jueves, 24 de septiembre de 2009

Iom Kipur: El Quitamanchas Espiritual


“¿Cuándo se pide perdón, antes de Rosh Hashaná o antes de Iom Kipur?”. De esta manera comenzaba recientemente a recibir la víspera del año nuevo. Con una pregunta.

“Las faltas entre una persona y su semejante, el Día de Iom Kipur no expía sobre ellas hasta que se dirija hacia su compañero, le pida perdón y esté último lo disculpe” (Shulján Aruj –Código de Leyes Judías- Capítulo 606).

Sin dudas que aquel individuo que me consultó tenía bien claro este concepto. De sus palabras deduje que en ningún momento titubeó de lo que nuestros sabios indican. Pareciera querer cumplir con lo que Di-s manda en totalidad sin pérdida de detalle alguno.

Si bien es cierto que no hay mejor manera que comenzar un año nuevo liberándose de todos los accionares negativos pasados (y así es como los eruditos nos ordenan que hagamos), no quedan dudas que no debemos esperar a estas solemnes fechas para efectuarlo. Todo el año (“Open 25 Hs.”) es propicio para solicitar un perdón profundo y sincero (siempre y cuando corresponda, claro).

Tengo mis sospechas qué tan fructífero se torna dirigirse a todo nuestro entorno social y exclamarle individualmente a cada uno: “¿me perdonas por todo lo que te hice en el año?”. Habría que analizar cómo toma el receptor aquellas “disculpas”. En oportunidades existen situaciones puntuales que se tratan de esquivar con estos “perdones generalizados”, que terminan encubriendo las heridas más que sanándolas.

En nuestros días en donde el auge del “se” es el verdadero protagonista de la historia, nadie quiere quedarse fuera del círculo. Todos queremos estar “dentro”, ser parte, pertenecer. “¿Cuándo se pide perdón?”. Todo tiene que tener una fecha y un momento específico, no sea cosa que se pida perdón cuando no corresponda y cuando nadie lo hiciera…Y así ocurre en innumerables situaciones de la vida diaria: ¿qué se usa?, ¿qué se hace?, ¿qué se dice?, ¿qué se practica?

Generalmente tendemos a pedir disculpas por sucesos intrascendentes. Si accidentalmente pisamos el pié de algún compañero, corremos a excusarnos con un angustiado: “lo siento, no fue mi intención”. Debemos saber que este tipo de heridas no afectan los sentimientos. Además, el perdón sale automáticamente sin prestarle demasiada atención y en equivalencia a un ataque suave (adaptado de un escrito del Rab Simja Cohen).

El paso del tiempo es un factor que nada ayuda para acercarnos y reconocer nuestros errores. Ya sea por vergüenza, bronca o pensamientos que cada uno va imaginando en el profundo mar que genera su mente, se torna sumamente difícil conciliar una disputa cuando la misma tuvo lugar hace varios meses o años. Nadie quiere ceder. Todos esperan a que el otro se acerque. La situación se encajona. El disgusto también.

En muchas oportunidades el agresor no se acerca a pedir disculpas porque realmente no tiene conocimiento de su falta. No pocas veces sucede que algún accionar nuestro termina siendo una ofensa para un tercero, aún sin quererlo.

En el trayecto del Bet Hakneset a mi casa, diariamente me cruzo con otras personas que se dirigen a rezar a otros “Minianim”.
Hace unos cuantos meses me sorprendía cuando saludaba a personas del Templo y estas no me contestaban el saludo. ” ¿Qué pasa aquí?, ¿por qué la gente es tan maleducada y no me responde?”, pensaba internamente.
Mi sorpresa fue aun mayor cuando descubrí que en otros ámbitos en los que me manejaba también mi saludo no obtenía respuesta alguna. Algo no andaba bien. “¿Acaso todos tienen problemas conmigo?”, me preguntaba.
Tristeza al enterarme que era yo quien saludaba con un tono bajo, casi imperceptible. Paradójica situación: en un mismo momento, quizá las otras personas pensaban de mí, lo mismo que yo de ellas...


Todos los individuos poseemos percepciones diferentes de la vida. De las cosas. De todo nuestro alrededor. Lo que para uno es un halago, para otro puede ser una ofensa. Para lo que uno puede ser beneficioso, para otro puede ser perjudicial.

Nadie percibe todo lo que es físicamente perceptible. Nuestro aparato mental no es una máquina registradora indiferente y dispuesta a otorgar igual importancia a todos los estímulos que impresionan los órganos sensoriales. La percepción es una función selectiva. Esta selectividad cumple una función.

Los objetos que juegan el rol principal en la percepción organizada, los objetos acentuados, son generalmente aquellos que responden a algún propósito actual del sujeto percipiente. Será también necesario develar la significación que toman los objetos cuando son percibidos.

Nada es más conocido que la influencia de las necesidades, de las disposiciones mentales, del humor, sobre la elección de los objetos destinados a jugar el rol principal en la percepción.

Las necesidades ejercen influencia sobre la significación de los aspectos perceptivos seleccionados por la atención. Ya hemos visto por las experiencias de Bruner y Goodman que la percepción inmediata de los objetos ambiguos es “informada” (shaped) por el hambre que experimentan los sujetos y que el tamaño aparente de una moneda es apreciado de diferente manera según la intensidad del deseo del dinero -más fuerte en los niños pobres que en los niños ricos- (“Theory and problems in social psychology”, KRECH, D. y CRUTCHFIELD, R.S.)


Gracias a Di-s la diversidad humana existe y es infinita. Cada uno tiene sus potenciales particulares y por ende, difiere la misión específica de cada individuo en este mundo. También existen diversidades respecto al cumplimiento de las mitzvot (preceptos): existen aquellos a los que les cuesta madrugar para rezar, a otros no les es difícil levantarse pero sí recitar todas las bendiciones anteriores y posteriores a la ingesta de alimentos… y los ejemplos se pueden extender. Y mucho….

Esto hace que el pueblo de Israel sea “Ejad”, es decir, “Uno”. Todos nos complementamos en una unidad y es por eso que nos indican repetidamente y con tanto énfasis que: “kol Israel harebím ze la zé” (todos Israel es garante el uno por el otro). Si bien cada uno es físicamente individual y separado de su compañero, hay un objetivo en común que nos une: servir a Hashem.

En una oportunidad un judío que estaba alejado del camino de la Torá le preguntó al Rab Amnon Itzjak: “usted dice que hay que retornar a las fuentes… supongamos que yo siga esos pasos… ¿qué línea debería seguir?, ¿a los ashkenazim?, ¿a los sefaradim?, ¿a los temanim?, o, acaso, ¿a los jasidim? ¡Son muchas costumbres distintas! ¿Cuál es la “verdadera”?

A lo que el Rab muy sabiamente contestó: “en el ejército los marineros no interfieren en el trabajo de los aviadores, y tampoco los soldados en las labores de estos últimos, todos tiran para el mismo lado. Se comportan de distinta manera porque cada uno tiene su misión en las distintas partes del territorio, pero todos tienen un objetivo en común en la batalla: vencer al enemigo.
De la misma manera tanto los ashkenazim, como los sefaradim y las distintas líneas, aun teniendo costumbres distintas, se unen en sus raíces con un mismo propósito: servir a Di-s.


Nada mejor que anticiparnos y evitar que estos enredos sucedan. Intentar de solucionar las cosas lo antes posible. Aclarar los malos entendidos desde un principio para que la minúscula chispa no culmine en una incesante y destructiva hoguera. Los grandes problemas suelen comenzar por pequeños e insignificantes actos.

Facilitar una comunicación sana y fluida es esencial para resolver este tipo de inconvenientes. Estar abiertos a que nos exclamen las dificultades de frente, motiva a que terceros nos transmitan lo que verdaderamente sientan. Muchas veces evitamos decir lo que sentimos o pensamos por temor a que el otro se enoje o reaccione de mala manera para con nosotros. Si nuestro entorno conoce (¡y comprueba en la práctica!) que no pertenecemos a ese tipo de personas, probablemente el canal del diálogo se resquebraje y podremos evitar dificultades invitando a los demás al coloquio formal.

Sería bueno aproximarse hacia aquellos que nos ofenden u ofendieron en algún momento dado, tratando de comentarles lo que sentimos. Dirigiéndose con respeto y cordialidad, no hay motivos “lógicos” que indiquen que el agresor se deba enfadar…
Recordemos que para que tenga lugar una pelea o discusión es necesario que existan dos personas predispuestas a hacerlo…

Quizá responda: “disculpa, no sabía que te molestaría mi comentario”… o no... Pero si no probamos no podremos saberlo tampoco.

Entiendo que no es fácil así conducirse, pero en más de una oportunidad este accionar me posibilitó aclarar diversos temas. Y me he llevado sorpresas… No solamente se aclararon los malos entendidos, sino que la relación salió fortificada luego de aquel suceso. Se profundizó.

Habiendo realmente un motivo y una conducta explícita de agresión hacia nosotros, esto no nos exime del mandamiento: “con justicia juzgarás a tu compañero” (Vaikrá 19:15) , es decir, siempre debemos pensar para bien, independientemente de lo que nuestros ojos observen.

¿Cuántas veces nos levantamos con el pié izquierdo? ¿Discutimos con nuestros hijos? ¿En cuántas oportunidades nos peleamos con alguno de nuestros familiares cercanos? ¿Cuántas veces tuvimos disputas con nuestras parejas? ¿Problemas laborales? ¿Dificultades económicas que nos acechan? ¿Inconvenientes sociales o problemas de salud?

Todas estas situaciones (y similares) que se puedan dar, en más de una oportunidad nos tornan y nos tornaron sensibles y/o agresivos. Contemplar que somos humanos y que hasta en nuestros propios pellejos convivimos con estos sucesos. En ocasiones pasamos a estar del otro lado, siendo los agresores, “motivados” por estos factores bio-psico-sociales. Nadie está las 24 hs. del día con todos los individuos con los que se relaciona para percibir qué anda pasando en cada mundo interno. Pero, más allá de todo, no debemos ser muy sabios para comprender que estos trances pueden suceder a diario y es normal que ocurran…

Habiéndose acercado finalmente hacia nosotros para pedirnos disculpas, no debemos ser crueles con aquel. Si tuvo el “coraje” de perdonar su “honor” y la valentía para aproximarse, algo nos está queriendo decir. Su actitud refleja que está dispuesto a efectuar un cambio, que está predispuesto a escucharnos. ¿Qué mejor momento, entonces, para aclarar las cosas que en este mismo momento? Porque, a fin de cuentas, un perdón “falso” y superficial no tiene valor ni para quien lo pide ni para quien lo otorga.

Siempre y cuando utilicemos un tono suave, comprensivo y empático, logrando una transparencia y sinceridad ideal, nada tenemos en contra para alcanzar una posible resolución. “No creo que haya sido tu intención, pero me molestó cuando dijiste…”, “no me gustó el trato que me diste el otro día, ¿tal vez tus problemas con el jefe influyeron en tu conducta?”.

Además, valorando su accionar estaríamos “enseñándole” a no temer ante una posible próxima disputa social y aclarar los asuntos en su debido momento. Un aprendizaje eterno que se torna un gran precepto a lo largo de toda su vida (se evitaría muchos dolores de cabeza… y más cosas también…)

Y si de todas maneras estamos dolidos porque aquel otro que no se nos acercó a pedirnos disculpas antes de “Iom Kipur”, y tampoco sentimos que podemos acercarnos a él, debemos perdonarlos internamente.
“¿Qué cosa?, ¿¡perdonarlo?! ¡De qué me hablas! Por lo visto no sabes lo tanto que dañó a mi familia…”. ¡Qué trabajo tenemos!

Pero tan solo siendo conscientes que todas las conductas habidas y por haber pasan antes por la aprobación de un Todopoderoso que Nos ama y Quiere nuestro bien, no quedan dudas que los agresores físicos son simplemente enviados de Él. Si quien sea deseó dañarnos y del Cielo no le otorgaron el poder para hacerlo, ¿acaso podría lograrlo?, ¿acaso hay algo que escape a Di-s?

En Rosh Hashaná se acostumbra a decir cada uno a su compañero: “¡Shaná Tová HuMetuká!”, es decir, “¡(que tengas un) año bueno y dulce!”. Si se desea que el año sea “bueno”, ¿es necesario agregar que aparte sea "dulce"?, ¿acaso lo bueno no es dulce también?
Realmente todo lo que manda Di-s es para bien. A nuestros ojos es probable que no todo sea palpable como “bueno”, pero desde la perspectiva Divina sí lo es. Hashem siempre quiere el bien para sus criaturas. Sucede que no siempre podemos comprender cómo circunstancias tan dolorosas son a la vez beneficiosas para nosotros. Por ello mismo pedimos un año “bueno y dulce”, deseando no sólo recibir todo lo bueno, ya que eso siempre sucede, sino que, además, podamos percibir el bien de manera abierta y observable a nuestros ojos (dulce).


Si Di-s perdonó al pueblo de Israel en el desierto, luego de adorar a un Becerro de Oro y a poco tiempo de haber observado milagros Divinos, y diariamente nos perdona a nosotros mismos, ¿cómo nosotros no podríamos perdonar a nuestro semejante?, ¿acaso nuestro honor es más que el de Di-s?

“No me sale perdonar. No puedo hacerlo. Hay algo que me impide y no puedo luchar contra aquello”. Descuida, comienza por querer perdonar. Teniendo disposición ya es otro el panorama. A veces un perdón sincero lleva meses y años de trabajo interno, pero hasta que no exista una predisposición para comenzar, muy difícil será perdonar repentinamente.

En una oportunidad escuché en nombre del Jafetz Jaim ZZ”L que aquella persona que quiera apaciguar el odio interno que lleva en su corazón, que salude a su agresor. Un apretón de manos, una movida de cabeza o un beso (según las costumbres de cada uno…), mágicamente borran mucho rencor y odio.

No me pregunten cuál es la explicación técnica de este accionar, pero realmente es asombroso observar como se cumplen las palabras de este gran sabio siguiendo sus consejos.

No caben dudas que tenemos que trabajar mucho para solicitar y otorgar un perdón sincero, veraz, que no sea de la boca para afuera. Ni que hablar del trabajo para acercarnos a pedir sinceras disculpas. Queriendo llegar ya vamos por el buen camino. Reconozcamos que somos humanos, que podemos fallar. Y que otros también pueden hacerlo. Perdonémoslos también. Salvo a uno: al ietzer hará (instinto del mal).

martes, 15 de septiembre de 2009

Mensaje De Rosh HaShaná





Como todos sabemos, el “fin” de año se aproxima… mejor dicho, el principio de un nuevo año se acerca.
Cada uno sabrá hacer sus cálculos y estimar qué tan positivo pudo llegar a ser y qué cuántas otras cosas deberá corregir. También existirán personas las cuales piensen que no deben cambiar nada, que todo está “bien” así, que no hay nada mejor que se pueda hacer. No me voy a meter en eso. Esa es una elección íntima y personal.

Más allá de los errores, éxitos y faltas, desde lo personal, este año me enseñó fundamentalmente que se debe ser más tolerante con los demás. Dejar pasar…
Si bien a nadie le gusta que lo ofendan ni lo “pasen por arriba”, eso no otorga ni derecho ni valor para “hacernos valer” de la manera que pensamos que corresponde. Existen otras personas más allá de nosotros que también sienten y sufren nuestras contestaciones. Que a pesar de su “crueldad”, “maldad” o “arrogancia” también tienen sentimientos.

Estimo que nunca jamás se podrá saber a ciencia exacta a cuántas personas dañamos en nuestras vidas. Muchas veces todo queda en el “olvido”, pero guardado en las entrañas del agredido. Y no comunicarlo puede generar problemas para un posible agresor y obviamente para la víctima misma.

No olvidemos lo que nos enseña el Talmud en el tratado de Rosh Hashaná (17 a): “quien deja pasar su cualidad (no es vengativo ni rencoroso), le dejan pasar sus pecados" (el juicio no será estricto con él).
Porque a fin de cuentas Hashem se comporta con nosotros “midá kenegud midá”, es decir, de la misma manera que nosotros nos comportamos con el otro (“la misma moneda”).

Y no solamente por el "temor" a cómo se comporten "de arriba" con nosotros, sino por nosotros mismos, por nuestra salud mental y física debemos ser más tolerantes. Después de todo, combatir los nervios y el stress hoy en día, no es tarea sencilla...

En segundo punto quería agradecerles a los lectores por estos meses en línea. Sé que no son muchos, pero también tengo entendido que valoran lo que escribo y eso me enriquece enormemente. Sabiendo lo que implica que aun una persona, tan sólo una, se beneficie con los artículos, entonces mi tarea ya está cumplida. Un insight individual puede cambiar mundos enteros. Y más siendo concientes de la influencia de tan sólo una persona en los grupos sociales que ella integra: familiar, laboral, con amistades. Y el valor del estudio de la Torá, es invaluable independientemente de cuántas personas la estudien.

Tal como escribía en la “Introducción al Blog”, allá, por el mes de marzo, lo que postulo desde aquí es que: “Las corridas con las que nos topamos en este ya avanzado siglo XXI, a veces no nos dan lugar a la reflexión e introspección personal para la auto-superación y desarrollo personal.
Momentos libres a los que le dediquemos un espacio para aquello, se tornan imposibles de encontrar. Ya no se piensa en contemplar el cielo unos minutos, o -para los que pueden- observar las olas del mar golpeándose contra la escollera, pensando en el existir cotidiano, en las cosas de todos los días.
Tenemos toda la agenda ocupada y muy llena; parece ser que ya no hay tiempo ni para los propios hijos...

Desde aquí, este pequeño espacio que me da la Web, trataré de transmitir las reflexiones y mensajes que la vida me enseña a cada minuto de este existir.
Todas las ópticas, expresiones y deducciones no se basan ni en las ciencias ni en la filosofía socrática o platónica... una mirada desde mi propia experiencia, desde mi propio vivir, anexada a esta misma la opinión de nuestros Sabios y las escrituras Sagradas, ya sea la Torá escrita como la Torá oral”.

Creo que más que nada se apuntó a darle significado y valor a las relaciones interpersonales del día a día. A detenerse y pensar acerca del cómo tratamos a un otro eterno que siempre estará cerca nuestro, queramos o no. Porque a fin de cuentas Hashem quiso que convivamos en comunidad y en contacto interpersonal continúo (y se ve reflejado en los múltiples preceptos que Di-s nos encomendó los cuales, algunos, se pueden llegar a cumplir únicamente mediante el trato con el compañero).

En un mundo competitivo en donde aquel que logra hundir o ahogar primero al otro es el que prevalece y el “afortunado”, en estos tiempos que la ley del más fuerte gana, no queda más remedio para nosotros que intensificar la búsqueda de lo humano por sobre la arrogancia del poder.
El hombre en búsqueda intensa de su pleno “bienestar” y observándose solamente a él, desemboca directamente en individuos aprovechadores de pobres indefensos. Tales son los casos de falsificadores de medicamentos oncológicos, médicos realizando intervenciones quirúrgicas innecesarias (cesáreas), aprovechadores de pobres desesperanzados que ofrecen reconciliarse con sus parejas anteriores por “módicos precios” y en “simples rápidos pasos”, entre otros.

No existen dudas que el modo de vincularnos actual es preocupante. El panorama es abruptamente desalentador. Pero... eso no quita que no debamos hacer méritos y luchar para no caer en aquellos abismos espirituales. El ventajismo y la “elite” podrán dominar el mundo. Es nuestro deber darles pelea y que no les sea tan sencillo ganar la batalla.

En una oportunidad una persona le preguntó al Rab Israel Salanter ZZ”L: “querido Rabino, me gustaría que me aconsejara qué `kavaná` (intención, pensamiento) efectuar al vestirme el `talet`. ¿Qué me recomienda?”. A lo que el erudito respondió: “trata de pensar en que, cuando te envuelvas en él, no golpees con los flecos (tzitzit) a tu compañero que se encuentra detrás de ti. Esa es la mejor `kavaná` que puedes pensar…”

Para aquellas personas que lo desconocían, les cuento que hace un tiempo el creador del sitio “Judaísmo Virtual” (Daniel Deshe) me ha otorgado el honor de poseer una columna personal en su magnífica página.
En más de una oportunidad incorporó artículos propios en la portada principal del site y envió masivamente estos mismos mediante sus newsletters semanales, llegando estos a cientos de personas dispersas por todo el mundo.
Mis múltiples agradecimientos hacia él también y hacia aquellas personas que me leen desde allí y hacen sus comentarios respectivos.

Por último, les pido disculpas por no poder escribir artículos personales más frecuentemente. Como muchas veces observarán, en oportunidades selecciono extracciones de otras fuentes.
En un principio, la idea del Blog era solamente publicar elaboraciones propias, pero soy tan meticuloso y detallista con las correcciones, modificaciones e incrementaciones , que el sólo hecho de escribir ya me lleva mucho tiempo. Más del que imaginan…

Por ello, para leer acerca de “Rosh Hashaná” y “Iamim Noraim” remito a los primeros posts creados del Blog: “El invitado principal” y “En piloto automático”. ¡Que los disfruten!


¡Gmar Jatimá Tová! ¡Tizkú LeShanim Rabot Nehimot Be Tovot!
Alan J. Owsiany

jueves, 10 de septiembre de 2009

Boca Cerrada No Entran Moscas


Sin dudas, si existe alguna facultad la cual no cueste “nada” activarla es la cualidad del habla. “¡Hablas porque el aire es gratis!”, se oye reprochar en situaciones cotidianas no pocas.

Ya sea en reuniones con amigos, en congresos de trabajo, asambleas de consorcio o simplemente descargándose contra el personal en la fila de un banco, todo momento parece ser propicio para que la lengua tenga su “guión teatral”.

A veces, ante la incertidumbre de cómo comenzar la conversación, de cómo “romper el hielo”, se atina a blasfemar a otras personas o contar “novedades” acerca de quién o cuál se peleó con quién, o bien, quién produjo el papelón del siglo al vestirse de manera extravagante en la fiesta del domingo anterior. Quién dice y tal vez, se logre el título del “novedoso”, que tiene las noticias como “pan caliente”, que por fin será escuchado y se lo validará como sujeto, como “persona importante”.

Finalmente todas son excusas de un único mal: las malas lenguas.

No solamente existe una prohibición explícita de la Torá la cual condena a aquella persona que difama a otra, sino que también existen otros “detalles” no menores, los cuales nos ligan estrechamente con el honor y respeto de nuestro semejante.

Sólo por citar alguno de ellos:

Si un amigo se aproximó hacia mí y me contó que en unos días tendrá una entrevista laboral, aún sin especificación por parte de él advirtiendo que no lo puedo contar a “nadie” y sin que aquel relato tenga algo de “malo”, está prohibido narrarlo a terceros. Solamente si él me explicitó en forma precisa que “esto sí lo puedes contar”, me está permitido hacerlo. Es decir, si no afirmó claramente que se puede contar, no puedo divulgarlo.

Nuestros sabios nos enseñan que el hablar defectuosamente de otra persona no sólo daña espiritualmente al que lo comenta y al que lo escucha, sino que hasta la misma víctima es perjudicada.

Es más que comprobable que aunque el agresor desmienta fehacientemente delante de sus oyentes que su relato pasado era totalmente mentira y que buscó simplemente difamar a su contrincante (“motzí shem rah”), esas personas ya no miran con los mismos ojos a la pasada víctima. Es sumamente difícil que la reputación interna que poseían de aquel sujeto antes de la difamación, retorne al estado pulcro anterior. Siempre algo queda (¿o acaso es lo mismo una prenda nueva, recién salida de la tienda, que otra también nueva pero con una pequeña mancha y blanqueada por la mejor tintorería?).

Me asombro en demasía cuando alguien me comenta: “te cuento esto pero por favor no lo hagas público. Me advirtieron que no lo divulgue”. Y la pregunta inevitable que les formulo es:”si te prohibieron que lo cuentes, ¿por qué lo cuentas?”.

Quizá piensen que el saberlo solamente una persona más no hará nada, quedará ahí, nadie más lo sabrá. Viene el rey Salmón y nos enseña en el final del capítulo 10 de Kohelet (10:20): “Ni aun en tu pensamiento digas mal del rey, ni en lo secreto de tu cámara digas mal del rico; porque las aves del cielo llevarán la voz, y las que tienen alas harán saber la palabra” (para más detalles ver la historia de Herodes en Talmud Bablí, tratado de “Babá Batrá” 4 A).

¿Piensan que aquella persona obtuvo mi absoluta confianza? Para nada... ¿Quién me asegura que así como quiso atreverse a contar lo de otros, no contará lo mío también? A estas situaciones personales las traduzco como si me hubieran dicho: “no creas que puedes confiar en mí, pues me cuesta mucho guardar un secreto”. Es que al fin y al cabo somos puras relaciones. Somos como nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

Como estas hay cientos de halajot (leyes) que incumben al cuidado de la palabra. Claro que a través de un artículo no es posible explicitar los innumerables detalles que allí se encuentran. Remito a la magnífica obra del Jafetz Jaim ZZ"L denominada “Shemirat HaLashón” (que también existen traducciones a muchos idiomas).

Como apreciamos, hablar no es gratis. Tiene un precio y que a veces puede ser bastante caro. Pero… ¿por qué existe tanta gravedad en asuntos que respectan al prójimo?, ¿qué tan rigurosa puede ser la ley de la Torá?

Para comprender un poco más, debemos aproximarnos a la composición esencial del individuo.
En hebreo, la traducción literal de “persona” es “adam”. La raíz de esta palabra se puede explicar de dos maneras diferentes:

a) Proviene de la palabra “adamá” (tierra).
b) De la palabra “domé”, que significa “parecido” (a su Creador, Di-s).

De la primera explicación podemos trazar un paralelo entre la tierra y el hombre, ya que la primera puede ser un terreno fértil para que se reproduzca cualquier especie cítrica o vegetal. Todo depende de cómo fue preparada la tierra.

La persona es igual. El terreno está, es decir, la persona existe, vive, respira, pero para que las virtudes y cualidades “crezcan” de manera “fértil”, deberá conocerse la manera adecuada y apropiada para “arar”, “sembrar” y luego “cosechar” los potenciales latentes. Dependiendo de este proceso, dará frutos (o no) nuestra cosecha.

Un sinfín de posibilidades pueden florecer, pero todo basado en la semilla que sembramos.

La segunda explicación nos deriva hacia un versículo inevitable de esquivar cuando abordamos este tema: “Y creó Di-s al hombre a su imagen, a imagen de Di-s lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).

Cada ser humano posee una Chispa Divina que lo caracteriza. Somos parte de un todo que es Di-s. Cada uno es único e irremplazable y por ende, cada misión difiere totalmente a la de nuestro compañero (tal vez ahora podamos estar más tranquilos con nosotros mismos y no mirar tanto a los demás…)

Una persona que ofende a otra, está atentando directamente contra Di-s (jb”sh). Todos tenemos parte en el Todopoderoso. Cada cual que desprecie a su prójimo, su actuar es traducido como una falta sumamente grave, ya que atenta contra la Chispa Divina que cada uno posee en su interior. Un componente esencial y sumamente espiritual.

Volviendo a nuestro tema…

Quizá la dificultad provenga en que el habla no es algo que cueste accionarla (aun teniendo “barreras antifiltros” como los dientes y los labios…) Tampoco se palpa y a simple vista no hay que pagar mucho por ella. No existe una concientización social que objete que su mala manipulación se considera “algo” o que sea “perjudicial para la salud” -¿y para el alma?- (¿o acaso se ve con los mismos ojos a un individuo que ingirió alimentos no Kasher con otro que blasfemó a su prójimo?).

Pero no todo lo que no se palpa no existe. En el mundo no vive sólo lo palpable. Hashem no es visible (“físicamente”), pero de todas maneras sabemos que está junto a nosotros en cada paso que efectuamos.

A muchas personas que se preguntan “¿en dónde está Di-s? ¡No se ve!”, podemos interrogarlos a modo comparativo y salvando obviamente las grandes distancias: “¿en dónde están las ondas sonoras de la radio o la T.V.? Y si es que no existen, ¿cómo es que escuchas tu programa favorito todos los jueves por la noche? No las ves, pero existen, se encuentran en el ambiente… sólo aquel que tiene predisposición a captarlo puede saber que existe.

El tan afamado rabino Amnon Itzjak responde en sus conferencias a esta pregunta de manera similar: ustedes quieren saber en dónde está Hashem y que se los demuestre, ya que alegan creer solamente en lo visible a los ojos. Con ese concepto ustedes no tienen inteligencia, pues tampoco la pueden ni ver ni palpar. ¡Demuéstramela!

Resulta paradójico observar cómo existen tantas personas que cuidan los preceptos del Kashrut de manera excepcional. Cada alimento que entre a sus bocas deberá ser supervisado por el máximo de los rabinos del continente. ¿Pero qué sucede con lo que sale de la boca? ¿También lleva la misma “supervisión”?

Tal vez nos falta un poco más de empatía. Un poco más de ponernos en el lugar del otro para ver qué se siente cuando terceros cuentan nuestra vida íntima, nuestra privacidad. Sin dudas, hoy día no existe un límite claro entre lo privado y lo público. Nada puede dejarse de saber. Ya todos sabemos todo y antes que todo suceda. Pareciera que existiera una obligación de saberlo todo (¿influencias de los medios de comunicación?).

Darse el lujo de “bajar” a otros individuos comentando sus falencias, puede que apacigüe el hecho del tan difícil anhelo de llegar a una categoría privilegiada, sublime. Como diciendo: “¿no observas que nadie es perfecto? Aquel que pensabas que era tan bueno y recto, ¡mira lo que me acabo de enterar! No soy yo solo en este inmenso océano. Todo no es como parece…”, desanimándose y desanimando con picos y palas una meta privilegiada (aunque costosa).

Y con sermones e invitaciones reflexivas filosóficas se descentra lo esencial: uno mismo. Si existe algo allí afuera que me produce molestias, ¿no será que tengo que investigar detalladamente qué anda pasando aquí dentro? ¿”Y por casa cómo andamos”?, dirían muchos (¿mecanismo de defensa propuesto por Freud llamado “Proyección”? Que dicho sea de paso, miles de años antes los Emoraitas nos lo enseñaron en el Talmud en el tratado de “Kidushin” 70 b diciendo que: “Kol haPosel – beMumó posel”, es decir, todo el que descalifica, lo hace desde su propio defecto.)

Había una rab que cuando comenzaba el recitado de la Amidá (fragmento del rezo) lloraba. “En el principio de la Amidá suplicamos: “Di-s, Abre mis labios y mi boca pronunciará Tus alabanzas”, ¿y a quién le pedimos permiso para abrir nuestros labios pronunciando injurias hacia nuestro compañero? Por eso es que lloro”, argumentaba el erudito.

La importancia de lo que hablamos es tan fundamental que los sabios se vieron obligados a incluir un rezo especial (“Elokai, netzor leshoní merah…”) antes de culminar la “Amidá” (fragmento más sublime del rezo). En él rogamos a Di-s que nos cuide de hablar cualquier tipo de mal, ya sea engaños, blasfemias, etc. Para que tengamos noción de la trascendencia de esta plegaria (“Amidá”), cuando los eruditos en el Talmud quieren referirse al rezo en sí, no lo llaman “rezo”, sino “Amidá”.

Cuando el brujo Bilham se encontraba montado en su burra marchando en camino para maldecir al Pueblo de Israel (pese a las advertencias de Hashem de que no lo hiciera), Di-s le envió un ángel que bloqueó el paso del animal. Sin poder contener su frustración e ira y sin entender el proceder de su fiera, Bilham le pegaba a la burra cada vez que se paraba.

Milagrosamente, la burra comenzó a hablarle, preguntándole por qué le estaba pegando. En este momento Di-s dejó que Bilham se diera cuenta que había un ángel que le impedía el paso.

Finalmente Hashem decidió dejar sin vida a la burra, con la que había ocurrido tan significante milagro. El famoso exégeta Rashí nos enseña que el motivo de tal fin fue para que no llegara la oportunidad en la que el animal circule por el mercado (“shuk”) y los pasantes aclamen: “¡miren, allí va la burra que reprochó al brujo Bilham!” (Bamidbar 22:33), y éste último resulte avergonzado.

Una actitud Divina que da mucho para pensar. Analicemos…

Si el animal hubiese quedado en vida, sería una magnífica prueba de “Kidush Hashem” (santificación del nombre de Di-s). Los transeúntes al verla pasar, exclamarían: “¡qué enormes son tus obras, Di-s!”, alabando la cualidad del habla que otorgó Hashem a un animal. ¡Hecho único en la historia! ¡Tal vez habría más retornantes al judaísmo luego de observar una pieza tan valiosa para el monoteísmo! Pero no…

Di-s prefirió arriesgar Su Propio Honor, en aras de que la honra de otra persona, aún tratándose de un malvado, no sea deteriorada.

Más nos asombraremos al investigar el grado de perversidad de Bilham. Hasta tal punto que el Talmud en el tratado de Sanedrín (90A) nos enseña que él es una de las cuatro personas “simples” (“ediotot”) en toda la historia que no tienen Mundo Venidero.

Aprendemos de aquí cuán grande es la honra de cualquier ser humano. Aun tratándose de un malvado entre los malvados, no por ello pierde la calidad de persona que merece como sujeto (Rab Jaim Smulevich ZZ”L, en el libro “Sijot Musar”, capítulo 79).

¡Cuánto más y más debemos preocuparnos por la dignidad de nuestro semejante! Seguramente las personas con las cuales nos relacionamos cotidianamente no llegan a los abismos lastimosos a los que sí llegó este personaje. ¿Y por qué no cuidar su nobleza también? ¿Por qué entonces no “sacrificar” (tal como Hashem lo hizo con la burra) muchas “broncas”, “celos” o la categoría de “saberlas todas”, que podrían resultar ampliamente dañinas para nuestro compañero?

Tal como nos enseña el rey Salomón en Proverbios (18:21): “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.” Siempre existen las dos caras de la moneda. Las dos maneras de ver las cosas. Las dos formas de comportarse. Y si el tema del habla es el propuesto, bien sabemos las interminables Mitzvot (preceptos) que con ella podemos realizar: bendiciones de tipo diverso, saludar al prójimo, estudio de Torá, rezar, respetar a los padres, dar ánimo al pobre, reprochar (de manera delicada) al compañero… y la lista puede continuar…

Y claro, contrariamente y con la misma facultad, el habla también puede destruir hogares, parejas, amistades y hasta distanciar familias enteras por muchos años (si no es por la eternidad…)

Toda persona que desee modificar algo en su conducta y no sabe con qué comenzar, nada mejor que entrenarse en este asunto. Sabiendo que el individuo habla aproximadamente doscientas palabras por minuto (así lo estimó el Jafetz Jaim ZZ”L), no es nada estimulante calcular el número de prohibiciones por las cuales se pasaría tan sólo con cinco minutos de café, un puñado de amigos y unas pocas masas.

Recordemos los que una vez mencionamos en nombre del Rab Shlomo Wolbe Z”L: de las pequeñas cosas podemos tener beneficios múltiples y asombrosos.
Un medicamento puede tener un tamaño muy pequeño, pero puede bastar para curar enfermedades terminales. Así también, una simple pastilla venenosa de no más de 5 gramos puede terminar con una vida (“Alé Shur”, tomo 2).

Simples, pequeños y diminutos accionares pueden terminar con muchos males. Sean sociales, psicológicos o comunitarios. Tan sólo valorando a quién se encuentre a nuestro lado, podremos respetarlo en tiempo y forma. Aprendamos a observar nuestro entorno. A otorgarle valor a lo que realmente vale. Y, por sobre todo, aprendamos a no dejar cabida para que entren las moscas…

viernes, 4 de septiembre de 2009

Reglas Para Criar Niños Delincuentes

Los padres queremos que nuestros hijos crezcan como hombres y mujeres de bien. Anhelamos y presumimos poder crear obras maestras de moralidad y honestidad de nuestros hijos, pero la realidad nos revela que a veces se produce lo contrario. Tomando la ironía como regla de escritura, años atrás un organismo gubernamental publicó la siguiente lista titulada: “Doce reglas para criar un niño delincuente”:

1. Comienza en la infancia, dándole al niño todo lo que él quiera. De esa forma crecerá pensando que el mundo le debe su existencia.

2. Cuando diga algunas palabrotas, ríe. Eso le hará pensar que es gracioso e inteligente. También le dará coraje para crear frases "graciosas e inteligentes".

3. No le des ningún tipo de "entrenamiento espiritual". Espera hasta los 21 años y déjalo decidir por sí solo.

4. Evita usar la palabra "equivocado". Esto puede causar un complejo de culpa. Después, cuando vaya preso, podrá sacar en conclusión que la sociedad está en contra de él y que está siendo perseguido.

5. Recoge todo lo que el niño deje desparramado por la casa: libros, zapatos, ropas. Haz todo por él, así tendrá experiencia en arrojar toda la responsabilidad sobre los hombros de los demás.

6. Déjale leer cualquier tema en que pueda colocar sus manos. Cuida siempre que los vasos y platos estén bien esterilizados, pero deja su mente deleitarse sobre la basura.

7. Discute siempre delante de tus hijos. De esta forma no quedarán tan impresionados cuando en sus hogares se destruyan en el futuro.

8. Dale al niño todo el dinero que quiera gastar. Nunca lo dejes ganar el suyo propio. ¿Por qué habría de pasar por las dificultades que tú has pasado?

9. Satisface todos sus deseos por la comida, bebida y confort. Cuida que cada pedido sea realizado. Negar podría llevar a una frustración muy perjudicial.

10. Toma su lado contra los vecinos, profesores y policías. Todos tienen preconceptos contra tu niño.

11. Cuando él se meta en un verdadero enredo, justifícate diciendo: "Yo nunca logré controlarlo".

12. Prepárate para una vida de pesar y disgustos. Haz hecho todo para merecerla.

jueves, 27 de agosto de 2009

Los Dos Hermanos

Una antigua leyenda relata que hace mucho tiempo vivía en Ierushalaim un anciano y sus dos hijos. El mayor era soltero y vivía solo, el menor estaba casado y tenía tres hijos. Ellos eran agricultores y cultivaban la tierra.
Los hermanos se amaban tanto que no querían dividir el campo entre ellos. Araban, sembraban y cosechaban juntos. Y el producto del trabajo era dividido en partes iguales.

Una noche, el hermano mayor estaba preocupado y no podía dormir pensando: “Yo vivo solo, sin mujer ni hijos. No tengo que alimentar ni vestir a nadie. En cambio, mi hermano tiene la responsabilidad de mantener una familia. ¿Es justo, entonces, que los dos recibamos lo mismo por nuestro trabajo? Sus necesidades son mayores a las mías”.
A medianoche se levantó, tomó parte de su trigo y las llevó al campo de su hermano. Regresó a su cama y se durmió tranquilo.

Esa misma noche, tampoco su hermano podía dormir, pues pensaba: “yo tengo hijos que se preocuparán por mí cuando en la vejez, pero mi hermano… está solo, ¿quién cuidará de él? No es justo que compartamos la cosecha del mismo modo”.
Así que se levantó, tomó parte de su trigo y lo colocó en el campo de su hermano. Regresó a su casa y se durmió profundamente.

Por la mañana, los dos hermanos se asombraron al ver la misma cantidad de trigo cosechado que habían dejado la noche anterior, pero ninguno dijo una sola palabra.
Lo mismo sucedió durante las siguientes dos noches…

La tercera noche, cuando cada uno de los hermanos estaba llevando parte de su trigo al campo de su hermano, se encontraron en la cima de una colina. Inmediatamente comprendieron lo que había sucedido. En el lugar donde estaban y sin decir nada se abrazaron y lloraron de felicidad.

Di-s, que fue testigo del profundo amor entre estos dos hermanos, bendijo el lugar donde se encontraron y lo eligió para construir allí el Beit Hamikdash.
Y cuando el rey Shelomó construyó el Templo, lo hizo precisamente en ese sitio donde fluye la paz y el amor.

¡Gracias a D.T. por su colaboración!

martes, 18 de agosto de 2009

El Reflejo De Las Redes Sociales

Todo individuo comunica. Verbalmente o no, pero nunca deja de hacerlo. Paul Watzlawick en sus axiomas de la comunicación nos diría más precisamente que “no es posible no comunicarse”.

También mediante la comunicación podemos detectar cuáles son las necesidades o maneras de pensar del otro. Si cuando bostezo no tapo mi boca y noto en el rostro de mi compañero un disgusto, aun sin él emitir palabra, comprenderé que esa conducta no es aprobada –al menos- por su persona. Por lo tanto, ahora dependerá de mí y sólo de mí, ajustarme a su realidad o ignorar su postura.

Sin dudas que el auge del momento en el mundo cibernético son las redes sociales. Facebook, Twitter, Sonico, Linkedin, de todos los gustos, tallas y colores. Claro que no todos los usuarios lo utilizan con el mismo fin, las motivaciones son variadas: contactos profesionales, reencuentro con compañeros de la infancia, amigos virtuales. Pero… ¿qué necesidades tendemos a comunicar mediante sus aplicaciones?, ¿a qué se debe el éxito rotundo y oportuno?, ¿no estaremos buscando algunos vacíos existenciales que el afuera no puede brindarnos?

En una sociedad sorda que ni las trompetas ni el ruido de las guerras se suelen oír, cualquier medio es válido para hacerse valer y escuchar. No hace falta irse muy lejos para observar la gran demanda de ayuda psicológica que existe en nuestros días. Psiquiatras, psicólogos, psicopedagogos, counselors, todo es válido para ser escuchado. El individuo hasta es capaz de pagar una consulta solamente para que otro lo escuche, sin emitir ni juicio ni opinión, simplemente “alquilarle” sus oídos por unos minutos. Tal vez el egocentrismo tenga la palabra, y ya no disponemos ni del tiempo para un otro que se encuentra al lado nuestro diariamente. A un otro que le juramos “amor eterno”.

La tecnología avanza, aparatos cada vez más pequeños y con más botones y funciones que tal vez nos hacen olvidar su verdadera función: comunicar. Más comunicados que nunca, más descomunicados que siempre…

“¿Qué estás pensando?”, nos anima a escribir un cuadro de texto. Un cuadro mágico que se transforma en un lugar en donde podemos expresarnos y a la vez esperar una respuesta del exterior, un reflejo o aporte sobre un estado de ánimo. Ya sea un “que te mejores”, “te quiero mucho”, “¿qué sucedió en tu trabajo”? Pero con la misma finalidad: que las palabras no se las lleve el viento. Dejar una marca que tal vez muchas veces es ignorada cuando es escuchada en la realidad. Que quede un registro del sentimiento o del pensar. Un aval.

El texto escrito en muchas oportunidades se piensa no sólo por el fin mismo de expresarlo sino para observar qué opinarán los conocidos o “amigos”. “¿Seré gracioso?”, “¿me apreciarán más si se enteran que soy voluntario en un geriátrico?”, “¿si me hago fan de Freud dirán que soy el mejor psicólogo del continente?”.

Se le otorga un “poder especial” al usuario de catalogar si aquel artículo o vínculo es interesante o “le gusta”. Un medio que, al fin, le otorga valor a su opinión. Sólo él mismo podrá decidir si le ha dejado de “gustarle” aquella información.

Se torna sumamente doloroso no ser escuchado. Ser ignorado, indiferenciado. William James es más preciso al exclamar que: “No podría idearse un castigo más monstruoso, aun cuando ello fuera físicamente posible, que soltar a un individuo en una sociedad y hacer que pasara totalmente desapercibido para sus miembros”.

Ni que hablar de las aplicaciones como una tan famosa y popular que dice: "¿Que piensan tus amigos de ti?". Estamos condicionados a actuar en base a las perseguidoras y persecutas miradas de nuestros seres queridos. Existe una necesidad de que los demás reafirmen la existencia propia. Que me acepten a todo precio. Tanto, que a veces se llegan a realizar accionares impensados. Y todo para ser parte, para pertenecer…

Suelen observarse decenas y centenas de "amigos" agregados. Solicitudes de “amistad” a borbotones. “Amigos”, una palabra que hoy día se dice casi sin pensar lo que ello implica. Ya todos “ganan” esa relación por tan sólo una vez en la que le preguntamos a nuestro vecino la hora o el pronóstico del tiempo (y se ve reflejado en el día del amigo donde el primero que se nos cruza, lo saludamos como si lo conociéramos de toda la vida).

En algunos casos es tanta la necesidad de los "amigos" que se hacen competencias para observar quién reúne más. ¿Más de qué?, me pregunto. Poco de mucho, mucho de nada...

Sin dudas que nuestra forma de comunicarnos en la actualidad preocupa. Preocupa porque las necesidades no se satisfacen y cada vez hay más personas que se sienten solas… No que están solas, sino que se sienten solas… Podemos estar en una fiesta llena de invitados pero no conocer a nadie. No estamos solos, pero nos sentimos solos, que es peor…

Todo individuo tiene la necesidad de ser respetado y valorado. De saber que no está solo, que hay personas que lo aprecian, que desean su bien.

Abraham Maslow escribe en el capítulo 5 de su libro “Motivación y personalidad”: “En nuestra sociedad, la frustración de estas necesidades (de amor, afecto o posesión), es la causa más corriente de los casos de mal ajuste y psicopatologías más graves.”

El médico psiquiatra, psicodramatista y psicoterapeuta Claudio Adrián Rud nos diría en términos similares y ampliando un poco más la idea: "Todo aquel que consulta ha sido o es víctima de alguna forma de desamor. Ya sea de la forma más brutal, como el desinterés, la violencia; o bien bajo una apariencia más leve como la manipulación, el amor condicionado, el abuso del poder de quienes están ejerciéndolo por la investidura que los sustenta" (Psicoterapias en Argentina, página 231).

Tal vez por algo no resulte raro escuchar a una enamorada decir: “muero por él” o bien “muero por ella”. El amor incondicional de un otro que me respetará siendo lo que sea, con mis virtudes y mis defectos, es lo que a veces provoca esas mariposas en el estómago difíciles de detallar.

Si Di-s no hubiese creado a los bebés y niños con esa facultad de belleza estética y esa apariencia de “muñequitos” que enternecen a cualquier persona que aparezca en sus caminos, tal vez morirían de amor por individuos irresponsables (que aun dándose estas cualidades, en la realidad ocurre también…)

Y sí, quizá deberíamos replantearnos si no buscamos en la red otras necesidades que en la realidad no podemos concretar por los motivos que sean: timidez, temor al qué dirán, no “encajar” en un grupo, sentirnos desvalorados. Bajo ningún aspecto se podría afirmar que todas las personas que utilizan redes sociales padecen de estos “desamores”, pero es un posible disparador que puede servir para aquellos que deseen reflexionar sobre sí mismos…

¿En qué estamos fallando? ¿Qué podemos hacer para mejorar? ¿Cómo ayudar para beneficiar a los demás?

Sepamos que con el hecho de plantearnos este tipo de preguntas ya estamos haciendo mucho. Reflexionar y aceptar nuestras fallas y debilidades es la mejor manera para que la acción tenga lugar.

El que busque una fórmula secreta se frustrará al leer estas líneas. Se frustrará porque no la encontrará. Cada uno tiene su camino y cada persona tiene sus gustos. No se puede universalizar. Todo sujeto es único e individual. Estará en uno detectar la fórmula más apropiada para cada caso.

Los “quebrachos” (así los llamaban en el colegio) se reencontraron en un restaurante luego de 30 años. Las emociones de ese día eran especiales. A pesar de ser tan iguales e integrar la misma “barra”, al solicitar la orden al mozo, cada uno pidió un plato distinto. “No, a mí no me agradan las papas fritas”. “La tarta de ajo con cebolla hierve en mi lengua”. “La berenjenas me producen aftas…”

Así como en lo gastronómico cada uno tiene sus “gustos” para satisfacer la necesidad básica del hambre, de igual manera y con más razón sucede en cualquier esfera de la vida y en las más variadas necesidades, ya sean fisiológicas o psicológicas.

Con los valores ya tan desgastados, siendo tan solamente personas, simplemente de esa manera y brindando esa calidad, estamos haciendo mucho…

Debo reconocer que me estremece en demasía cuando luego de un robo se escucha a las víctimas afirmar: "los ladrones nos trataron muy bien. No nos pegaron ni nada…” Estas personas han sido objeto de hechos delictivos, perdieron tal vez toda su fortuna, pero los tranquiliza no haberse llevado una brutal golpiza. ¿Y por qué? Porque últimamente no es “normal” que roben y que a su vez el efecto de la droga no los impulse a agredir salvajemente. Pareciera como si las verdaderas víctimas hayan sido los delincuentes. Como si éstos últimos les hayan hecho un “favor” al no golpearlos. Porque se vuelto anormal ser normal…

“Diezmar diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año” (Deuteronomio 14:22).

La Torá nos obliga a diezmar toda ganancia que acceda a nuestros depósitos. Tal vez nos quiera enseñar que no podemos tener provecho de este mundo sabiendo que otro sufre o no dispone de los medios suficientes. Que si tenemos la posibilidad de gozar, que lo hagamos, pero no sin antes olvidarnos que hay otros individuos que por su situación no pueden hacerlo como nosotros, solidarizándonos con aquellos en una mínima medida.

Pero no solamente a la cosecha se refiere. Ni tampoco a todo lo material y monetario. Cualquier bien, sea monetario y/o espiritual se debe diezmar. Eso significa que si Di-s te otorgó alegría, debes compartirla con los demás. Si posees seguridad emocional, debes ayudar a otros a que la adquieran. Si tu vida psíquica está ajustada, trata de socorrer a aquellas personas que no lo están.

Porque es más simple entregar dinero. Menos comprometedor. Es un instante y se acabó. Se puede entregar y aun tener el lujo de posar una mala cara, y el fin se cometió (lamentablemente así algunos piensan… mejor que no hubiesen otorgado…) Y también, por qué no, sentirse “todo poderoso”, fuerte, sólido, que otros lo necesitan para subsistir…

Cuando la Torá enumera las aves que no están permitidas ingerir, nos dice en uno de sus pasajes: “(Y estas son de las que no podréis comer:) la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago (Deuteronomio 14:18). Al referirse a la cigüeña, la Torá la denomina “Jasidá”. El Talmud explica que la raíz de su nombre proviene del vocablo “Jesed”, es decir, “bondad”. Si esto es así, ¿por qué ella está entre los pájaros impuros, que normalmente son aves de rapiña? El libro “Meotrezenu Ha Iashan” nos explica: porque la cigüeña es amable sólo con sus pares. Sólo se preocupa por aquellos de su propia bandada o grupo.

Hay mucho para hacer y con pequeños actos mucho podemos lograr. Un saludo, un “¿cómo estás?”, una mínima preocupación por el otro, cambian vidas enteras. Otorgan valor a las personas, las hacen sentir que son importantes, que valen, que merecen respeto. Que son realmente personas…

Efectivamente podemos derribar muros de angustias con taladros o con algo mucho más efectivo: palabras.

viernes, 14 de agosto de 2009

"¡Bienvenido!" - ¿Realmente Bienvenido?



Esta historia, cuenta Lucio, sucedió cuando era niño.
Un día papá llegó a casa acompañado por un señor muy elegante. No lo conocíamos.
Papá hizo pasar al huésped al comedor principal, y le invitó a que se siente en el propio sitio de papá allí, en el comedor. A nosotros nos pareció todo muy extraño.

Cuando nos sentamos a la mesa, el visitante comenzó a hablar. Hablaba y hablaba...
En realidad, no se le entendía todo lo que decía, pero, - claro – éramos niños – y los niños no comprendíamos todo lo que hablaban los grandes.
Evidentemente, este señor explicaba cosas muy importantes, porque se le prestaba mucha atención, y ¡no se le debía interrumpir!

Luego de un rato que el invitado charló, pasó algo insólito. De repente se puso a reír y papá se enojó por lo que estaba diciendo. Entonces, rápidamente buscó una especie de mordaza y la colocó sobre la boca del extraño para que quede en silencio.
Como vimos que papá se puso mal, creíamos que lo echaría de casa. Igualmente no entendíamos nada.
Pero no. Dejó así no más al hombre sentado…

Al día siguiente papá le dio otra oportunidad para que el huésped hable. Y se repitió la misma escena.
El visitante nuevamente comenzó a disertar sin parar...
Al igual que en la vez anterior, no comprendíamos lo que hablaba y siempre dominaba el interés de papá, tan así que no se le podía molestar.
¡Otra vez lo mismo!
Imprevistamente estalló con carcajadas y papá le tapó la cara.
Así sucedía día tras día.

La intriga se apoderó de nosotros: no entendíamos nada. ¿Qué era aquello que papá no quería que se escuchara cada vez que el señor se reía?
No preguntábamos, porque a nosotros se nos decía que cuando fuésemos grandes, íbamos a entender las cosas. ¡¿Para qué, pues, preguntar?!

Un día, el visitante – bueno, ya no era más un visitante, pues parecía el dueño de la casa – hablaba como de costumbre. Mamá se acercó a la mesa y susurró algo al oído de papá. Papá se levantó, dejó a su amigo conversando y salió corriendo. Algo habría pasado.
Puesto que nadie lo interrumpía, el señor hablaba – y se puso a reír como de costumbre…
Se rió, burló, y dijo cosas feas que en casa no decíamos…


La vida, tal como la conocemos en la actualidad y en la sociedad en la que hemos nacido, tiene sus normas.
No son todas leyes escritas en libros sagrados, ni tampoco son disposiciones legisladas por las instituciones nacionales que tienen la autoridad para hacerlo, sino que son aquellas que dirigen la vida del hombre moderno, pues más allá que no estuvieran “escritas”, poseen incluso (mucho) más fuerza y rigor que las que están en los textos.

¿Cuáles, pues, son esas leyes?
Nos referimos a los temas que la gente hace “porque es así”, y porque nadie los cuestiona.
Somos parte de la “manada”, y copiamos las cosas que todos hacen. Cuando todos lo hacen, es porque es “normal” que así sea, y no se discute.

Cuando yo iba a la escuela primaria había un escenario que se repetía casi todas las mañanas en el patio, mientras esperábamos que suene el timbre para la formación y el izado de la bandera. Se formaban “rondas” de compañeros que compartían lo que habían visto la noche anterior en la pantalla de televisión.
Claro, estamos hablando de los programas infantiles de los años sesenta, en blanco y negro, antes que se sumen los resonantes videos, y la cantidad enorme de programas que aturde hasta a los más avezados. Era la época en la que había que levantarse y acercarse al aparato para cambiar de canal, pues aún no se había inventado el control remoto…
¡Era todo tanto más simple e inocente!

El motivo con el que mi padre sz”l respondía a la pregunta por qué nosotros no teníamos un televisor en casa – cuando todos los demás lo tenían – era una breve cita de la Torá en Parashat Ekev (Dvarim 7:26): “y no traerás la abominación a tu casa”.
El Pasuk sigue: “y volverás a ser proscrito como ella”.

El pasaje que citamos obviamente no se reduce al significado aludido – pantalla grande o chica (los Sabios mencionan muchas situaciones que se desprenden de estas palabras) - pero comprende también esta situación.

Claro, nosotros nos (mis hermanos y yo) sentíamos excluidos de esas conversaciones y no podíamos más que conjeturar qué era lo que narraban los compañeros de clase con tanta avidez y entusiasmo.
(En realidad, puesto que no se trataba de una escuela judía, estábamos auto-excluidos de la comida, de las fiestas de cumpleaños, de los campamentos y básicamente de todo lo que no fuera parte del currículo académico específico de la escuela. Entendamos también, que la vida social de hace cuarenta y cincuenta años, era mucho más reducida que la actual, y que la estructura de familia era más tradicional, compartiéndose por ello mucho más en casa y tanto menos afuera…).

Habiendo transcurrido tantos años desde aquellas etapas infantiles, cuando intuimos qué es lo que pensaban nuestros progenitores al respecto, inferimos que muy posiblemente nuestros padres querían precisamente que nos sintamos “ajenos” dentro del círculo escolar al que asistíamos, fortaleciendo por otro lado desde nuestro hogar, la convicción que debería regir las decisiones de nuestra vida.

Recuerdo que aun en aquella época ya existían las famosas “villas miseria”, en las que las “casas” ya lucían las orgullosas antenas sobre sus techos, aun cuando dentro de esas mismas casas podían carecer de elementos que nosotros entendemos como básicos para el funcionamiento de una casa: agua corriente, cloaca, gas, etc.

Casi solamente nosotros éramos los “distintos” respecto a lo que todos tenían….

Antes de entrar en el tema de la T.V. (¿“Traga Vidas”, “Todo Vale”?), pido que se entienda que esta nota no quiere ser una nota estereotipada en la que “se habla en contra”.
Muchos han nacido y crecido dentro de este sistema y difícilmente se lo puedan imaginar diferente. ¿Acaso sería fácil despedir al lavarropas o a la heladera de casa? ¡Forman parte de nuestra vida!

Para muchas mamás que deben llevar adelante una vida en la que cumplen numerosos (y simultáneos) roles - especialmente aquellas que no poseen ayuda doméstica – este aparato y sus programas aparentemente le ayudan a mantener la tranquilidad en casa entreteniendo a los niños mientras ellas tratan de bañar al bebé, preparar la cena, atender llamados telefónicos, etc.

Para muchas otras personas - de todas las edades - este aparato las distrae durante prolongadas horas al día, permitiéndoles relegar sus penas y los pesares de su vida que no saben (o no pueden) resolver. Una vez que están “enganchados” mirando algo que les trae placer, se olvidan - por un tiempo - de todo lo que los aqueja. Obviamente sus problemas no se resuelven, pero la distracción o el pasatiempo funcionan como anestésico que los seda por un tiempo.

No entraré en muchos aspectos que no entiendo: la concentración que se le da a la T.V. (dicen) afecta al sistema inmune y es una de las causas del aumento exagerado de peso.

Vayamos, sin embargo, a aquellos puntos que sí están más cercanos a nosotros desde el ángulo moral.
Al carecer de criterio, la T.V. (tal como tantos chiches modernos) se ha convertido para muchos en una adicción. Aquel que no domina su acción, permanece dominado y reitera instintivamente la acción sin poder detenerse, aun cuando se está provocando (incluso concientemente) daño (en este caso: no duerme, no cumple con sus obligaciones y compromisos, no responde a su familia, modifica destructivamente su conducta), se llama que es adicto a esa actividad.

Ciertamente el ser humano posee un enorme potencial de creatividad cerebral. Si bien nuestra época, más que cualquier otra anterior, le brinda al individuo acceso casi ilimitado a información con muy poco esfuerzo, inversamente va decreciendo la predisposición y voluntad de aprovechar y utilizar la ciclópea capacidad con la que hemos sido agraciados.
La cantidad de horas que la persona permanece atónita frente a la pantalla, se traducen automáticamente en un incrementado entorpecimiento, por perder la facultad de creación y pensamiento propio. Esto no es poca cosa.

¿Cómo fue la anécdota con la que comenzamos estas líneas?
Un invitado que se instala en la casa y ocupa el espacio de autoridad del hogar…

Bien. No es secreto que en muchas familias los padres han perdido la potestad natural que deberían tener, y están agradecidos cuando pueden tener esporádicamente un diálogo tranquilo con sus hijos.
¿Por qué los padres dejan de tener esa atribución – si no porque se la han otorgado gratuitamente a este extraño a quien invitaron y ante quien mantienen un respeto reverencial?
¡Cuánto se pierde en términos de confianza y de transmisión de enseñanzas, cuando los padres renuncian de este modo a la autoridad natural investida a ellos por Di-s!
A esto se le agrega el hecho - no raro - que el cuantioso tiempo dedicado a la pantalla (habitualmente en el preciso momento en que la mayoría de la familia está en casa) impida, en la práctica, un diálogo entre los propios miembros de la familia.

¿Y los noticieros?
¡Son “solamente noticias” – hay que estar informado!
Pensemos por un momento en la naturaleza de las noticias que se emiten a diario.
Algunas – no muchas – son realmente útiles, y necesitamos saberlas.
¿Pero – cómo hacen los noticieros para llenar los espacios?
“Religiosamente” – cada media hora debe suceder “algo importante” que le dé a la gente la sensación de que no se puede perder escuchar las emisoras.
¿Y si no sucedió nada?
Pues hay que tomar alguna “noticia” aunque haya sucedido en algún sitio remoto del mundo del que no se ha escuchado jamás, y transformar esa “noticia” en algo que llame la atención.
Los locutores están entrenados para dar una tonada grave a su discurso y que conmueva a los oyentes.
Cuando esto se transmite de la radio a la T.V. “se vive” más de cerca. Se distinguen las escenas de sufrimiento y dolor de cerca. Se avista la sangre, los malvivientes, los policías, la guerra, la destrucción, etc.
Crea una terrible tensión en las personas. Les da la continua sensación escalofriante de vivir en un mundo injusto. Se participa pasivamente de crímenes que en su mayoría terminan impunes…
De tanto escuchar historias pronunciadas con la voz modulada de modo tal que produzca el impacto que quieren, llegamos al punto de desgaste, en el que terminamos perdiendo la sensibilidad por lo trágico – y aceptándolo como “parte de la vida”.

No olvidemos: los seres humanos también tendemos a copiar las cosas que vemos.
La violencia que se advierte en las noticias, brutalidad física, desgracia, ruina, excitación, el salvajismo verbal, las exclamaciones de venganza de los familiares de las víctimas – no pasan sin dejar una huella en quien los vio.

Pasemos, pues, a la parte ficticia e ilusoria de la T.V.: las películas.
Obviamente, no existe film que no intente mostrarse como inédito para ser considerado original. Tampoco puede haber una historia a la que le falte “suspenso”, para que los espectadores la vean hasta el final. Es más: precisamente la agresividad y el misterio dentro de una vida de intriga, son los que constituyen la esencia de las películas, y que a pesar de ser en el fondo situaciones virtuales, se ensayan y repiten hasta que terminan viviéndose como si se tratara de la vida real.
En comparación a esa vida (aparente e inverosímil), la existencia del ciudadano promedio es “monótona”. ¿Por qué no darle a la propia vida, entonces, un poco de aquella “pasión” que uno advierte en otros durante tantas horas…?
¿Ud. se extraña que las personas busquen una vida adicional a la “aburrida” que viven en su hogar…?

Los programas más exitosos son los que se dedican en particular a conocer y difundir las intimidades de las personas.
Y no es de extrañar: para una sociedad mediocre que sufre de baja auto-estima, curiosear la vida de otros, es lo que más se ajusta a su gusto: ¿es también el suyo?

A esto debemos sumarle la publicidad que sostiene el sistema.
Puesto que la competencia por lograr hacerse de pocos o muchos pesos que hay en nuestros bolsillos es feroz, el medio público que la gente más mira, es aquel en el que más se esmerarán por lograr que en pocos instantes (los segundos de la pantalla pueden ser muy caros) se logre una imagen que permanezca en la mente de los que la miran cuando vean aquel producto en góndola.
Pero: ¡¿cómo se hace que justamente la idea del producto de uno supere a todos los demás?! ¡hay tantos competidores!
La respuesta reside en mucho dinero invertido para conocer e interpretar la psicología humana, sus apetitos y sus instintos más bajos, para asociarlos al cuadro que se quiere formar y dejar grabado en la mente del público.
Cada empresa vende su producto, y todas se unen para crear con su publicidad el descontento que prevalece en la sociedad (nada alcanza, lo que tengo ya es viejo, otros la pasan mejor…). Todas se asocian también para hacer caer el umbral de lo moralmente aceptable por la gente que aún intenta mantener cierta dignidad.

¿Horario de protección al menor?
No existe.
Y si existiera: ¿no se entiende que es lo que más convierte en atractivo aquello de lo que – supuestamente – se le quiere proteger?
Aparte: ¿acaso los “mayores” estamos más allá del bien y del mal?, ¿ya hemos superado y dominado las inclinaciones inicuas? ¿pues qué haremos en Iom Kipur, y qué nos queda para hacer en este mundo?

En resumen: nada de lo que hemos expuesto es un secreto.
Quienes son devotos espectadores, podrán sumar muchos defectos adicionales, pero no es necesario.
No es necesario ser rabino para alzar la voz y protestar. No escribimos estas líneas porque nos pagan para hacerlo….
Tampoco soy presumido de pensar, que todos los que leen este fascículo inmediatamente descarten un aparato y una forma de vida que han mantenido durante toda su vida, y que creen inalterable e irreemplazable.

Pero: ¿no hay también programas valiosos?
Quizás los haya. Pero debemos saber reconocer su valor real (que habitualmente se puede suplir con la lectura de libros y enciclopedias) - frente al riesgo que implica el resto de las cosas que se muestran (y están ahí no más, en el canal de al lado)...

Como dijimos anteriormente: en muchos hogares la T.V. cumple el rol de chupete y en otras también de niñera. No será fácil reemplazarlo.
¿Cuáles son las alternativas?
Efectivamente, quitar la T.V. implica que deberemos estar presente más tiempo con los niños, aprender a jugar con ellos y utilizar toda nuestra inventiva para llenar su vida con material constructivo, y… mucho cariño para brindar.
Obviamente también, requerirán el respaldo emocional y una clara demostración de orgullo judío para saber que no “son menos” que aquellos que sí la tienen.

El mensaje será claro.
Sí: somos distintos y elegimos serlo. No pertenecemos a ciertos sectores de la sociedad. La hostilidad de este medio, aun cuando parece tan atractiva, crea en nosotros lentamente la sensación de ser parte - de aquello que no queremos ser parte. Y que si nos olvidamos, otros – con odio más manifiesto – nos lo recordarán, como lo hicieron a través de toda la historia.
Quizás no podamos modificar el entorno. Quizás, tristemente, veamos a diario lo que no debemos ver. No fuimos de acero. Somos de carne y hueso.
¡¿Pero invitarlo a casa?! ¿Por qué?

Indudablemente, hay que estar dispuesto a hacer el esfuerzo y si se tiene la valentía de hacerlo, la recompensa se vivirá en este mundo: en la oportunidad de tranquilidad del propio hogar.
Si se toma esta decisión, esto velará por el bien de los hijos y su futuro espiritual.

Rab Daniel Oppenheimer

jueves, 6 de agosto de 2009

En Busca De La Gran Verdad

Meshulam era un joven especial, un ejemplo a imitar, aplicado, predispuesto a ayudar a quien necesitase ayuda y, por sobre todo, sus cualidades se destacaban por sus compañeros. Gracias a ello ganó ese mote otorgado por su familia: “la flor de la casa”. Una casa como cualquier otra casa de su barrio, una familia como cualquier otra familia, que respetaba los preceptor de nuestra Torá y ello constituía la base de su formación.

Meshulam fue el centro de todas las preocupaciones. Había más chicos, pero él, por su condición de menor, era distinto. Esa predilección aumentó luego de la repentina muerte de su madre.

Criado por un padre atareado por buscar el sustento de la casa, pero que a pesar de esa necesidad material estaba permanentemente pensando en sus hijos, especialmente al menor, ya que en su rostro estaba guardad la imagen de su madre.

Pero la soledad puede conducir a situaciones insospechadas, sin importar quien sea. La mente se deja “arrastrar” por conceptos distintos. Más aun para un joven que nada sabía del mundo moderno que tanto atrae. Sueños de conocer, de buscar nuevas experiencias, incluso dejando lo conocido sabiendo que ello es algo saludable tanto para su cuerpo como para su alma. Pero lo desconocido tiene un gusto distinto…

En la soledad de la noche, reflejo de su propia melancolía, Meshulam decidió comunicar a su padre esa determinación que tanto tiempo rondaba en su mente: viajar a la India en busca de su identidad; viaje irrevocable…

Más tarde, su padre llegó a la casa. Una sonrisa se dibujó en su cansado rostro, su querido hijo lo esperaba, algo inusual pero allí estaba, quizás un mal sueño lo había desvelado pero lo importante era que se encontraba.
Se sentaron a conversar por pedido de Meshulam, y aunque al padre ello le resultó extraño, accedió a escucharlo. Prontamente la conversación tomó otro tinte, transformándose en un monólogo. El padre no encontraba palabras para contestar el planteo de su hijo. Estaba azorado. Luego de contar su proyecto, Meshulam le informó que el pasaje era sin fecha de regreso… ¡quizá después de dos o tres años retornaría con su verdad a cuestas! Su papá únicamente atinó a balbucear que siempre tenga presente a su madre y el dolor que su acción le causaría si estuviese viva.

Día a día el padre le insistía para que desistiese de su plan, pero la fecha llegó y todo seguía igual. Hasta en la escalera de embarque el padre trató de disuadirlo, pero el avión despegó arrancando a la “flor” del rosal.
Instantes antes de su partida, Meshulam informó a su amado padre que él no tenía nada que ver con su concepción de vida, entonces… ¿para qué fingir? Y con lágrimas en los ojos le solicitaba su perdón… pero el padre se negó a concedérselo.

La partida fue trágica pero dentro del grito silencioso que se provocó al cruzarse sus miradas, cada uno tenía la esperanza que el tiempo y la distancia hagan su tarea. Por un lado, Meshulam esperaba que su papá lo perdonase y entendiera su punto de vista, y por el otro, el padre soñaba con que su hijo descubriese su error y regresara pronto a su hogar.

Pasaron tres años, breves a los ojos de Meshulam, quien todavía no había encontrado esa verdad que tanto buscaba. Pero los sentimientos y recuerdos pudieron más que esa afanosa búsqueda, lo que lo propulsó a contactarse con su casa… pero no había respuesta. Sus llamadas no eran recibidas.

Unos cuantos años meses más tarde, en esa tierra lejana, descubrió lo pequeño que es el mundo. Un amigo de la infancia, más precisamente de su escuela, estaba allí. ¿Para qué?, ¡quién sabe! Lo importante era que esa persona podría darle los datos que él tanto deseaba: saber de su familia.

Desesperado, Meshulam preguntó por sus padres. Su interlocutor le informó algo que estaba fuera de lo que el joven esperaba escuchar. Con palabras casi inaudibles, su amigo le comunicó: “medio año después de tu partida, tu padre sufrió un ataque cardíaco. Encontró la muerte de forma inesperada”. Meshulam se vio a sí mismo como el verdadero culpable. La noticia remordía su conciencia y, con el corazón quebrantado, decidió que algo debía hacer. Su yo interior le indicó el camino a transitar…
Regresar, allí, a Israel, en donde el “Kotel Hamaaraví” (Muro de los Lamentos) lo “llamaba”.

Se encontraba parado frente al Kotel (muro) pero no sabía cómo había llegado. Sus labios suplicaban y pedían que su padre, desde el cielo, lo perdonase…
Pero su mente no tenía parte en ese pedido, todo partía de su alma. Sus manos, apoyadas en las piedras que fueron parte de la muralla externa del Santuario, permitían que su cabeza se apoyara sin dejar que las lágrimas sean descubiertas por quienes estaban a su alrededor. Lloró por su pasado, pero por sobre todo, por su presente.
En esos minutos que parecían eternos, Meshulam estuvo en esa posición hasta que no tenía lágrimas con que llorar. Únicamente esa reacción física de aflicción partía de su ser.

Un desconocido se acercó y le aconsejó escribir una líneas volcando sus sentimientos, para luego sí, depositarlo entre las piedras del muro, ascendiendo el mensaje directamente hacia al Trono Celestial; tal vez de esta manera, Di-s se apiadaría de él.

Las manos de Meshulam temblaban al escribir: “¡Papá! Estoy en el Kotel (muro) para pedirte piedad para con tu hijo. Tú sabes que el instinto del mal me incitó a realizar lo que hice. Te pido perdón a ti, mamá, y te prometo que retornaré a la senda que ustedes querían para mí, en el camino que ustedes transitaron y por el cual, padre mío, falleciste”.

Meshulam dobló el papel tantas veces como pudo, tratando de ubicarlo en un hueco. Pero al hacerlo, éste se cayó. Una y otra vez ocurría este raro episodio. Algo había tras ello y Meshulam sospechó lo peor… pensó para sus adentros: “¡no tengo perdón!”. Frase que se posesionó de su intelecto siendo de tal magnitud que parecía que esas palabras surcaban por todo el mundo.

Mashulam trató de sacar ese pensamiento de su ser y se dispuso a realizar un último intento. Buscar un sitio donde el papel pueda ser depositado sin complicaciones.
Tomó una silla y recorrió de un extraño al otro el Kotel (muro) hasta divisar una rendija que seguramente albergaría su esquela. Así fue. Pero algo extraño sucedió…
Un papel cerca de él cayó al suelo. Sea como fuese había conseguido un propósito y consideró que ese papel sería su primer acto donde demostraría su deseo de cumplir mandamientos… ¡comenzar esa nueva etapa con una acción bondadosa! Pero antes de devolver el papel a su lugar, la curiosidad pudo con él. “¿Importaría algo si leyera esa nota?”.

Comenzó a abrirla y su sorpresa fue tremenda. La letra le era familiar, muy familiar, demasiado… ¡Era la de su padre! No había duda. Recordó lo que decía su madre: “hijo mío, en la vida no hay casualidades sino una gran causalidad… el Creador es quien decide que ocurra cada acontecimiento que sucede”. Temblorosamente, con lágrimas en su rostro, comenzó a leer aquellas líneas. Allí decía: “Di-s, por favor, Ten Piedad de mi Meshulam que viajó hace dos eses olvidando todo su pasado, olvidándose de Ti… pero, Tú Eres Misericordioso. Si lo tuviera en mis brazos le diría que lo perdono sin importar lo que pronuncié en el aeropuerto. Que todo lo experimentado por él le sirva para comprender cuál es el verdadero camino, teniendo el mérito de formar un hogar bajo Tu Protección, con hijos e hijas temerosos de Tu Nombre. Entonces, Hashem… ¡de seguro que Tú lo perdonarás!”.

Meshulam, al concluir de leer aquellas líneas, no podía dejar de llorar. Comprendió que las súplicas de su padre habían sido escuchadas. Descubrió que el rezo de cualquier ser es tomado en cuenta por el Creador, no importa el tiempo, la respuesta de seguro llegará. Y más aun: que todo depende de la propia decisión: él había decidido averiguar por sus padres y una persona, como un ser celestial, se topó con él. No por casualidad sino producto de su deseo.

Aunque la acción de la persona sea mínima e incluso esté precedida por aparentes cualidades, pero todo depende de esa primera decisión. En un instante toda una vida puede variar, sea para bien o, Di-s no quiera, para lo contrario.

De allí en más, la vida de Meshulam cambió. Retornó a lo que era, cerró ese paréntesis de tres años y esa flor marchita volvió a tomar color y aroma, apegándose más a lo que nunca debió haber abandonado: a su verdadera identidad.

Extraído del “Alenu Leshabeaj”

miércoles, 29 de julio de 2009

Tishá Be Av: Sincerándonos De Verdad

No es fácil atravesar estas fechas. No es sencillo recordar sucesos tristes que nos ponen nostálgicos y melancólicos. No es simple refrescar tropiezos que nos llenan de desdicha y quebranto.

Porque a fin de cuentas, todas las situaciones con que nos topamos y toparemos, fueron y serán manejadas por algo más que la propia razón: por Un Poder Supremo.

Es que se torna más cómodo y confortable transitar estas jornadas como si nada pasó, como que todo sigue igual. “¡Ojalá que pasen rápido estos días!”. En estos últimos tiempos que tanto la frustración como la tristeza deben evitarse a todo precio, sean cuales sean las circunstancias, se pierde el transcurrir de las tragedias; el pasar de las adversidades.

Quizá a veces tendamos a olvidar que la propia sabiduría es la que aprende de todos los sucesos, no solamente de los victoriosos. Todas las crisis y cambios que atravesamos no son más que oportunidades que nos da la propia vida. No quiero decir con esto que las malas resoluciones de los conflictos no nos provoquen dolores intensos de cabeza; simplemente propongo que estemos abiertos a aprovechar el otro polo también. A ver las dos caras de la moneda.

¿Qué sucedió en Tishá Be Av (9 de Av)?

Principalmente la destrucción del Primer Templo (construido por el rey Salomón), y la del Segundo Templo. Estos hechos acaecieron en el mismo mes, Av, y como tradición en el mismo día nueve, pero trascurriendo 556 años del primero al segundo.
También posteriormente fue una fecha en la que sucedieron cantidad de desgracias.

Según la Mishná (Taanit, 4:6), hay algunos eventos que justifican el ayuno y la abstinencia el 9 de Av:

  • Este día, Moisés mandó 12 espías para informarle sobre la tierra de Canaán. Los espías regresaron con malas noticias, y los hijos de Israel sollozaran, temieran y se desesperaran por no poder ingresar a la Tierra Prometida. Este día vendría a ser solemnizado por las generaciones venideras de los Hijos de Israel (Números cap. 13-14).
  • Los babilonios arrasaron el Templo de Salomón (el primero) y toda Judea liderados por Nabucodonosor en el 586 a. C., condenado a la población al exilio de Babilonia.
  • La revuelta de Simón bar Kojba contra Roma fracasó y Bar Kojba, el Taná Rabí Akiva y miles de sus seguidores fueron asesinados
  • El Segundo Templo fue destruido por el Imperio Romano en el año 70, llevando a los judíos a una diáspora de dos mil años (fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Tisha_b)


Los sabios nos enseñaron que los motivos por los cuales estos sucesos sucedieron fue por falta de consideración del prójimo. Por “odio gratuito” (ya hablamos en una oportunidad de los motivos específicos, para ampliar el tema se puede visitar el post anterior).

Difícil se torna aceptar a todos como realmente son. Difícil resulta no guardarse algo –al menos- en lo profundo del corazón con lo que nos hicieron mucho daño. Circunstancias que tuvimos que sufrir; espinas que se clavaron muy profundamente; y las heridas aun no se cierran…

Intentamos pero no podemos. La maldad se apoderó de aquellas personas en tal momento, y los damnificados resultamos nosotros. Palabras que duelen. Actos que destruyen…

¿Y ahora se pretende que no odiemos a nadie, aún en una mínima medida? ¿Cómo puedo lidiar con un sentimiento? ¿Acaso es posible poder dominar mis sentimientos? ¿Cómo decirle a mi organismo, a mi corazón, que deje de sentir rencor?

Si supiera la respuesta no estaría escribiendo en estos momentos. Supongo que hubiese llamado telefónicamente a cada uno de ustedes, dándoles el antídoto a este mal tan grande que nos degrada tanto. A estas situaciones tan tajantes y desgarradoras.

Lo que sí sé es que se torna un ejercicio prolongado. De la noche a la mañana no puedo auto-engañarme diciendo que: “lo perdoné de todo corazón; no siento nada dentro mío, ya todo se esfumó”. Eso es mentir. Ser incongruente. Enmascararse.

Un perdón que no es sincero no tiene valor, ni para el que lo pide ni para el que lo da.

Antes de irnos a dormir, hay un texto que se recita antes del “Kriat Shemá” en el cual la persona dice que perdona a todo sujeto que le hizo algún daño, sea monetario, verbal o actitudinal, para que otros sujetos no sean castigados por culpa propia. En una oportunidad, observaron a un tío del Rab Shaj ZZ”L dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.

“¿Qué sucede? ¿Por qué no te duermes?”, le preguntaron. “Pasa que tuve un hecho un tanto doloroso en el día de la fecha y aun no puedo perdonar a aquella persona, entonces, ¿cómo podré decir “perdono a toda persona que me hizo un daño”, si realmente así no lo siento? Estoy tratando de perdonarlo para poder pronunciar el texto sin llegar a mentir…”

Ser conscientes que debemos llegar a algo, aunque no lo hemos logrado, es un gran paso. En cualquier esfera. “Se la verdad, pero estoy en camino” es sinónimo de voluntad, y eso es sumamente positivo. Tampoco quedarse en el molde, claro, ni creer que adquirimos las cosas en forma instantánea ya que, como reza el refrán, “lo que viene rápido se va más rápido”.

El camino que más nos une a nuestras raíces el cual nos permitirá activar medianamente la voluntad de cambio frente a estas circunstancias, es tomando conciencia que todo es manejado por un Poder Superior. Que nada ni nadie nos perjudicarían si anteriormente no está “aprobado” por Di-s. Claro que no siempre se pueden comprender los motivos de todo, ya que individuo-Creador no es una dupla compatible (en cierto sentido), ni nada de lo que Él entiende como “bien” para nosotros puede comprenderse de la misma manera, y viceversa.

Salvando las distancias, se puede decir alegóricamente que existe un “director de teatro” como así también, los “actores” del elenco. Aun siendo los “actores” los ejecutores de las maniobras, la proyección y dinámica de la “obra” está comandada por el director. Los “actores” son simplemente títeres. De modo similar, podemos decir que Hashem (Di-s) es el “comandante” de los actos y los terceros, son simplemente “actores” de Él, marionetas.

Ojo, es un tema extenso… No podríamos entrar mucho en detalle, pues hay demasiado para analizar… Uno podría llegar a pensar que no existe el libre albedrío y entonces todo lo que se pase por la mente lo ejecutará, ya que si así sucedió, es porque Hashem quiso que ocurra, pero no es así. El libre albedrío sí que existe y cada uno es responsable por sus actos… (me reservo el tema para tratarlo en otra oportunidad, bli neder).

Un último tema que me gustaría tratar es la tan afamada y esperada “redención”. Al terminar las conferencias, todo "buen rabino" dice: “… con la llegada del Mesías, pronto en nuestro días, amén”, o bien: “… con la pronta reconstrucción del Bet Hamikdash (Sagrado Templo), amén”. Se torna algo sumamente automático de exclamar, obligatorio de decir, pero… ¿realmente así lo sentimos?

El Jafetz Jaim ZZ”L solía decir que en la “Amidá” (texto de las oraciones) las personas suelen pedir muy enérgicamente por su sustento, por su curación y resolución de todo conflicto. Pero se olvida que solamente con la bendición de “Boné Ierushalaim” (que se reconstruya Jerusalem), se solucionan todos los problemas anteriores: de salud, de sustento… ¡de toda índole! ¡¿Por qué será que en esta última no se trata de concentrarse tanto, si es la respuesta a toda súplica?!

¿Dejaríamos todos nuestros bienes de nuestras tierras “natales” para dirigirnos a Israel? ¿Nos apartaríamos de nuestros hogares confortables y amoblados tan sencillamente? ¿Estamos realmente preparados para observar milagros de tal magnitud?

La lógica y la generalidad indican que muy pocas veces nosotros, los que estamos fuera de Israel, reflexionamos en alguna ocasión de todo lo que implica la llegada de la “Geulá” (redención final).

Claro que todo lo que es desconocido resulta “peligroso” y por lo tanto crea una inseguridad difícil de sortear. Siempre lo conocido otorga seguridad, firmeza, protección… pero tal vez ignoramos que nos deja siempre encasillados en el mismo lugar, sin oportunidad de salir a conocer el más allá, descubriendo nuevas cosas, nuevos caminos, nuevas metas…

Di-s está sin su Casa, sin el Sagrado Templo de Jerusalem. De nosotros depende que vuelva a su lugar de origen. Con voluntad, perseverancia y actitud podremos acercarla cuanto antes. Pero de verdad. Hagamos méritos.

sábado, 25 de julio de 2009

Cosas De Todos Los Días: “Un Vivo Bárbaro”



A veces parece que todo es tan injusto; que la vida es muy injusta. Queremos comprender todo. Pensamos que nuestro “intelecto” tiene el “derecho” y la “obligación” de entender racionalmente todos los acontecimientos que suceden.

Creer que terceras personas son “culpables” de nuestro sufrimientos, es una farsa, una mentira… Di-s es quien dictamina las situaciones y los enlaces de todo fin, El que Tiene la última Palabra. Es el botón que acciona la máquina, el martillo que golpea el clavo, el agua que germina a la semilla; la Omnipotencia en todo su esplendor.

Los valores que cada uno posee internamente, tienen su precio. A veces cuestan demasiado, otras se mantienen y tantas veces “devalúan”.

Considerarse un ser con valores internos significativos implica luchar por ellos manteniéndolos hasta las últimas consecuencias, sean cual sean sus riesgos. Ser perseverante para que sigan en pie, se torna un objetivo sumamente importante. Trascendental. Una puja que deberá ser cotidiana… a menos mientras estemos “vivos”…

“Vivos” no hace referencia a la propia vida en sí, a la que todos conocemos, a la de todos los días. Ser y mantenerse “vivo” hace alusión al sentimiento interior, a la conciencia congruente y completa de actuar basándose en lo que el organismo dicte. A ser lo que realmente queremos ser, y no a lo que quieren que seamos. A vivir la verdadera vida, la auténtica, la que vale la pena. La que no le teme a nadie ni a nadie mas que al propio remordimiento de no actuar como realmente lo siente.

No hay mejor manera de vivir la vida que acentuando los ideales, objetivos, pensamientos y sentimientos organísmicos, propios de la experiencia interna, facilitándolos a la conciencia para que se hagan efectivas en la realidad objetiva, desenmascarando lo cognitivo, lo abstracto.

Dejaremos de ser “vivos” no bien subyuguemos nuestro existir, sentir y pensar a sujetos explotadores y apáticos que nos privan cada día de nuestra libertad, que no valoran el vivir de los demás, construyendo con sus “sanos juicios” barreras que impiden la fraternidad y promulgan a viva voz los totalitarismos.

Aquellos nos quitan la calidad de personas transformándonos en lo que se les antoje, en su deseo más próximo a su conciencia, a lo que venga primero a su vista. En todas sus facetas nunca olvidarán la función esencial estilo “maniquí” o “marioneta”: acatar sus órdenes, sus caprichos, sus deducciones, sus maneras de hacer justicia… su “libre” manipulación.

¿Dejará algún día de existir la prepotencia que otorga el poder a los individuos que no saben darle su verdadero uso? ¿El canal del diálogo vencerá la batalla en tiempos de guerra sin fin? ¿Seremos conscientes algún día, de los males irreparables que provocamos cuando nuestra empatía se desactiva y el egocentrismo se hace presente? ¿Podremos poseer voluntad para –al menos- intentar comprender a un otro que vive, respira y se alimenta como nosotros?

Por mi parte doy fe que haré el esfuerzo. No caeré en las generalidades, desindividualizando a cada individuo. Todo sujeto será digno de confianza. Todo organismo deberá ser considerado, apreciado. Validado. A menos mientras me encuentre “vivo”…

martes, 21 de julio de 2009

¿Piensas Desistir De Intentar Algo?


La súper estrella del básquet, Michael Jordan, fue expulsado del equipo escolar.

Wiston Churchill repitió el sexto grado. Fue primer ministro de Inglaterra a los 62 años de edad, luego de una vida muy dura.

Albert Einstein no habló hasta los 4 años de edad y aprendió a leer a los 7. Su maestro lo calificó como “mentalmente lerdo”. Fue expulsado de la escuela y no lo admitieron luego en el Politécnico de Zurich.

Al rechazar a un grupo de rock inglés llamado “The Beatles”, un ejecutivo de Decca Recording Company dijo: “no nos gusta este grupo”.

Cuando Alexander Grham Bell inventó el teléfono en 1876, buscó quienes lo financiaran con el proyecto. El presidente Rutheford Hayes dijo: “es un invento extraordinario, pero ¿quién lo usará?”.

Thomas Edison hizo 2000 experiencias hasta inventar la lámpara. Un joven reportero le preguntó el por qué de tantos “fracasos”. Edison respondió: “no fracasé ni una sola vez. Inventé la lámpara. Ocurre que fue un proceso de 2000 pasos”.

A los 46 años, después de perder progresivamente la audición, el compositor alemán Ludwing Vann Beethoven quedó completamente sordo. Y así compuso buena parte de su obra, incluidas 3 sinfonías, en los 6 últimos años.

Por eso, no debemos pensar que nuestro tiempo pasó. Mientras aquí estemos, siempre habrá algo para aprender y mucho por hacer.

Publicación semanal "Or Mizrah" Nº382