martes, 18 de agosto de 2009

El Reflejo De Las Redes Sociales

Todo individuo comunica. Verbalmente o no, pero nunca deja de hacerlo. Paul Watzlawick en sus axiomas de la comunicación nos diría más precisamente que “no es posible no comunicarse”.

También mediante la comunicación podemos detectar cuáles son las necesidades o maneras de pensar del otro. Si cuando bostezo no tapo mi boca y noto en el rostro de mi compañero un disgusto, aun sin él emitir palabra, comprenderé que esa conducta no es aprobada –al menos- por su persona. Por lo tanto, ahora dependerá de mí y sólo de mí, ajustarme a su realidad o ignorar su postura.

Sin dudas que el auge del momento en el mundo cibernético son las redes sociales. Facebook, Twitter, Sonico, Linkedin, de todos los gustos, tallas y colores. Claro que no todos los usuarios lo utilizan con el mismo fin, las motivaciones son variadas: contactos profesionales, reencuentro con compañeros de la infancia, amigos virtuales. Pero… ¿qué necesidades tendemos a comunicar mediante sus aplicaciones?, ¿a qué se debe el éxito rotundo y oportuno?, ¿no estaremos buscando algunos vacíos existenciales que el afuera no puede brindarnos?

En una sociedad sorda que ni las trompetas ni el ruido de las guerras se suelen oír, cualquier medio es válido para hacerse valer y escuchar. No hace falta irse muy lejos para observar la gran demanda de ayuda psicológica que existe en nuestros días. Psiquiatras, psicólogos, psicopedagogos, counselors, todo es válido para ser escuchado. El individuo hasta es capaz de pagar una consulta solamente para que otro lo escuche, sin emitir ni juicio ni opinión, simplemente “alquilarle” sus oídos por unos minutos. Tal vez el egocentrismo tenga la palabra, y ya no disponemos ni del tiempo para un otro que se encuentra al lado nuestro diariamente. A un otro que le juramos “amor eterno”.

La tecnología avanza, aparatos cada vez más pequeños y con más botones y funciones que tal vez nos hacen olvidar su verdadera función: comunicar. Más comunicados que nunca, más descomunicados que siempre…

“¿Qué estás pensando?”, nos anima a escribir un cuadro de texto. Un cuadro mágico que se transforma en un lugar en donde podemos expresarnos y a la vez esperar una respuesta del exterior, un reflejo o aporte sobre un estado de ánimo. Ya sea un “que te mejores”, “te quiero mucho”, “¿qué sucedió en tu trabajo”? Pero con la misma finalidad: que las palabras no se las lleve el viento. Dejar una marca que tal vez muchas veces es ignorada cuando es escuchada en la realidad. Que quede un registro del sentimiento o del pensar. Un aval.

El texto escrito en muchas oportunidades se piensa no sólo por el fin mismo de expresarlo sino para observar qué opinarán los conocidos o “amigos”. “¿Seré gracioso?”, “¿me apreciarán más si se enteran que soy voluntario en un geriátrico?”, “¿si me hago fan de Freud dirán que soy el mejor psicólogo del continente?”.

Se le otorga un “poder especial” al usuario de catalogar si aquel artículo o vínculo es interesante o “le gusta”. Un medio que, al fin, le otorga valor a su opinión. Sólo él mismo podrá decidir si le ha dejado de “gustarle” aquella información.

Se torna sumamente doloroso no ser escuchado. Ser ignorado, indiferenciado. William James es más preciso al exclamar que: “No podría idearse un castigo más monstruoso, aun cuando ello fuera físicamente posible, que soltar a un individuo en una sociedad y hacer que pasara totalmente desapercibido para sus miembros”.

Ni que hablar de las aplicaciones como una tan famosa y popular que dice: "¿Que piensan tus amigos de ti?". Estamos condicionados a actuar en base a las perseguidoras y persecutas miradas de nuestros seres queridos. Existe una necesidad de que los demás reafirmen la existencia propia. Que me acepten a todo precio. Tanto, que a veces se llegan a realizar accionares impensados. Y todo para ser parte, para pertenecer…

Suelen observarse decenas y centenas de "amigos" agregados. Solicitudes de “amistad” a borbotones. “Amigos”, una palabra que hoy día se dice casi sin pensar lo que ello implica. Ya todos “ganan” esa relación por tan sólo una vez en la que le preguntamos a nuestro vecino la hora o el pronóstico del tiempo (y se ve reflejado en el día del amigo donde el primero que se nos cruza, lo saludamos como si lo conociéramos de toda la vida).

En algunos casos es tanta la necesidad de los "amigos" que se hacen competencias para observar quién reúne más. ¿Más de qué?, me pregunto. Poco de mucho, mucho de nada...

Sin dudas que nuestra forma de comunicarnos en la actualidad preocupa. Preocupa porque las necesidades no se satisfacen y cada vez hay más personas que se sienten solas… No que están solas, sino que se sienten solas… Podemos estar en una fiesta llena de invitados pero no conocer a nadie. No estamos solos, pero nos sentimos solos, que es peor…

Todo individuo tiene la necesidad de ser respetado y valorado. De saber que no está solo, que hay personas que lo aprecian, que desean su bien.

Abraham Maslow escribe en el capítulo 5 de su libro “Motivación y personalidad”: “En nuestra sociedad, la frustración de estas necesidades (de amor, afecto o posesión), es la causa más corriente de los casos de mal ajuste y psicopatologías más graves.”

El médico psiquiatra, psicodramatista y psicoterapeuta Claudio Adrián Rud nos diría en términos similares y ampliando un poco más la idea: "Todo aquel que consulta ha sido o es víctima de alguna forma de desamor. Ya sea de la forma más brutal, como el desinterés, la violencia; o bien bajo una apariencia más leve como la manipulación, el amor condicionado, el abuso del poder de quienes están ejerciéndolo por la investidura que los sustenta" (Psicoterapias en Argentina, página 231).

Tal vez por algo no resulte raro escuchar a una enamorada decir: “muero por él” o bien “muero por ella”. El amor incondicional de un otro que me respetará siendo lo que sea, con mis virtudes y mis defectos, es lo que a veces provoca esas mariposas en el estómago difíciles de detallar.

Si Di-s no hubiese creado a los bebés y niños con esa facultad de belleza estética y esa apariencia de “muñequitos” que enternecen a cualquier persona que aparezca en sus caminos, tal vez morirían de amor por individuos irresponsables (que aun dándose estas cualidades, en la realidad ocurre también…)

Y sí, quizá deberíamos replantearnos si no buscamos en la red otras necesidades que en la realidad no podemos concretar por los motivos que sean: timidez, temor al qué dirán, no “encajar” en un grupo, sentirnos desvalorados. Bajo ningún aspecto se podría afirmar que todas las personas que utilizan redes sociales padecen de estos “desamores”, pero es un posible disparador que puede servir para aquellos que deseen reflexionar sobre sí mismos…

¿En qué estamos fallando? ¿Qué podemos hacer para mejorar? ¿Cómo ayudar para beneficiar a los demás?

Sepamos que con el hecho de plantearnos este tipo de preguntas ya estamos haciendo mucho. Reflexionar y aceptar nuestras fallas y debilidades es la mejor manera para que la acción tenga lugar.

El que busque una fórmula secreta se frustrará al leer estas líneas. Se frustrará porque no la encontrará. Cada uno tiene su camino y cada persona tiene sus gustos. No se puede universalizar. Todo sujeto es único e individual. Estará en uno detectar la fórmula más apropiada para cada caso.

Los “quebrachos” (así los llamaban en el colegio) se reencontraron en un restaurante luego de 30 años. Las emociones de ese día eran especiales. A pesar de ser tan iguales e integrar la misma “barra”, al solicitar la orden al mozo, cada uno pidió un plato distinto. “No, a mí no me agradan las papas fritas”. “La tarta de ajo con cebolla hierve en mi lengua”. “La berenjenas me producen aftas…”

Así como en lo gastronómico cada uno tiene sus “gustos” para satisfacer la necesidad básica del hambre, de igual manera y con más razón sucede en cualquier esfera de la vida y en las más variadas necesidades, ya sean fisiológicas o psicológicas.

Con los valores ya tan desgastados, siendo tan solamente personas, simplemente de esa manera y brindando esa calidad, estamos haciendo mucho…

Debo reconocer que me estremece en demasía cuando luego de un robo se escucha a las víctimas afirmar: "los ladrones nos trataron muy bien. No nos pegaron ni nada…” Estas personas han sido objeto de hechos delictivos, perdieron tal vez toda su fortuna, pero los tranquiliza no haberse llevado una brutal golpiza. ¿Y por qué? Porque últimamente no es “normal” que roben y que a su vez el efecto de la droga no los impulse a agredir salvajemente. Pareciera como si las verdaderas víctimas hayan sido los delincuentes. Como si éstos últimos les hayan hecho un “favor” al no golpearlos. Porque se vuelto anormal ser normal…

“Diezmar diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año” (Deuteronomio 14:22).

La Torá nos obliga a diezmar toda ganancia que acceda a nuestros depósitos. Tal vez nos quiera enseñar que no podemos tener provecho de este mundo sabiendo que otro sufre o no dispone de los medios suficientes. Que si tenemos la posibilidad de gozar, que lo hagamos, pero no sin antes olvidarnos que hay otros individuos que por su situación no pueden hacerlo como nosotros, solidarizándonos con aquellos en una mínima medida.

Pero no solamente a la cosecha se refiere. Ni tampoco a todo lo material y monetario. Cualquier bien, sea monetario y/o espiritual se debe diezmar. Eso significa que si Di-s te otorgó alegría, debes compartirla con los demás. Si posees seguridad emocional, debes ayudar a otros a que la adquieran. Si tu vida psíquica está ajustada, trata de socorrer a aquellas personas que no lo están.

Porque es más simple entregar dinero. Menos comprometedor. Es un instante y se acabó. Se puede entregar y aun tener el lujo de posar una mala cara, y el fin se cometió (lamentablemente así algunos piensan… mejor que no hubiesen otorgado…) Y también, por qué no, sentirse “todo poderoso”, fuerte, sólido, que otros lo necesitan para subsistir…

Cuando la Torá enumera las aves que no están permitidas ingerir, nos dice en uno de sus pasajes: “(Y estas son de las que no podréis comer:) la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago (Deuteronomio 14:18). Al referirse a la cigüeña, la Torá la denomina “Jasidá”. El Talmud explica que la raíz de su nombre proviene del vocablo “Jesed”, es decir, “bondad”. Si esto es así, ¿por qué ella está entre los pájaros impuros, que normalmente son aves de rapiña? El libro “Meotrezenu Ha Iashan” nos explica: porque la cigüeña es amable sólo con sus pares. Sólo se preocupa por aquellos de su propia bandada o grupo.

Hay mucho para hacer y con pequeños actos mucho podemos lograr. Un saludo, un “¿cómo estás?”, una mínima preocupación por el otro, cambian vidas enteras. Otorgan valor a las personas, las hacen sentir que son importantes, que valen, que merecen respeto. Que son realmente personas…

Efectivamente podemos derribar muros de angustias con taladros o con algo mucho más efectivo: palabras.

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