domingo 5 de febrero de 2012
Perdidos en la Montaña
domingo 11 de diciembre de 2011
Cicatrices de Amor

domingo 4 de diciembre de 2011
La Madre Ejemplar

La familia Kanheman vivía en Lituania. El frío era de tan magnitud que cuando nevaba era imposible salir sin estar muy bien abrigados y con un buen par de botas.
Ellos tenían seis hijos pero un solo tapado y un par de botas.
Una noche de invierno se discutía quién iría al día siguiente a la escuela, al no poder salir sin tener botas y tapado.
El mayor de los hijos, Iosef Shelomó ya estudia Guemará, su hermano comienza a estudiar Mishná, Meir está completando el conocimiento de las letras... ¿a quién se llevará mañana a la escuela?, era la pregunta de la mamá.
En la madrugada, la madre halla la respuesta...
Levanta a su hijo mayor, le pone el tapado, le calza las botas y sale con él a la escuela.
Ha nevado toda la noche y el frío es de aquellos que cortan la cara, pero la madre se superpone al frío y lentamente llega a la escuela vacía, deja a su hijo, pero antes le saca el tapado y las botas, regresando a su casa.
Ahora, despierta a su segundo hijo, lo hace vestir, le pone el tapado, las botas, saliendo con él hasta la escuela. La nieve golpea sobre su rostro, pero ella sigue y sigue hasta que llega al colegio y hace lo mismo que hizo con su primer hijo: le saca el tapado, las botas y vuelve a buscar a su próximo hijo. Bajo el frío intenso, aún con las manos congeladas, esa madre hizo el viaje hacia la escuela doce veces, todos los días, con la intención de que ninguno de sus hijos se quede sin estudiar.
Las consecuencias fueron muy fuertes: la madre se enfermó, el médico le diagnosticó pulmonía.
El Rab Kanheman solía contar este hecho muchas veces para contrastar las comodidades de hoy en día, con la situación que él vivió de pequeño en su casa. Tuvo muy presente el sacrificio de su madre y todo el esfuerzo que hizo para que él estudiara Torá.
Se decía de él: "¿de dónde sacó las fuerzas para reponerse de la barbarie nazi que arrasó con toda su familia, sin padres, hermanos, tíos, esposa e hijos?"
¿Cómo una persona llega en medio de la guerra a Israel y decide fundar una ieshivá? ¿Quién iría a estudiar allí? Sin embargo, lo hizo. Sentía que su madre le decía: "Iosef Shelomó, fundá la ieshivá, tú puedes". Y él, en esas colinas áridas de Bené Berak, fundó Ponevich, hoy con más de 2000 alumnos.
Quizá se pueda decir que la piedra fundamental fue puesta por esa abnegada madre que con su ejemplo enseñó más que tantos libros y enciclopedias.
lunes 17 de octubre de 2011
Auto...¿estima?

En estos últimos tiempos, el consumo se ha convertido en la poderosa arma y engranaje principal de las economías capitalistas. La influencia social en este aspecto se vuelve determinante para ensanchar aun más este factor de riesgo, arrastrando a la humanidad más cerca del abismo y más lejos del conformismo.
Ambición, lujuria, envidia, engaño, toda acción es válida a fin de alcanzar –en cuanto podamos- aquello que nuestros ojos codician. Hasta somos capaces de endeudarnos y sacar créditos millonarios -aun sin saber a ciencia exacta cómo haremos para pagarlos; o bien, aceptando que recién nuestros tataranietos podrán hacerse cargo del compromiso asumido- con tal de no ser menos que el vecino. “¿Por qué él puede tenerlo y yo no?”. Quizá innecesario, tal vez no, el punto es dar luz verde a todo impulso repentino que se despierte en nosotros, sin necesidad de revisión y/o análisis. “Siento, hago.”
El propio humano se transformó a sí mismo en un bien de consumo. Siente su vida como un capital que debe ser invertido provechosamente. Si lo logra, habrá triunfado y su vida tendrá “sentido”; caso contrario, será un “fracasado”, sin razón de ser ni de existir.
Si en el siglo XIX la problemática se planteaba como la “muerte de Di-s” (jzb”sh), en nuestro siglo la dificultad podría estar representada como la “muerte del hombre”. Lo mismo que él ha creado se ha tornado en su propia contra.
Ello explica -quizá- por qué cada vez encontramos más personas depresivas, individuos que se sienten carentes de sentido, de contenido, con crisis existenciales, que no encuentran un proyecto vital. Sufren un verdadero síndrome de des futuro. Marginados y excluidos del sistema. “No hay lugar para todos; para triunfar yo, debo hundir a mi compañero, alguien debe perder”.
Quizá ahora se entienda un poco más el juego al que tanto estábamos acostumbrados a jugar en el jardín de infantes: “el juego de la silla”. ¿En qué consistía?
Se colocaban sillas en ronda. Siempre una menos de la cantidad total de alumnos. Si eran 20 infantes, se ordenaban 19. Al escuchar la música los chicos debían dar vueltas alrededor de las sillas. Cuando la melodía se detenía, cada niño debía buscar un lugar para sentarse. Aquel que no lo encontraba, “perdía”, se quedaba fuera. Así el juego continuaba, quitándose una silla en cada oportunidad. El que se quedaba último se transformaba en el gran “ganador”.
El mensaje que nos transmitían nuestras tiernas e inofensivas “señoritas”, maestras jardineras -aun sin quererlo pero muy claramente- era: “para triunfar en la vida hay alguien que obligatoriamente debe perder; algún rival se debe hundir. No hay lugar para los dos.” En vez de observar a mi compañero como un aliado, lo transformo en un claro rival; o es él o soy yo. La ley de la selva.
El mejor exponente de una sociedad como la nuestra -occidental y democrática- es el adicto (si bien es cierto que la adicción no se limita tan sólo a la ingesta de sustancias, tomaremos este ejemplo a modo explicativo y referente de “adicción”).
Si antiguamente se observaba al consumidor de sustancias como “híper adaptado” a una sociedad de consumo, hoy día se ha transformado en “normal”. “Normal” y a la vez juzgado por el mismo sistema que constantemente incentiva a sus habitantes con mensajes de consumo impulsivo e inmediato. “¡Llame ya!”, de inmediato -no sea cosa que pasen unos minutos y se dé cuenta que el producto no lo necesita en absoluto-“. Paradójicamente, el adicto se vuelve un referente de la sociedad de consumo, pero al mismo tiempo es censurado duramente por las leyes regionales.
Esa falsa ilusión que “somos libres y elegimos”, se desdibuja a los pocos instantes de reflexión, cuando apreciamos (si es que nos dan tiempo suficiente para pensar…) que no somos más que esclavos de la sociedad que nos empuja a la esclavitud, transformando a los humanos en consumidores pasivos, externos, eternamente expectantes y hambrientos. En un “eterno lactante”, según Erich Fromm, que bebe de una gran mamadera, que es el mundo. “Por estar enajenado en mí mismo necesito, de alguna manera, llenar ese vacío”, y allí surge ese “llenar” con sustancias dañinas aquello que no puedo llenar con sentido vital, de existencia.
Así, el hombre queda fuera de sí mismo. Identificado con los valores de mercado. “Vales por lo que produces”. Más que poner atención en el adentro, en su propia esencia, su mirada se fija en el exterior, en el mundo circundante. Condicionando su manera de ser, de obrar, en base a los estímulos ajenos a sí.
Dependiendo de factores externos a nosotros mismos para lograr la ansiada felicidad, nos alejamos cada vez más de la verdadera dicha. No quiere decir que si nos gusta comprarnos ropa y demás productos, seremos “pobres infelices” y desajustados psicológicamente. En absoluto. Ahora bien, si nuestra felicidad completa, total y absoluta depende únicamente de estos factores; si nos valemos meramente por aquel auto que acabamos de adquirir, deberíamos chequear bien qué anda pasando con nosotros mismos que exclusivamente llenan nuestra existencia toda objetos puramente materiales.
La valoración propia, hacer foco en lo interno, nos permite conectarnos más con nuestro eje existencial; tomar distancia de las miradas e ideologías externas, para así actuar desde nosotros mismos: con nuestra idiosincrasia, metas y objetivos a alcanzar.
No es un tema menor. Si nuestro ideal es vivir como judíos observantes y pensantes, no podemos dejar de reflexionar en este asunto. También por nuestros hijos, que no por ser pequeños quedan excluidos de este factor sintomático de la sociedad padeciente. ¡Hasta en la misma escuela el dueño de la pelota decide quién, a qué y cuánto tiempo se juega! ¡Un niño de 6 años ejerce poder sobre sus pares, sometiéndolos, mientras estos mismos aceptan someterse a sus caprichosas órdenes, quedando invalidados como sujetos, sin derechos a quejas! (no sea cosa que por protestar, el “dueño” no los deje jugar…)
En el Seder de Rosh Hashaná, una de las típicas comidas que se acostumbran a ingerir, es la famosa cabeza de pescado. “Que en el año entrante seamos cabeza y no cola”, dice la tía con ahínco. Ahora bien, ¿qué tiene de negativo ser “cola”?, ¿acaso la “cola” no llega también a la meta? Claramente lo hará un tanto después, pero ¿qué apuro hay?
El mensaje que nuestros sabios nos quieren dejar es el siguiente: “que seas cabeza” en tus metas a alcanzar; que los objetivos que te plantees sean por un deseo interno y propio, desde tu propia esencia; no arrastrado por un “cabeza” que no sea la tuya; no debes ser “cola” de ninguna ideología de la sociedad, siempre “cabeza”, propulsor de tu propio destino (Gaón de Vilna).
Cuando llegamos al punto de llenarnos con “algos” externos a nuestra propia esencia, deberíamos replantearnos qué tipo de valor nos damos como personas, como seres humanos. ¿Estamos contentos con la vida que llevamos?, ¿nos gustaría modificar algo?, ¿qué cosa?, ¿aceptamos nuestros defectos?, ¿reconocemos que no somos perfectos?, ¿lo aceptamos?, ¿lo negamos?, ¿pensamos que podremos alcanzarlo de todas formas?, ¿realmente llegamos a gustar de nosotros mismos en todo sentido de la palabra, con nuestros defectos y nuestras virtudes?
“Y creó Di-s al ser humano a imagen Suya; a imagen de Di-s lo Creó a él; varón y mujer los Creó a ellos” (Génesis 1:27).
La Torá nos deja claro el valor que poseemos tan sólo por ser humanos. Una chispa divina, un pedazo de Di-s es la esencia de nuestra persona. Por eso no es nada sencillo ofender a nuestro compañero… ¡un fragmento de Di-s está siendo agraviado!
Cada individuo que respira, que se encuentra con vida, más allá de la situación bio-psico-social en la que se encuentre, se halla en el mundo con una función, con un propósito, con una misión a desarrollar. “¿Cuál será mi misión en este mundo?”. Podemos pasarnos la vida buscando la respuesta a aquel interrogante; seguramente existan muchas personas que se van de este mundo sin hallar una contestación concreta (¿la habrán buscado realmente?), pero debemos saber que –cueste o no entenderlo- todo tiene una finalidad.
¿Acaso somos reproducciones inútiles de la especie humana?, ¿clones, producto de la ciencia moderna? ¿Un Ser Completo y Magnífico Otorga vida a individuos para perder el tiempo, sin ninguna meta u objetivo?
Así como poseemos rasgos únicos en nuestros rostros pero no por ello dejamos de pertenecer a la especie humana, así también tenemos características y talentos parecidos a los de nuestro semejante, más no iguales. Nadie y absolutamente nadie en el planeta puede reproducir las capacidades y aptitudes de cada individuo en particular.
Seguramente cada uno sabrá qué lo hará sentirse autorrealizado como sujeto. Es algo muy personal. Aun así, me parece interesante compartir algunos tips que pueden ser de utilidad o disparador de ideas, para aquellas personas que aun estén en la búsqueda o deseen mejorar su autoestima:
1) Anotar en una lista las obligaciones cotidianas.
“Hacer la cama”, “preparar el desayuno”, “barrer el comedor”, “planchar las camisas”, “hacer las compras”, “sacar la basura”. Ocupaciones a corto plazo, las de todos los días. No hace falta anotar metas inalcanzables ni que lleven meses de preparación. Llevar la lista en algún bolsillo o cartera y a medida que se van haciendo, ir tachándolas. Al final del día, observar todas las cosas que hemos hecho. ¡Sorprendente!
Llevamos una vida tan acelerada, que ¡hasta nos olvidamos todo lo que hacemos en el día! De esta manera, llevaremos un registro de nuestras ocupaciones. Aun siendo obligaciones que nos corresponden como padres, esposos o hijos, quedará una marca de nuestra labor, por más insignificante que pueda parecer. Le diremos a cada una de ellas: “a pesar de mis corridas, te tengo en cuenta; y gracias a ti puedo percibir que dispongo de capacidad suficiente para realizar infinidad de acciones provechosas y necesarias; para mí, para los otros, para los míos, para los tuyos; para todos”.
El hecho de “tachar” también produce una satisfacción de realización. Un constante “llegué a la meta propuesta”.
También observar que alguna ocupación de la lista no se tildó, nos comprometerá aun más para realizar dicha tarea. Quedará un registro de un quehacer voluntario que quisimos hacer pero no hemos llegado.
Al observar la lista al final del día, asimismo resulta interesante ir recordando mentalmente cómo fue realizada cada actividad. “¿Cómo me sentí?, ¿lo hice realmente como lo tenía planeado?, ¿efectué ocupaciones por obligación, por placer?, ¿invertí mis mayores esfuerzos?, ¿podría hacerlo mejor en una próxima oportunidad?, ¿por qué dejé de hacer tal o cual cosa?”
2) Hacer bien a otros.
En un sistema individualista, en donde se hace difícil pensar en otro; en donde “otro” es sinónimo de competencia y no de complemento; en donde prevalece la ley del más fuerte, la ley de la selva, quizá esté resentido el hecho de preocuparse por los demás.
Llamar a una tía que vive sola, a una abuela que enviudó, visitar a una pareja de ancianos, pueden ser -tan solo- algunos ejemplos de todo lo que podemos hacer por nuestro semejante (nota mental: a veces no tendremos que caminar ni siquiera 5 pasos para encontrar algún necesitado; en nuestro mismísimo hogar existe una esposa que necesita que alguien bañe a los chicos o les sirva de comer… el verdadero favor al prójimo comienza por casa…)
Y aunque parezca que damos y no tomamos nada a cambio, creo que ¡recibimos más de lo que otorgamos! (claramente que este no debe ser el motivo que nos promueva a dicho accionar; caso contrario, entraríamos nuevamente al modelo egocéntrico y apático reinante). Nos da el valor que podemos ser “algo” para otros. Que existen personas que nos esperan, que están pendientes de nuestra visita. Que sienten que estamos con ellos. Que les “alquilamos” nuestros oídos sin cobrarles siquiera una moneda de alquiler. Que los valoramos por su calidad de humanos, sin esperar nada a cambio.
Sin dudas que si nuestra ESTIMA depende pura y exclusivamente del AUTO por el cual tanto pagamos, podremos decir con seguridad que andamos carentes de sentido. Algo anda fallando en nuestros “motores”.
“Auto… ¿estima?” Depende de qué sentido le des a tu existencia. ¡A poner en marcha los motores!
martes 4 de octubre de 2011
¿Tienen las Mujeres Algo que Ocultar?

Pregunta:
cuerpos cubiertos? ¿Hay algo vergonzoso o malo en el cuerpo de la
mujer? ¿Por qué una mujer tiene que esconderse sólo para que otros no
se sientan tentados?
Respuesta:
evitar la tentación. Mientras este puede ser el caso en otras
religiones, para el judaísmo no es cierto. La manera judía de la
vestimenta modesta no es sobre cómo otra gente ve a las mujeres, sino
cómo las mujeres se ven a ellas mismas. Cubrir algo no siempre
significa avergonzarse de ello. ¿Alguna vez te has dado cuenta de cómo
tratamos a un Rollo de Torá? Nunca lo dejamos abierto. Está oculto en
muchas capas. La Torá se mantiene adentro de una sinagoga, en el Arca,
detrás de una cortina, envuelta en una tela, y cerrada con un
cinturón. Solamente se saca para propósitos santos, para ser leída
durante los servicios. Para esos momentos especiales, cuidadosamente
corremos la cortina, abrimos las puertas del Arca, sacamos la Torá, la
descubrimos y la desenvolvemos. Tan pronto como hemos terminado,
inmediatamente la volvemos a cubrir y la guardamos. ¿Por qué hacemos
todo esto? ¿Por qué tanto lío para ocultar la Torá? ¿Estamos
avergonzados de ella? ¿Hay algo que ocultar? ¿Hay algo horrible sobre
la Torá? Por supuesto que no. Más bien, lo contrario.
Siendo que la Torá es nuestro objeto más sagrado, especial y precioso,
nunca lo exponemos innecesariamente. Lo mantenemos cubierto porque no
lo queremos tratar “a la ligera”, no queremos ser demasiado “casuales”
con él. Si la Torá siempre estuviera visible y abierta, entonces nos
sería demasiado familiar, y no la respetaríamos tanto. Al mantenerla
fuera de la vista, y trayéndola solo en tiempos apropiados, mantenemos
nuestra reverencia y respeto por la Torá.
es a través de cubrirlo. No porque nos avergüenza, sino porque es muy
bello y precioso. Esto es cierto para los cuerpos de los hombres
también, y la vestimenta modesta también se aplica a ellos. Pero es
más en el caso de las mujeres. El cuerpo femenino tiene una belleza y
un poder que sobrepasa por lejos al masculino. Los Cabalistas enseñan
que el cuerpo de la mujer es de una belleza más profunda porque su
alma viene de un lugar más elevado. Por este motivo, su cuerpo debe
permanecer discretamente cubierto. En un mundo en donde el cuerpo de
la mujer se ha reducido a propaganda barata, no precisamos prueba
alguna sobre la veracidad de esta sabiduría. Cuando todo está
expuesto, nada es sagrado.
Pero aquello que es verdaderamente precioso para nosotros, lo
mantenemos envuelto.
viernes 23 de septiembre de 2011
La Medicina del Amor

Inevitable en reuniones entre amigos, cenas familiares y más aun presente, en salidas femeninas, la temática “amor” resulta ser la primera por excelencia en la lista de conversaciones. Qué con cuántos saliste, que si fue a primera vista, que el flechazo los unió mágicamente…
El amor nos atraviesa en nuestra existencia toda. Ni bien nacemos ya tenemos a un otro que -biológicamente- nos amará. Esa madre será la encargada que nada nos falte. De satisfacer todas nuestras necesidades, en pos de facilitar un crecimiento de lo más óptimo y sano posible. Ella sabrá exactamente cómo se siente el niño. Nadie más. Los médicos y enfermeras tal vez tengan muchos conocimientos en psicología, pero desconocen cómo se siente un bebé a cada minuto porque están fuera de esta área de experiencia.
Aquí se da la capacidad empática de la madre. Este vínculo primario será por demás importante ya que marcará el nivel de empatía de aquel que la ha recibido. La progenitora se convierte así, en un elemento crucial para el desarrollo emocional del niño. Cumplirá, entre otras funciones, el papel de “espejo”. Cuando el niño mire el rostro de su madre se verá reflejado a sí mismo. Ella lo mira y lo que ella parece se relaciona con lo que ve en él. Le devuelve una imagen de sí mismo. Una madre que refleja un estado de ánimo decadente, podría ser letal para la criatura. No recibe de vuelta lo que da. Mira y no se ve a sí mismo, no se encuentra, se pierde.
Lo que podría ser un intercambio significativo, un verdadero e interesante feedback, se transforma en una pobre y prematura relación. “Cuando miro se me ve, por lo tanto existo; de la contrario, no tengo existencia”.
La psiquis de la criatura va desarrollándose con tendencia a empatizar más –en mayor o menor medida- con el dolor y las necesidades ajenas en función de aquella empatía primaria recibida (si queremos analizar a un psicópata –aquel que no logra empatizar ni tener siquiera una pizca de remordimiento en consecuencia a sus salvajes acciones- deberíamos averiguar, entre otras tantas cosas, qué tipo de lazo y vínculo estableció con sus progenitores).
Ese amor, ese vínculo, sostén, resulta tan fundamental para la criatura que, sin aquel “holding” (en términos de Winnicott), su vida tan prematura podría encontrar su punto final. Literalmente podría llegar a “morir de amor”.
Pero, ¿qué sucede cuando este ingrediente tan fundamental para la existencia humana, no encuentra lugar en el plano real?, ¿cuando esta necesidad no está satisfecha ni en una mínima medida?, ¿qué consecuencias podría acarrear a nuestra sociedad?
En un mundo en donde prevalecen los vínculos por conveniencias, en donde amor es sinónimo de beneplácito personal, hedonismo absoluto, en donde el amor condicionado y no incondicional es el que prevalece, no debería extrañarnos encontrar cada vez más, personas desajustadas psicológicamente.
Esa búsqueda desenfrenada por clones de aquella madre biológica, esa que nos cuidaba y amaba profunda e incondicionalmente, pareciera desvanecerse a cada instante de la existencia.
El amor condicional es introyectado en nosotros desde pequeños. Amenazas de abandono, de “no te compro tal o cual cosa si…”, entre otras. Es que no hace falta expresarlo para transmitirlo. Las actitudes y el lenguaje no verbal resultan ser demasiados explícitos para caer en burdas repeticiones.
Para comprender mejor y de manera más gráfica la idea, resulta ser para mí muy interesante la siguiente obra del dibujante Quino:

En la imagen vemos un padre recriminando a un hijo. Su manera de vivir era con “cuadrados”, no se admitían otros tipos de figuras. El niño, desde su pobre inocencia, dibujó un espiral. De inmediato fue a corroborar si recibía la aprobación de su padre… pero éste no la aceptó. Y no solamente no la aceptó, sino que lo censuró… y todo, por pensar de manera distinta. Como diciendo: “sólo te quiero si dibujas cuadrados; con espirales no te quiero”.
Constantemente buscamos gustar a los otros, el consentimiento exterior, tal como lo hacíamos desde pequeños con nuestros padres. Buscar la aprobación de otro que reconfirme mi existencia como sujeto.
Al no encontrar apoyo suficiente, algún tipo de aceptación incondicional de sus ideales, el individuo va enajenándose (en términos de Erich Fromm), permaneciendo fuera de la sociedad, marginado. Haciendo hincapié más en el afuera que en el adentro. Consumidor pasivo y eterno del exterior circundante (“eterno lactante”). Perdiendo el eje de su persona. Fuera de sí.
No en vano Abraham Maslow escribe en el capítulo 5 de su libro “Motivación y personalidad”: “En nuestra sociedad, la frustración de estas necesidades (de amor, afecto o posesión), es la causa más corriente de los casos de mal ajuste y psicopatologías más graves.”
Sin dudas estamos sedientos de afecto, de cariño, de vínculos humanos, de calor humano, sedientos de significado de existencia. La falta de aquello no es meramente un capricho personal, sino que el mismísimo Di-s nos creó de manera que necesitemos de aquel, en función de nuestro óptimo desarrollo. No podemos pelear ni reprimir aquella necesidad, es biológica.
El médico psiquiatra, psicodramatista y psicoterapeuta Claudio Adrián Rud nos amplía un poco más la idea de Maslow: "Todo aquel que consulta ha sido o es víctima de alguna forma de desamor. Ya sea de la forma más brutal, como el desinterés, la violencia; o bien bajo una apariencia más leve como la manipulación, el amor condicionado, el abuso del poder de quienes están ejerciéndolo por la investidura que los sustenta" (Psicoterapias en Argentina, página 231).
Tampoco los avances tecnológicos son absolutamente desarrollados por “amor a la propia humanidad”. Intereses económicos y políticos se esconden detrás de ellos. Las medicinas, los laboratorios, más allá de optimizar la vida humana, anhelan en gran medida su propio beneficio y rédito financiero (resulta curioso descubrir que los más importantes avances científicos y tecnológicos, la mayoría de las veces se manifestaron en momentos y con propósitos bélicos).
Todo ser vivo es consciente cuando se lo registra, cuando se lo valora, cuando se lo tiene en cuenta, cuando se le otorga un lugar entre todos, cuando se lo distingue.
No hace falta ser un gran pensador o filósofo para darse cuenta que estamos en momentos de “oídos sordos”… “Sordos” porque no escuchan… o porque no quieren escuchar… “Sordos” porque con tantas tareas y ocupaciones diarias, con la agenda sobrecargada de actividades, ya no disponemos de tiempo para prestar oído a un compañero caído.
Con los valores tan desgastados no se necesitan ni “magos” ni “varitas mágicas” para ser partícipes de actitudes terapéuticas. Tampoco ser psiquiatra, psicólogo, trabajador social o counselor (sin desmerecer sus excelsas profesiones). No pasa –tan sólo- por la posesión de un título. Tiene que ver con una cuestión de ser, por una cuestión de actitud. Por un sentimiento de aprecio hacia la humanidad toda. Muchas veces, palabras sinceras provenientes de un amigo pueden hacer más que cientos de sesiones psicoanalíticas.
Diariamente, a cada paso de nuestras vidas y hasta en nuestra propia profesión –sea cual sea-, podremos efectivizar este bien que tanto hace falta.
Veamos de dónde y cómo podemos ayudar:
- En el Pirké Avot (1:15) Shamai nos enseña: “Recibe a toda persona con buena semblante (en el rostro)”.
En el idioma hebreo, el término “rostro” se pronuncia: “panim”.
Si analizamos el sentido etimológico de la palabra, nos encontraremos con que esta misma proviene del vocablo “bifnim” que significa: “por dentro”.
El individuo refleja mediante sus rasgos (“panim”, rostro) lo que realmente siente por sus adentros (“bifnim”, por dentro). Al acompañar el saludo con una “buena semblante” no solamente estamos pronunciando unas “simples palabras”… ¡Estamos comunicando un estado de ánimo, un deseo de transmitir felicidad y calor hacia nuestro semejante por el sólo hecho de tener la calidad de sujeto, al igual que nosotros!
Por otra parte, encontramos un pasaje del Talmud que nos enseña: “Es mejor la persona que le muestra la blancura de sus dientes a su compañero, más que el que le ofrece para tomar leche” (Ketuvot 111 b).
El saludo se vuelve mucho más que un bien material. Se torna una necesidad espiritual, una estima determinante. No alcanza con un seco y parco “buenos días”, necesitamos transmitir más que aquello; llegar a lo profundo de sus sentimientos, a lo profundo de su corazón.
- “Diezmar diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año” (Deuteronomio 14:22).
La Torá nos obliga a diezmar toda ganancia que accede a nuestros depósitos.
Tal vez nos quiera enseñar que no podemos darnos el lujo de tener provecho de este mundo sabiendo que otro sufre o no dispone de los medios suficientes. Que si tenemos la posibilidad de gozar, que lo hagamos, sin dudas, pero no sin antes acordarnos que hay otros individuos que por su situación no pueden hacerlo como nosotros, solidarizándonos con aquellos en una mínima medida (¡y también para agradecer que nosotros sí podemos!)
Pero el precepto no solamente se refiere a diezmar la cosecha. Tampoco a todo lo material y económico.
Cualquier bien, sea monetario y/o espiritual se debe diezmar. Eso significa que si Di-s nos otorgó alegría, debemos compartirla con los demás. Si poseemos seguridad emocional, debemos ayudar a otros a que la adquieran. Si nuestra vida psíquica está ajustada, trataremos de socorrer a personas que no lo estén. No se trata de un simple “buen obrar”, ni una actitud filantrópica… ¡tenemos un precepto que nos obliga a realizarlo! ¡Al igual que respetar el Shabat o colocarnos los Tefilín!
Cuando la Torá enumera las aves que no están permitidas ingerir, nos dice en uno de sus pasajes: “(Y estas son de las que no podréis comer:) la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago (Deuteronomio 14:18).
Al referirse a la cigüeña, la Torá la denomina “Jasidá”. El Talmud explica que la raíz de su nombre proviene del vocablo “Jesed”, es decir, “bondad”. Si esto es así, ¿por qué ella está entre los pájaros impuros, que normalmente son aves de rapiña? El libro “Meotrezenu Ha Iashan” nos explica: porque la cigüeña es amable sólo con sus pares. Sólo se preocupa por aquellos de su propia bandada o grupo.
Hay mucho para hacer y con pequeños actos mucho podemos lograr. Un saludo, un “¿cómo estás?”, una mínima preocupación por el otro, cambian vidas enteras. Otorgan valor a las personas, las hacen sentir que son importantes, que valen, que merecen respeto. Que son realmente personas…
Observemos como de las pequeñas cosas podremos obtener beneficios asombrosos. Tal es el caso de los medicamentos: pueden tener un tamaño muy diminuto, pero consiguen sanar hasta enfermedades terminales (“Alé Shur”, tomo 2).
Todos somos esencia de una misma parte que es Di-s. La chispa divina interior nos complementa como seres humanos. Por ello la palabra “ahavá” (amor) y “ejad” (unidad) poseen igual valor numérico (13): para enseñarnos que la única manera de llegar a la unidad, a la integridad, es através del amor.
Intentemos humanizarnos y estar más atentos a las necesidades de los demás; más cordiales, más considerados con nuestro semejante. No seremos ni psiquiatras ni psicólogos, pero fabricaremos una gran medicina para el alma: el amor.
sábado 17 de septiembre de 2011
Las Cataratas y el Saludo del Rab Mijael

Hace unos meses, Rab Mijael Yehudá Lefkovich ZZ"L abandonó este mundo. Nos dejó grandes enseñanzas, entre ellas, su inmenso amor al prójimo, demostrado claramente en el siguiente episodio:
Siendo ya mayor, el Rab debía ser operado de cataratas, pero dijo: "¿para qué de de operarme, si yo no necesito ver de lejos? Me alcanza con ver de cerca". Después de reflexionar unos minutos, dijo: "en realidad, sí debo operarme, ya que si no veo de lejos, cuando camine por la calle, no podré saludar a los transeúntes; debo ver para poder saludar y alegrar a las personas".
Siguiendo su pensamiento, concluyó: "¿cuál es el problema? Saludo a todos por igual y listo, tema solucionado. Entonces no me operaré".
Sin embargo, finalmente decidió operarse, luego de llegar a la conclusión que sí necesitaba observar a quién saludaba: "algunas personas necesitan un saludo especial, una palabra de aliento, un refuerzo, lo que significa que sí debo ver, para saber a quién estoy saludando... hay quienes necesitan más que un simple saludo..."
¡Estas son las reflexiones que fundamentan las decisiones de un Tzadik!