la atención.
Los locutores están entrenados para dar una tonada grave a su discurso y que conmueva a los oyentes.
Cuando esto se transmite de la radio a la T.V. “se vive” más de cerca. Se distinguen las escenas de sufrimiento y dolor de cerca. Se avista la sangre, los malvivientes, los policías, la guerra, la destrucción, etc.
Crea una terrible tensión en las personas. Les da la continua sensación escalofriante de vivir en un mundo injusto. Se participa pasivamente de crímenes que en su mayoría terminan impunes…
De tanto escuchar historias pronunciadas con la voz modulada de modo tal que produzca el impacto que quieren, llegamos al punto de desgaste, en el que terminamos perdiendo la sensibilidad por lo trágico – y aceptándolo como “parte de la vida”.

No olvidemos: los seres humanos también tendemos a copiar las cosas que vemos.
La violencia que se advierte en las noticias, brutalidad física, desgracia, ruina, excitación, el salvajismo verbal, las exclamaciones de venganza de los familiares de las víctimas – no pasan sin dejar una huella en quien los vio.

Pasemos, pues, a la parte ficticia e ilusoria de la T.V.: las películas.
Obviamente, no existe film que no intente mostrarse como inédito para ser considerado original. Tampoco puede haber una historia a la que le falte “suspenso”, para que los espectadores la vean hasta el final. Es más: precisamente la agresividad y el misterio dentro de una vida de intriga, son los que constituyen la esencia de las películas, y que a pesar de ser en el fondo situaciones virtuales, se ensayan y repiten hasta que terminan viviéndose como si se tratara de la vida real.
En comparación a esa vida (aparente e inverosímil), la existencia del ciudadano promedio es “monótona”. ¿Por qué no darle a la propia vida, entonces, un poco de aquella “pasión” que uno advierte en otros durante tantas horas…?
¿Ud. se extraña que las personas busquen una vida adicional a la “aburrida” que viven en su hogar…?

Los programas más exitosos son los que se dedican en particular a conocer y difundir las intimidades de las personas.
Y no es de extrañar: para una sociedad mediocre que sufre de baja auto-estima, curiosear la vida de otros, es lo que más se ajusta a su gusto: ¿es también el suyo?

A esto debemos sumarle la publicidad que sostiene el sistema.
Puesto que la competencia por lograr hacerse de pocos o muchos pesos que hay en nuestros bolsillos es feroz, el medio público que la gente más mira, es aquel en el que más se esmerarán por lograr que en pocos instantes (los segundos de la pantalla pueden ser muy caros) se logre una imagen que permanezca en la mente de los que la miran cuando vean aquel producto en góndola.
Pero: ¡¿cómo se hace que justamente la idea del producto de uno supere a todos los demás?! ¡hay tantos competidores!
La respuesta reside en mucho dinero invertido para conocer e interpretar la psicología humana, sus apetitos y sus instintos más bajos, para asociarlos al cuadro que se quiere formar y dejar grabado en la mente del público.
Cada empresa vende su producto, y todas se unen para crear con su publicidad el descontento que prevalece en la sociedad (nada alcanza, lo que tengo ya es viejo, otros la pasan mejor…). Todas se asocian también para hacer caer el umbral de lo moralmente aceptable por la gente que aún intenta mantener cierta dignidad.

¿Horario de protección al menor?
No existe.
Y si existiera: ¿no se entiende que es lo que más convierte en atractivo aquello de lo que – supuestamente – se le quiere proteger?
Aparte: ¿acaso los “mayores” estamos más allá del bien y del mal?, ¿ya hemos superado y dominado las inclinaciones inicuas? ¿pues qué haremos en Iom Kipur, y qué nos queda para hacer en este mundo?

En resumen: nada de lo que hemos expuesto es un secreto.
Quienes son devotos espectadores, podrán sumar muchos defectos adicionales, pero no es necesario.
No es necesario ser rabino para alzar la voz y protestar. No escribimos estas líneas porque nos pagan para hacerlo….
Tampoco soy presumido de pensar, que todos los que leen este fascículo inmediatamente descarten un aparato y una forma de vida que han mantenido durante toda su vida, y que creen inalterable e irreemplazable.

Pero: ¿no hay también programas valiosos?
Quizás los haya. Pero debemos saber reconocer su valor real (que habitualmente se puede suplir con la lectura de libros y enciclopedias) - frente al riesgo que implica el resto de las cosas que se muestran (y están ahí no más, en el canal de al lado)...

Como dijimos anteriormente: en muchos hogares la T.V. cumple el rol de chupete y en otras también de niñera. No será fácil reemplazarlo.
¿Cuáles son las alternativas?
Efectivamente, quitar la T.V. implica que deberemos estar presente más tiempo con los niños, aprender a jugar con ellos y utilizar toda nuestra inventiva para llenar su vida con material constructivo, y… mucho cariño para brindar.
Obviamente también, requerirán el respaldo emocional y una clara demostración de orgullo judío para saber que no “son menos” que aquellos que sí la tienen.

El mensaje será claro.
Sí: somos distintos y elegimos serlo. No pertenecemos a ciertos sectores de la sociedad. La hostilidad de este medio, aun cuando parece tan atractiva, crea en nosotros lentamente la sensación de ser parte - de aquello que no queremos ser parte. Y que si nos olvidamos, otros – con odio más manifiesto – nos lo recordarán, como lo hicieron a través de toda la historia.
Quizás no podamos modificar el entorno. Quizás, tristemente, veamos a diario lo que no debemos ver. No fuimos de acero. Somos de carne y hueso.
¡¿Pero invitarlo a casa?! ¿Por qué?

Indudablemente, hay que estar dispuesto a hacer el esfuerzo y si se tiene la valentía de hacerlo, la recompensa se vivirá en este mundo: en la oportunidad de tranquilidad del propio hogar.
Si se toma esta decisión, esto velará por el bien de los hijos y su futuro espiritual.

Rab Daniel Oppenheimer